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Sábado 12 de Marzo de 2016

Para entusiasmar a los adolescentes con nuevas lecturas

La experiencia de la Biblioteca Popular Cachilo y de profesoras de literatura que enseñan en escuelas secundarias.

Son los adolescentes a quienes más cuesta llegar con la lectura porque comienzan a manifestar otros intereses y viven en un mundo atravesado por lo virtual. Aunque no sean todos lectores frecuentes, la mayoría ha leído alguna historia por internet. Los relatos fantásticos y de terror son los preferidos, también las novelas románticas, el vampirismo y las sagas de aventura. Tal vez lean mucho más de lo que imaginamos, y lo hacen en otros formatos: recurren al celular, la computadora, la tablet y, por supuesto, también al papel. Diferentes experiencias y reflexiones de bibliotecarias y profesoras demuestran que la práctica lectora forma parte de sus vidas.
  En la Biblioteca Popular Cachilo, de Virasoro 5606, todos los jueves y desde hace dos años, adolescentes y niños de diferentes edades se reúnen a leer, disfrutan de sentarse a escuchar una historia en voz alta y en compañía de otros. Lecturas compartidas que también se replican en el aula con actividades que trascienden lo preestablecido y que imaginan otros mundos posibles. Así llevan adelante estas prácticas lectoras las profesoras de lengua y literatura Cintia Pellegrini y Fernanda Graneros, quienes comparten desde distintas instituciones educativas anécdotas y vivencias que surgen en el camino.

En la Cachilo. “Llegamos, charlamos un rato hasta que generamos el clima para comenzar la lectura en voz alta. Leemos primero algún cuento o relato más corto y luego alguna novela. Cuando llega este momento algunos chicos no se quedan porque no es lo que más les gusta y los respetamos”, destaca Wanda Skorupski, promotora de lectura en distintos proyectos de la Cachilo. “Nunca dejamos de lado lo que traen para compartir aunque después busquemos algo de más calidad literaria. Se trata de abrir el abanico de lecturas y de autores”.
  Durante los encuentros, que eligieron llamar Círculo de Lectura, los chicos se emocionan, ríen y hasta se asustan. “Se quedan pensando en lo que hablamos, y dicen que les cuesta esperar a la próxima semana para saber qué sucederá en el capítulo siguiente. Suelen enojarse con el final de un libro y preguntarse qué podría haber pasado cuando se trata de un  final abierto. No solo se trata de la escucha de un cuento sino de lo que le pasa al otro”, comparte Wanda. Algunos vienen todo el año, otros se acercan cuando pueden, solos o acompañados, también a través del Plan Nacional de Lectura que llega a las escuelas o por alguna docente que los incentiva en este camino.
  Entre la dinámica de la biblioteca y la gente del barrio que se acerca a preguntar por los talleres que comienzan en abril, cuesta a veces encontrar el momento adecuado para sentarse a leer. Sin embargo, siempre lo logran.
  Leyeron “El espejo africano”, de Liliana Bodoc; “La sociedad secreta de las hermanas Matanza”; de Laura Avila; y otros cuentos de terror como “Los devoradores”, de Ana María Shua. También bucearon en otros géneros y novelas como “Los vecinos mueren en las novelas”, de Sergio Aguirre y “El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga. “De todo lo que vamos leyendo surgen temas de la realidad, tratamos de que a partir de la lectura podamos preguntarnos y repreguntarnos muchas cuestiones, como la vida de Camilo Blajaquis, un poeta que surgió de la marginalidad y logró superar la droga y la delincuencia,;y que los pibes puedan hablar de ciertos temas que en otro lado no se animan”, continúa la integrante de la biblioteca.

Género. Al principio se interesaron por las historias de terror, y creepypastas, una comunidad en internet que reúne relatos e historias generalmente anónimas de miedo y terror; incorporaron la poesía, y una de las chicas _recuerda Wanda_ trajo un libro escrito por su abuelo. “A los chicos les gusta mucho el terror porque a veces no conocen otra cosa, pero cuando uno les muestra otros autores como Horacio Quiroga o Ana María Shua también los eligen”. La propuesta de este año es leer escritores rosarinos, invitarlos a participar de algún encuentro, y que los chicos puedan hacer preguntas.
  Claudia Martínez, impulsora de la Biblioteca Cachilo, se suma a la charla y agrega: “Una de las cosas más importantes en nuestro trabajo de promoción de la lectura es hablar de libros, cuando escuchamos que entre ellos se recomiendan libros, ya está, cumplimos nuestro objetivo”.
  ¿Por qué el terror gusta tanto? “Será para superar lo que sucede en la realidad y que luego no nos asombremos. Se instala y es el tema de conversación, pero en algún momento pasará de moda”, responde Martínez, convencida de que los medios de comunicación, internet y el cine influyen en esa elección. “Existen sagas que son muy buenas como Harry Potter pero hace falta ampliar el horizonte ¿Por qué no probamos con la «Saga de los confines»?, de Liliana Bodoc, candidata al premio Andersen, y ofrece una mirada metafórica maravillosa de América y la conquista? Es muy importante la figura de un mediador atento que pueda recomendar, tentar y empezar a leer: no hay pibe que no se tiente con una lectura realmente buena. La escuela no se tiene que basar en la obligación ni tampoco abandonar su lugar de ofrecer a los una frontera extendida más allá de lo que los adolescentes conocen”, sugiere.

