Ovación
Martes 31 de Enero de 2017

¿Por qué odiamos a los rugbiers?

Sí, los odiamos. Los que abandonamos a novias, esposas, amantes, hijos, casamientos, partos, bautismos o velorios para cumplir con la asistencia perfecta a cuanto partido se encontrase programado.

Sí, los odiamos. Los que abandonamos a novias, esposas, amantes, hijos, casamientos, partos, bautismos o velorios para cumplir con la asistencia perfecta a cuanto partido se encontrase programado. Los odiamos los absolutos puntuales, los que jamás faltamos a una cancha, ya sea para cumplir con un fixture armado con varios meses de anticipación, como para no dejar colgados a los desafortunados que cargan con la responsabilidad de garantizar la asistencia del equipo y te llaman media hora antes del pitazo inicial desesperados porque se les bajó uno a último momento. Y los odiamos porque indefectiblemente decimos que sí y para llegar como sea desplegamos una increíble y cinematográfica logística, aún yendo con la ropa sucia o estando a kilómetros de la cancha.

Los odiamos los que tenemos la inquebrantable y fanática fe a prueba de golpes de calor en tórridos mediodías, heladas matutinas de junio o fortísimas ventiscas de agosto, de esas que agigantan las dudas de arqueros temerosos a la hora de salir a atenazarla, allá arriba y en el medio del área.

También por supuesto los odiamos los que esgrimimos la tozudez de cada uno de los integrantes de planteles ignotos; los olvidados compañeros de Sorrento, Tornado, Ruta 33, Longolos o Deportivo Teneme El Nene. O de cualquier otro anónimo plantel que haya querido, sabiéndolo o no, emular la pasión del sueño mundialista de tantos pibes a los que se les ocurrió disparar la mágica pregunta: "¿Y si armamos un equipo?". Ese fue el abracadabra que inspiró a los hoy pelados, canosos y panzones jugadores herederos de los preadolescentes de esa fría tarde que abría junio de 1978, en los alrededores de la tranquila manzana dibujada por Godoy Cruz, Darragueira, Gallo y Zelaya. Esos que todavía corren y se tiran al piso o ensayan precarias tijeras, caños y tacos, desafiando la advertencia de traumatólogos, cardiólogos y cualquier profesional que ose sugerirles que ya es tiempo de dedicarse al paddle, el tenis o las bochas.

Sí, los odiamos con el alma. Pero no es por las chicas que van a verlos, todas muy agraciadas y bronceadas jugadoras de hockey ni por la ostentación que hacen de sus físicos torneados en duras sesiones de gimnasio. Y eso a pesar de que al rugby con el fútbol lo hermana no solo el origen común en un colegio inglés, gracias al loco de William Webb Ellis, que no sabemos bien por qué en medio de un partido la agarró con las manos y empezó a correr, sino por el hecho de que ambos son casi los deportes más democráticos: sólo se necesitan un par de zapatillas, un baldío y una pelota, aunque por estos pagos luego se diferenciaron por cuestiones sociales, a pesar del esfuerzo de muchos fanáticos de la ovalada que crearon equipos con ideales inclusivos en lugares azotados por la exclusión y la pobreza.

La única y verdadera razón de nuestro sentimiento de profunda enemistad con los amantes de la guinda es la que ciertos sábados por la tarde más les duele a tantos que en cualquier cancha o torneo de fútbol al oeste de calle Cafferatta, ya sea en Echesortu, Fisherton, barrio Belgrano o Funes, o también los que se juntan en torno al Patio de la Madera.

Ese sentimiento de angustia que surge cuando un árbitro insensible, y poco amante de lo más romántico del deporte más popular del mundo, decreta tras una sesuda revisión del campo de juego con pique del balón incluido, en medio o justo después de una precipitación que según su intensidad puede responder a las denominaciones de aguacero, chubasco o chaparrón, que nos volvamos a casa con la frustración de un partido suspendido.

Y por si esto fuera poco, ese sentimiento que se ahoga en la garganta de los desahuciados futbolistas que deberán esperar una semana más para poder jugar, se hace más impiadoso al tener que pasar frente a la cancha de Córdoba y pasaje Gould y ver a esos privilegiados correr y tirarse derrapando entre el barro hasta borrar literalmente los colores de sus camisetas haciendo casi imposible saber quién es quién en cada quince.

De nada sirvió a los ahora desesperanzados players que en cada equipo sus expertos en clima hayan pasado la noche previa saliendo al patio a mirar el cielo para esperanzarse con que cambie el viento y "que aguante hasta mañana" o al menos hasta que empiece el partido. Esos estudiosos que hoy se jactan de no poder ser aun reemplazados por el windguru o cualquier página que se precie de infalible en materia meteorológica, y ni que hablar de los alquimistas con alma de brujo de la tribu de la pelota que echa mano a cruces de sal o huevos enterrados como antídotos para el amenazante aguacero.

Quizás quede como único y escuálido consuelo para quienes soportamos tamaña desigualdad a la hora de la patada inicial entre los adeptos a ambos deportes hermanados desde la cuna, que la risa estentórea acompañada de la mirada pícara acuñada en tantos desafíos embarrados en barrio Tablada de nuestro compañero el Pájaro, émulo del famoso Claudio Paul, no tanto por su habilidad, su velocidad y su blonda cabellera, sino por su poético apodo, mientras dispara su cómplice frase: "Justo se viene a suspender hoy que era un partido para habilidosos como nosotros".

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