Ovación
Viernes 07 de Julio de 2017

Para el infarto

El final del GP de Italia, en Monza, de 1971, fue apoteótico. El inglés Peter Gethin ganaría su única carrera por 10 milésimos sobre Ronnie Peterson. otros tres autos llegarían encerrados en 610/1000. Fue la diferencia más apretada.

Desde hoy, el veloz Osterreichring recibirá una nueva edición del Gran Premio de Austria. Un clásico que retornó al calendario hace pocos años, rebautizado con los dueños de la bebida energizante que irrumpió con todo en la Fórmula Uno: Red Bull Ring. Y este trazado enmarcado por montañas que rodean a la bella ciudad de Zeltweg, y que supo tener una longitud de un kilómetro y medio más a la actual, supo albergar historias de grandes definiciones. La última que se recuerda es la del toque en el último giro entre los dos pilotos de Mercedes, Nico Rosberg y Lewis Hamilton, que terminó con victoria del inglés y penalización al alemán. Pero otros capítulos enriquecieron su historia. Como la ocurrida hace 35 años, con una de las tres definiciones más infartantes de la máxima categoría, entre dos pilotos entonces no ganadores: Keijo Rosberg, el papá del actual campeón, y Elio De Angelis, que logró allí su primera y única victoria.

1982 fue un año terrible para la Fórmula 1. Fue la temporada de la plena revolución de los motores turbo que ya habían dado señales de su enorme potencial tres años antes, con la victoria de Jean Pierre Jabouille en Dijon 79. También de un caos reglamentario, de muchas trampas, de muchas discusiones y guerras de poder, que derivaron en dos tragedias y una tercera que no fue de milagro. Fue el año del retiro de Carlos Alberto Reutemann, luego del segundo puesto en la cáotica Sudáfrica y el abandono en Jacarepaguá tras el toque con René Arnoux. El Lole, hastiado y decepcionado por la definición del 81 donde perdió el título a manos de su archienemigo Alan Jones, viviría otra a fin de año, con la consagración increíble de su compañero en Williams, el propio Keke Rosberg.

Y fue el finlandés uno de los grandes protagonistas de ese 15 de agosto de 1982, la 13ª carrera de una temporada aciaga que se había llevado las vidas del famoso Gilles Villenueve y el ignoto Ricardo Paletti, y la tristeza infinita de Ferrari por perder al piloto más querido por el Commendatore Don Enzo en la clasificación del Gran Premio de Bélgica. Y, de yapa, quedarse sin chances de título por el otro terrible accidente, el de Didier Pironi en Hockenheim. Una semana antes de la cita en el Osterreichring, el francés se subió a la rueda del Renault del otro candidato al título, Alain Prost, dio cinco tumbos, cayó de punta y, pese a quedar todo roto, su vida y sus piernas fueron salvadas milagrosamente. Su liderazgo en el Mundial se licuaría en las últimas cinco carreras y Rosberg usufructuaría la chance mejor que nadie.

Claro que para ser campeón había que ganar un Gran Premio, Rosberg no lo había hecho y faltaban solo cuatro carreras cuando llegaron a Zeltweg. Y cuando los Brabham BMW-turbo de Nelson Piquet y Riccardo Patrese quedaron mudos tras dominar el inicio, lo mismo que Prost a 5 giros del final, de repente a De Angelis y a Keke se les abrió un mundo de posibilidades. Ninguno había ganado. El Lotus que manejaba el italiano además no lo hacía desde el GP de Holanda 78 con Mario Andretti. A la última vuelta llegó con buena ventaja sobre el Williams número 6, pero el finlandés olió la sangre y se jugó el todo por el todo. Y en la última curva salió de la succión para intentar superarlo. Casi lo logra. No ganó por sólo 51 milésimas. Su suerte lo acompañaría dos semanas después, cuando en Dijon ganó el GP de Suiza y dos carreras después, en la playa de estacionamiento de un hotel de Las Vegas, se consagraría increíblemente campeón.

Para De Angelis fue su primera y única victoria hasta la muerte que lo hallaría contra un guard rail en unos ensayos privados en Paul Ricard en 1986. Para Lotus sería el último triunfo de su exitosa trayectoria, la última vez que Colin Champan revolearía su gorra por los aires. Curiosamente, Reutemann pudo haber corrido esa carrera, la que ganó en 1974 con el Brabham BT44 (su segunda en la Fórmula 1) si hubiera aceptado el ofrecimiento que le hizo Ferrari para reemplazar a Gilles Villenueve, pero su negativa le dio la chance al francés Patrick Tambay. De Angelis ganó por 51 milésimas. Cuatro años después en Jerez de la Frontera, una imagen semejante, con un Lotus adelante y un Williams a su lado, sería la de una diferencia aún menor: de 14 centésimas entre Ayrton Senna y Nigel Mansell. Fueron los que más cerca quedaron de la definición de Monza 1971, único triunfo del inglés Peter Gethin sobre el BRM por 10 milésimas sobre Ronnie Peterson, y donde cinco autos quedaron encerrados en 610 milésimos (Francois Cevert, Mike Hailwood y Howden Ganley), claro que en los tiempos donde las mediciones no eran lo exactas que lo son hoy.

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