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Domingo 27 de Julio de 2008

Parca, indiferencia y dolor en el alma

La parca anda rondando. También la indiferencia que a veces mata más que la misma muerte. Hace unos días unos amigos perdieron a su hijo; un muchacho joven. Y ese sólo dato hace todo menos explicable, parte al medio, abre interrogantes sin respuesta, genera enojo e indigna.

La parca anda rondando. También la indiferencia que a veces mata más que la misma muerte. Hace unos días unos amigos perdieron a su hijo; un muchacho joven. Y ese sólo dato hace todo menos explicable, parte al medio, abre interrogantes sin respuesta, genera enojo e indigna.

Queda más para digerir. Leo en los diarios que murió una niñita de tres años a quien su padre olvidó en el auto. El segundo caso y el mismo descuido, en una semana, en Francia.

Pocas horas más tarde se conocía en todo el mundo la tragedia de Cristina y Violetta, dos adolescentes que tras pedir limosna se arrojaron al mar para refrescarse en la playa Torregaveta de Nápoles. Se ahogaron. Rescataron sus cuerpos sin vida y los dejaron tendidos en la arena cubiertos por mantas.

Foto.

Se ven apenas sus pies desnudos. Son italianas. Y gitanas; una molestia y una amenaza para muchos europeos, como Berlusconi, quien ordenó tomar las huellas dactilares a toda la comunidad e inspeccionar sus campamentos por la policía como medida de prevención de atracos y robos.

En el fondo de la foto, detrás de los cadáveres, una pareja mira y sigue tomando sol con desdén. La desidia torna aún más insoportable la pérdida.

“Las podríais haber salvado pero no lo hicisteis, por eso os maldigo”, dicen que gritó la abuela de las niñas a los periodistas que visitaron el campamento Secondigliano donde vivían ambas.

Llega el viernes por la noche y la parca sigue rondando. En la redacción de La Capital alguien recibe el dato aún impreciso de la muerte de dos personas en el macrocentro de la ciudad. Supuestamente se trata de asfixia accidental. Salimos a cubrir la nota con un fotógrafo. Cuando llegamos, ya hay agentes policiales y sanitarios. Aguarda la mortera. Se trata de una madre y de su hijo: ella 94 años, él 70. Nos dicen que llevaban más de cinco días muertos por culpa de una hornalla que quedó abierta.

Ni los vecinos, ni el portero, ni los familiares: nadie se dio cuenta de las ausencias de ambas personas hasta que un nenito de cuatro años le dijo a su mamá que en el palier del edificio había mal olor.

Estas no eran jóvenes vidas. No los conocí, pero su absurda muerte duele igual. La parca estuvo demasiado presente esta semana. Duele la indolencia. Duele el alma.

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