Ovación
Miércoles 04 de Enero de 2017

Por las manos del doctor

Era la primera vez que lo dejaban ir solo a la cancha y la primera vez que iba a ver a Central Córdoba, ese club que su viejo tanto quería sin entender demasiado el por qué.

Era la primera vez que lo dejaban ir solo a la cancha y la primera vez que iba a ver a Central Córdoba, ese club que su viejo tanto quería sin entender demasiado el por qué. Es que su papá se crió y vivió toda la vida en Alberdi. Tablada quedaba demasiado lejos y de hecho él jamás había pasado ni cerca del Gabino Sosa. Pero, criado en la calle con la pelota en los pies, era lógico interesarse por toda esa pasión que envolvía al fútbol rosarino y el año anterior le había quedado grabada a fuego una final que le pareció épica. No la vio, claro. La imaginó por el relato radial. Bajo la lluvia, en la cancha de Ñuls, con los jugadores tratando de hacer pie y uno que, a decir del comentarista que él jurará con el tiempo se trataba de Domingo Benevento, se movía como pez en el agua. Un mago, un genio tan grande que la voz que resonó entonces en la vieja Hitachi quedó afónica cuando gritó el tercero charrúa. Un golazo, diría seguro, de un tal Tomás Carlovich, la figura excluyente de ese 4 a 0 sobre Almagro, que una semana después se transformará en 3 a 2 en José Ingenieros y la vuelta a la B. Todo ese recuerdo, objetivo en el hecho, pero imaginado en el cómo, llenaba los pensamientos de ese adolescente niño de 12 años mientras caminaba hacia la parada del colectivo de la plaza Alberdi, ese 25 de mayo de 1983. Miércoles patrio, fecha de fútbol. Un día indeleble para él, que vaya si lo dejaría marcado. Todo por las manos del doctor.

Se había asegurado bien en el bolsillo de su Far West el dinero para el boleto de ida y vuelta y el de la popular. Las chirolas justas, siempre. Sabía que era un lujo para la familia esa autorización para ir a la cancha, que su mamá aprobó desconfiada después de que el papá le asegurara repetidas veces que sería un partido tranquilo. “No es de primera, querida, quedate tranquila. En la B no vienen hinchas de afuera, van a ser todos de Córdoba”, decía. Y para convencerla le recordó: “¿Te acordás que no lo dejé a ir al nene con Cesarini?”. Ese sentimiento de culpa por negarle el permiso allá por marzo, el día que Renato conmovía a la ciudad debutando en su segundo Nacional, también en Ñuls y ante Racing, lo impulsó a hacer fuerza esta vez para que el “nene” al fin se haga hombre de fútbol con esa prueba de fuego: ir solo a la cancha. Tampoco era tonto. Quería que vaya a ver a "su" Córdoba.

¡Ojo! Ya hacía un tiempo que iba a los estadios pero nunca solo. Con todo el grado de la escuela fue a la cancha de Central, la tarde en que Renato clasificó al primer Nacional venciendo a Chaco For Ever y, sobre todo, a la de Argentino, que quería porque le quedaba cerquita y porque su nono, bostero y salaíto, vivía a la vuelta. Además, ese equipo lo atrapaba y haría historia ese año ganando la C (en una última fecha que, recordará con el tiempo, vaya paradoja, será con victoria 3 a 0 ante un rival hoy en primera: Defensa y Justicia. ¡Y en Florencio Varela!) y sobre todo al siguiente en la B, el del inolvidable 4 a 3 a Racing. Por entonces, le llamaba la atención un 6 que pasaba siempre la mitad de la cancha y hacía goles: Raúl Belén. Pero jamás pudo pagar una entrada: o esperaba que le abran las puertas en el segundo tiempo o, si nadie lo veía, trepaba con su compinche por la esquina de Sorrento y Mazzini, para colarse en la tribuna de tablón.

Por eso era tan especial esa tarde del 25 de mayo. ¡Iba a tomar el cole para ir a una cancha y pagar la entrada! Se sintió un adulto del fútbol por primera vez. Iba a ver al equipo del viejo. Pero un rato más tarde las manos del doctor le darían un tremendo cachetazo al ego, lo harían sentir niño de nuevo.

Y empezó a comprobarlo cuando, mientras esperaba el 210 celeste que lo dejaría en Córdoba y Rodríguez para de ahí patear hasta el estadio, pasó un bondi con número de Buenos Aires, repleto de energúmenos con las cabezas asomadas por las ventanillas, que recordaban a todas las madres de los de a pie porque sí nomás y ondeaban banderas de Chacarita.

