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Sábado 05 de Septiembre de 2009

Pablo Gentili: "Sorprende cómo la escuela pública funciona tan bien a pesar de todo"

"No Gentili, usted no lea porque es un tronco". Eso fue lo que el ahora reconocido pedagogo Pablo Gentili escuchó de su maestra cuando estaba en 5º grado y muy entusiasmado levantó la mano pidiendo leer en voz alta. Tuvo una sensación de humillación que nunca olvidó.

"No Gentili, usted no lea porque es un tronco". Eso fue lo que el ahora reconocido pedagogo Pablo Gentili escuchó de su maestra cuando estaba en 5º grado y muy entusiasmado levantó la mano pidiendo leer en voz alta. Tuvo una sensación de humillación que nunca olvidó. Por suerte también en su vida escolar hubo otra maestra, que desde la aprobación del afecto lo acercó al conocimiento. Ahora está convencido de que "cuando la escuela pública escucha a los niños hace mucho por ellos", razón más que suficiente para defenderla.

Gentili es investigador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y secretario ejecutivo adjunto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). Vive parte del año en la Argentina, parte en Brasil. Estará el próximo jueves 10 brindando la conferencia inaugural en el IX Congreso de Educación Aula Hoy, en el teatro El Círculo, que, anticipa, será "un manifiesto en defensa de la escuela pública". Más de mil docentes ya se inscribieron para escucharlo. También presentará su último libro, "Políticas de privatización, espacio público y educación" (Homo Sapiens).

—¿Por qué un manifiesto de la escuela pública?

—Cuando uno observa los análisis académicos y los balances de las informaciones que aparecen en la prensa se encuentra con una visión muy negativa de la escuela pública, inclusive una visión muy poco corporativa de los propios educadores y educadoras que, en general, hablan mal de su propio trabajo. Lo que no ocurre en otras profesiones. Entonces por qué no empezar a pensar qué es lo que hay de bueno, de positivo, de productivo. Porque en realidad lo que sorprende no es cómo funciona mal, sino cómo es que la educación consigue, especialmente la escuela pública, funcionar tan bien a pesar de todo.

—¿Y qué valoriza más en esta defensa?

—Hay cuestiones que se muestran obvias pero son más complejas de lo que parecen. La escuela es la única institución pública que garantiza su funcionamiento cotidiano, casi en todos los países del mundo, inclusive en los más pobres y miserables. Se la puede cuestionar, pero no se puede negar que es la única que abre las puertas todos los días y no para recibir a un usuario, sino al sector de la sociedad con necesidades muy específicas y complejas: la infancia y los jóvenes. Nada más y nada menos, es la que recoge a millones de niños y niñas todos los días. Y aunque existen niveles de discriminación educativas muy grandes, en América latina las tasas de escolarización han crecido, esos niveles hacen que lo que técnicamente se denomina "la esperanza de vida escolar" haya crecido enormemente, hoy el promedio es de 10 años.

—Aunque a esto le sigue otro debate: saber si ese acceso garantiza además el derecho a educarse para todos.

—Esa es la parte en la que hay que trabajar: el derecho a la educación no se garantiza por ir y permanecer en la escuela. Pero sobre todo hay que cuidar esta institución, porque en América latina, y en la Argentina en particular, estamos ante un proceso muy complejo de restauración conservadora, que hace de la escuela pública una especie de emblema de todo lo malo que funciona en la sociedad, entonces cuidado: destruir la escuela pública significa negarles a millones de niños, niñas y jóvenes el derecho de asistir a una institución que los protege. Por eso discutamos después a hacer qué.

—¿De alguna manera está advirtiendo que estamos ante nuevas formas de exclusión, de privatización del espacio público?

—Sí, y de un sector conservador que articula hoy sus discursos de una forma muy engañosa, sobre la base de una supuesta defensa de los pobres y discriminados. Es curioso hoy escuchar a los representantes de la Sociedad Rural indignarse ante los índices de pobreza; que sean ellos, los productores de miseria, de discriminación, de un modelo de sociedad totalmente excluyente, los que hoy reclaman. O bien de estas ideas de escuela a la que quieren transformar: en una institución disciplinadora, más o menos semejante a la policía. Es un discurso profundamente reaccionario que quiere llevar a los maestros a ser parte de una especie de institución represiva, controladora. Es así que, en lugar de darles más seguridad a esos docentes que trabajan en realidades difíciles, les estimulan la vena represiva.

La caricia que enseña

—¿Quiénes fueron sus buenos maestros?

—Cuando pienso en buenos maestros lo hago en los de la infancia y en los de la vida profesional y adulta. Por lo general se recuerda a los buenos maestros de la infancia por cuestiones que tienen que ver con el afecto. Nos acordamos de la caricia, del abrazo, del cariño, que sin lugar a dudas tiene que ver con el conocimiento, porque el afecto es un lugar de aprobación o negación del conocimiento. Siempre recuerdo a mi maestra de segundo grado, que cuando llegaba me hacía una caricia, se acercaba y miraba lo que estaba haciendo y se metía adentro del pupitre con nosotros. ¿Y cuál fue la peor maestra? Recuerdo el momento más dramático de mi vida escolar: cuando la maestra de 5º preguntó quién quiere leer, yo levanté la mano y ella me respondió: "No Gentili, usted no lea porque es un tronco". No sé si me enseñó muchas cosas, pero la sensación de humillación que sentí en ese momento fue total.

—¿Y de la vida adulta?

—Y de adulto la persona que más me ayudó en mi formación y profesión, y me enseñó lo que sé de educación, fue Cecilia Braslavsky, con quien tuve coincidencias y diferencias enormes. Por eso fue una excelente maestra. Discutimos muchísimo, también en términos de sus opciones políticas, pero siempre tuvo un respeto enorme. Un buen maestro es quien abre horizontes y esparce, Cecilia tenía eso: una generosidad muy grande. 

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