En la escuela. Cintia Pellegrini es profesora de las escuelas Santa Ana y Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre las preferencias de sus alumnos, que se interesan más por las novelas policiales, de enigma o las de terror, y por distintas sagas que tienen su versión cinematográfica. “Pero como siempre sucede _opina_, las generalizaciones ocultan otros gustos no tan comerciales, como los libros de poemas o de canciones, los no literarios como las biografías de cantantes y futbolistas o las historietas”.
  En la Escuela Secundaria Nº 3.089 Padre Jorge Berti, la profesora Fernanda Graneros cuenta que eligen el policial negro porque se acerca a la realidad, a la acción, al suspenso y a la posibilidad de descubrir el enigma antes que llegue el final. “El género de ciencia ficción ya lo conocen porque ven muchas películas, lo mismo que el fantástico o de terror. El mundo de los dioses y los héroes los atrapa. Me llama la atención que durante alumnos de primero y segundo año quieren leer teatro en voz alta, representando roles, los divierte jugar a ser otro. Además, se dan cuenta que leen por primera vez el texto y pueden interpretarlo muy bien, se autocorrigen, se divierten y aprenden. Es una maravillosa experiencia de didáctica lectora... Nunca falta el pedido de literatura realista en los años superiores como el del mundo adolescente entre los estudiantes de tercero”.

En clase. Para la profesora Pellegrini, la intervención del docente es crucial para detectar las inquietudes y necesidades de los chicos:“En las clases de literatura, el docente intenta formarlos como lectores, esto es, ofrecerles la mayor cantidad de opciones posibles y de calidad, para que elija lo que le resulte más significativo. Y, también, evitar proponerles la típica guía de lectura cuyas respuestas se pueden encontrar en forma literal y que  terminan boicoteando la compleja práctica de lectura. En este sentido, un lector no se inventa ni surge por el solo acto de estar leyendo: son primordiales las intervenciones de varios actores que contribuyan y acompañen a quien se está formando: padres, abuelos, tíos, pares y, por supuesto, docentes que lean y que apliquen su mejor criterio para recomendar y compartir lecturas”.
  También considera que el desafío está en proponerles textos que den mayor lugar a la ficción y al uso poético de la palabra, a lo no dicho, a la ambigüedad, a las distintas interpretaciones, a las palabras acompañadas de imágenes de calidad que sugieran y evoquen otros mundos posibles.
  “Muchas veces los alumnos manifiestan resistencia cuando se les ofrece una actividad que salga de lo común, porque lo conocido resulta cómodo y seguro. Una vez leímos `La pradera´, de Ray Bradbury, en donde no se decía literalmente que los niños habían matado a sus padres. Les costó trabajo encontrar esa grieta en el relato que los llevara a interpretarlo, entonces, una alumna con cara de enojada me increpó: «Profe, ¿cuándo nos va a dar análisis sintáctico?».  Aquí se manifestó que la lectura puede, sin dudas, incomodar y hasta hacer enojar a un alumno. El ejercicio de lectura de lo no dicho, de lo sugerido a través de la literatura, contribuye a leer e interpretarnos a nosotros mismos y al mundo cada vez más complejo que habitamos”, sostiene Pellegrini.

Práctica lectora. “Las respuestas, el interés y la atención varían desde el rechazo absoluto hasta la ansiedad por saber qué leer”, aseguran las profesoras. “El libro como objeto adquiere el carácter de valor, desde la idea de «para qué me sirve un libro que leeré sólo una vez?» hasta la maravillosa expresión: «Aparte de los manuales o fotocopias de la primaria es el primer libro que me compro y ¿cuántos libros podemos leer profe?»; o quienes dicen «yo no gasto, lo bajo del celu?» Pero terminan comprando su libro de ficción porque es más lindo tenerlo”, comenta Graneros.
  Este ejercicio de la lectura ayuda a los alumnos a comprender luego  textos escolares y académicos. “Aprender a leer literatura supone leer muchos libros. Tengamos en cuenta que las convenciones que rigen una obra literaria nos ayudan y nos permiten leer textos más complejos,  se logra una lectura rica e inteligente. Por un lado se desarrollan distintas habilidades como la inferencia, la velocidad, la comprensión, la fijación de ideas, las posibilidades de establecer relaciones. Por otro lado, hoy nos asusta el vocabulario de nuestros estudiantes, entonces, convengamos que a partir de cierto momento se puede adquirir vocabulario y eso es posible gracias a la lectura”, propone Graneros, también licenciada en letras, y profesora en historia y formación ética.

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