Sí. Porque el bravo Chaca era el rival de Córdoba, el que no previó el padre que podía traer su famosa barra quilombera. Quizás vio la tabla de posiciones, con los dos entre los últimos de la zona A, y no evaluó que el partido al fin terminaría como terminaría en la tribuna, que ante los ojos del muchachito sería una de superacción en serio.

Y todo al fin por las manos del doctor.

El aviso de los desaforados muchachos del bondi porteño lo alertó un poco, pero el temor se fue disipando a medida que se acercó a la vieja boletería del museo como le habían indicado, sacó la entrada y se metió en la popu lateral de la cancha por la boca del medio. Miró a su izquierda y le sorprendió ver a los loquitos de Chaca, así que enfiló a la derecha, donde se apostaban los charrúas. Ni pensó entonces que no había separación de ningún tipo, en un espacio que quedaba enorme, porque el Gabino decían que daba lástima cómo estaba y en la B a Córdoba lo obligaron a mudarse a Newell's.

Y empezó el partido nomás a las 15.30 de ese 25 de mayo. Fecha patria. Feriado. Los ojos del muchacho buscaron enseguida a ese zurdo de bigotes (¿los tenía entonces o se los había sacado? No pudo distinguirlo) con la 10 en la espalda que tanto imaginó en el relato radial. Pero la verdad era que ni la tocaba. La tenían ellos, el cuadro de Carlitos Balá. Tanto que no habían pasado más de cinco minutos cuando el árbitro pitó penal. Locura de ellos, mirada baja de los locales que estaban tan cerca. La agarró el 6 de ellos (Ingrao), tomó larga carrera pero a último momento pareció cambiar de estrategia. Decidió colocarla y la euforia cambió de lado. Todo gracias a las manos de Quinto Pagés, el doctor Eduardo Quinto Pagés, el que curaba la vista pero amaba más atajar. El arquero de Central Córdoba que la manoteó sobre su izquierda.

Fue el principio del fin para la gran tarde del muchacho. Es que, enardecidos porque los hinchas charrúas (que no eran barras ni mucho menos) festejaban al lado la detención del penal, empezaron a agredir a todo aquel que encontraran a su paso y pronto fue un ida y vuelta con los muchos que respondieron, de piña va y piña viene sin fin. Y al muchacho, que no iba preparado para eso ni mucho menos, y veía además pasar junto al alambrado proyectiles de todo tipo y de color por sobre su cabeza, el instinto de supervivencia le indicó salir del caos e ir escaleras arriba. Ahí se pegó al tejido que separaba la popu de la entonces “oficial” rojinegra que no estaba habilitada y como el bardo no paraba y ni se veían policías, se pasó por afuera trepado a la última pared, con el cuerpo colgando en el vacío. Algún otro lo imitó, ninguno por suerte cayó, y de ahí a la platea. Mientras, recordó que antes de que el doctor pusiera sus manos, las dos hinchadas hasta habían cantado juntas eso de "se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar", pero eso fue cuando ni habían salido a la cancha.

El partido se siguió jugando. Desde la visera sí pudo empezar a ver policías actuando, pero reprimiendo con gases lacrimógenos. Una locura. Vio también cómo empezaron a traer en camillas a través de la otra platea, la del hipódromo, a varios con la cara rota. No sabía si eran propios o ajenos, ya no era el punto. Ya no podía saber qué hacía ese 10 famoso de la zurda mágica. No le importaba cómo iban. Sintió impotencia. Y humillación por sentir impotencia. En la seguridad de la platea sintió además que ya no tenía sentido seguir ahí, que toda la ilusión de la aventura se había esfumado. Y se fue, caminando como vino, solo por Ovidio Lagos. Prendió eso sí la Hitachi pequeña que le había regalado su abuela y llevaba hasta entonces muda en el bolsillo. Se enteró en la voz de un relator nuevo que llamaban el Príncipe, que Lebioso, al que apodaban el Perro, había lavado en parte con su gol de cabeza la afrenta de esos violentos que hicieron pasarla mal a tanta gente. Y que, claro, le arruinaron el día. Su día.

Trató de demorar la vuelta, no quería regresar antes. Dejó pasar varios 210. No quería que los temores, eternos, de su mamá fueran esta vez fundados. Odiaba haber desperdiciado el dinero que tanto sacrificio costaba ganar en casa. Sintió acaso que al día de la gran madurez le faltarían muchos otros para consolidarla. Todo por esos locos que nunca supo bien por qué entraron por Rondeau para ir al parque Independencia si venían de Buenos Aires. Todo por las manos del doctor.

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