Opinión
Martes 31 de Mayo de 2016

Paraísos fiscales en el ojo del huracán

Evasión fiscal. Si los países se pusieran de acuerdo no habría refugios para los piratas financieros.

¿Alguna vez se han preguntado cuántas prestaciones sociales se dejan de dar como consecuencia de los impuestos que no cobramos por los capitales que emigran a paraísos fiscales? ¿Cuántas subsidios por desempleo menos? ¿Cuántas dinero menos a la educación pública? ¿Cuántas intervenciones quirúrgicas y tratamientos médicos más se podrían pagar en los hospitales con el dinero que se deja de ingresar? Esta es una realidad que toca el bolsillo a todos y afecta al bienestar común. Afecta a las jubilaciones y pensiones, a los subsidios, a las ayudas sociales, tanto de mayores como de niños, a la sanidad, a la cultura, a la seguridad y a la generación de riqueza y la creación de empleo, entre otros. En definitiva, afecta a la solidaridad. Afecta a todos en todo.

Quienes defraudan no solo defraudan a Hacienda: defraudan a todos. Quienes operan en un país y facturan desde otro país para evitar pagar impuestos, defraudan a cada ciudadano que consume sus productos y paga por sus servicios. Defraudan a sus propios clientes, a los mismos que dicen querer y pretenden seducir con su publicidad y persuadir con sus estrategias de marketing. Son los ciudadanos, los mismos que gastan su dinero en sus productos y servicios, quienes sufren las consecuencias de estas acciones deshonestas, que se producen porque hay territorios que las permiten, las fomentan o las promueven, directa o indirectamente, con su actividad o su pasividad.

En un contexto de competencia global los territorios compiten todos contra todos, cada uno en lo que puede. El nuevo paradigma de competencia es económico y, en este contexto, la marca del territorio es utilizada como un arma económica más para obtener ventaja, incrementar el atractivo del territorio y reforzar su posición competitiva. En definitiva, para atraer más recursos y ganar la partida. En el caso de los territorios considerados como paraísos fiscales, este proceso, lo han hecho muy bien, y han sabido convertirse en lugares especialmente eficaces y eficientes en la atracción de recursos. Identificarlos es fácil, ya que el ADN de sus marcas está contaminado y presentan un comportamiento muy característico: una fortaleza de Marca País excepcionalmente elevada, que les lleva a situarse en los primeros puestos de la clasificación mundial por este concepto, así como a ocupar posiciones destacadas.

Si bien, por volúmenes absolutos, podrían llegar a pasar desapercibidos, estos territorios suelen registrar ratios per cápita en atracción de recursos anormalmente elevados. Presentan una especial eficiencia en la atracción de capitales, por su opacidad informativa y su baja o nula fiscalidad; en ocasiones, también en la atracción de recursos procedentes de la exportación, contribuyendo a fomentar, con frecuencia, el contrabando entre fronteras; una práctica que motiva un elevado número de supuestos "turistas" y, por ende, un ratio anormal de turistas por cada residente. En cierto modo, es una paradoja: la fortaleza de esos territorios reside en su propia debilidad, ya que no han sido capaces de encontrar una fuente de ventaja competitiva propia, que les permita enfrentar la competencia global, más allá de la aplicación de una normativa laxa y desleal.

Ha sido una forma de huida hacia delante, ante un panorama claramente deficitario en términos de ventajas competitivas. El pequeño tamaño, geográfico y de población, junto con la ausencia de activos y fortalezas, los ha llevado a utilizar vías de competencia desleal para revertir una situación de desventaja y generar una fuente de ingresos adicionales.

En definitiva, su fuerza reside en su capacidad para convertirse en territorios francos, en lugares de tregua para "piratas financieros". Una posición tan lábil como fácil de revertir, si un conjunto significativo de países serios decidiera hacer oposición activa y acordaran poner coto a esta situación. No se les puede pedir mucho. La ética es un elemento esencial de la sociedad que se encuentra en peligro de extinción, ya que, hasta quienes deben defenderla, la mancillan sin reparo alguno.

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