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Sábado 25 de Abril de 2009

"Para ser feliz, un niño necesita de adultos que lo escuchen"

"En los últimos años, cuando un niño presenta dificultades se tiende a catalogarlo en lugar de interrogarse por lo que le pasa", dice la psicoanalista Beatriz Janin para introducirse en el fenómeno de los chicos medicados por ser "inquietos" o "portarse mal en la escuela".

"En los últimos años, cuando un niño presenta dificultades se tiende a catalogarlo en lugar de interrogarse por lo que le pasa", dice la psicoanalista Beatriz Janin para introducirse en el fenómeno de los chicos medicados por ser "inquietos" o "portarse mal en la escuela".

La especialista preside este año el comité científico que organiza, para septiembre próximo en Buenos Aires, un simposio internacional sobre lo que se conoce como "la patologización de la infancia". El encuentro esta vez se llama "Niños o síndromes" y es una continuación del realizado en 2007, aquel donde reconocidos profesionales de la salud y la educación llamaron la atención sobre esta tendencia a etiquetar y medicar con facilidad a los niños.

En diálogo con LaCapital, Beatriz Janin habló de la "idealización de la infancia", el desborde de maestros y de padres y de la necesidad de ver a un niño como un ser humano para que sea feliz.

—¿Por qué el título del simposio "Niños o síndromes"?

—En los últimos años, cuando un niño presenta dificultades se tiende a catalogarlo en lugar de interrogarse por lo que le pasa. Se utiliza el DSM IV (manual de trastornos mentales) como un catálogo en el que todo niño puede ser ubicado. Y en lugar de pensar por qué se porta mal en clase, se lo clasifica como ADHD (trastorno de comportamiento) o como ODD (trastorno oposicionista desafiante); o bien si un niño llora permanentemente se dice que es un trastorno bipolar. Pero nadie se pregunta qué le pasa a ese niño, en ese momento y por qué se porta mal o por qué llora; qué pasa en esa familia y en esa escuela y qué cuestiones de época están jugando. Un niño es alguien muy diferente a un síndrome. Y debe ser pensado como lo que es: un sujeto en estructuración, en crecimiento y cuya estructuración y crecimiento se dan en relación con un contexto familiar y social. En ese sentido, todo niño merece ser pensado desde la complejidad: desde su historia, desde los vínculos familiares y desde la sociedad de la que forma parte. Así, que algunas patologías se repitan en este momento no es casual ni implica una especie de epidemia de trastornos neurológicos, sino que vivimos en un mundo que promueve ciertos funcionamientos.

—El simposio que realizaron en 2007 fue un llamado de atención muy fuerte sobre lo que denominan "la patologización de la infancia". ¿Tuvo la respuesta buscada?

—Tuvo mucha respuesta en educadores, profesionales y padres, en tanto mucha gente comenzó a cuestionar diagnósticos que se daban como certezas.

—En esa oportunidad hubo un compromiso público del Ministerio de Educación nacional de llegar a las escuelas con material específico para capacitar a los docentes ¿Qué resultó de esa promesa?

—Ese material no se imprimió nunca, por motivos que desconozco.

—Los docentes dicen que se sienten desbordados por los alumnos y los padres por sus hijos. ¿Qué lectura hace de estas afirmaciones cada vez más frecuentes?

—Considero que los adultos estamos "desbordados" por el ritmo de vida que llevamos, por las exigencias de un mundo acelerado y que, por consiguiente, hay menos espacio para tolerar las demandas infantiles. A la vez, me parece que se les suele otorgar a los niños un lugar de mucho poder. Hay una idealización de la infancia y la adolescencia que lleva a que se suponga que los niños son los que lo pueden todo, mientras que la adultez es una etapa difícil. En lugar de prometerles un futuro en el que van a poder lo que ahora no pueden, se les transmite que pueden ahora aquello que después no podrán. Esto los lleva a un funcionamiento de poco respeto de las diferencias, a estados de angustia que se manifiestan a través de un exceso de movimiento, a dificultades con las normas. E insisto: a los adultos nos cuesta sostenernos como tales.

—¿Qué necesita un niño para ser feliz?

—Adultos que lo reconozcan como ser humano, semejante a ellos y a la vez diferente; que lo sostengan, que lo acompañen, que lo ubiquen como niño, que lo escuchen, que lo ayuden a encontrar placer en las cosas cotidianas y a la vez les transmitan normas e ideales (con sus propias conductas). Adultos que lo puedan ayudar a crecer y que le vayan dando confianza en sus propios logros.

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