Ovación
Jueves 01 de Junio de 2017

Ni una menos

El mundo del fútbol es implacable con la infidelidad entre jugadores pero se muestra indulgente con la violencia de género

Pese a la evolución que la Argentina alcanzó en los últimos años rompiendo prejuicios de diferentes índole es verdad que en el ámbito del deporte profesional en general, y en el fútbol en particular, todavía abrevan focos de una cultura machista que aún se resiste a apelar al sentido común para resolver determinados conflictos. Los mismos quedan expuestos de manera obscena en la superficie cuando ciertos problemas los padecen o protagonizan atletas o jugadores de renombre. A quienes en vez de ofrecerles el tratamiento que corresponde, como a cualquier paciente, eligen el camino de la negación, justificación y equivocada protección.

Es que los sectores de poder del ámbito deportivo ven en un futbolista de élite un coeficiente de inversión y rendimiento económico, por ende buscan aislarlo de las situaciones sociales traumáticas para evitar que su rentabilidad no se devalúe bajo ninguna circunstancia.

Por eso cuando la conflictividad deriva de un padecimiento de carácter social, el operativo cerrojo actúa como sistema, al tiempo que los operadores del mercantilismo deportivo buscan el apoyo incondicional de una masa adherente que, por cuestiones folclóricas y ancladas en el fanatismo, relativiza el caso desde la negación, trasladando y proyectando la responsabilidad o culpabilidad a un sector externo, adjudicándoles a improbables conspiraciones la pretensión de perjudicar a los colores y sentimientos del club.

Así los casos de adicción a las drogas y alcohol, los episodios de violencia de género y los delitos de otra índole ejecutados por deportistas reconocidos difícilmente reciban un tratamiento debido, ya que el propio ámbito trata de allanar el camino para evitar que su jugador referente quede expuesto.

Son muchos los casos testigo que pueden graficar el proteccionismo mal entendido que hace el establishment del deporte en este tipo de situaciones, como así la indiferencia con la que actúan para tratar de resolver los problemas de origen que inducen a este tipo de comportamientos.

Sería un reduccionismo absurdo pensar que este tipo de comportamientos corporativos se dan en la Argentina o Sudamérica solamente, porque no es así, ya que esto sucede incluso en aquellos países considerados desarrollados y modernos.

Esto vuelve a ubicarse bajo la lupa porque en este contexto se inscribe el caso de Ricardo Centurión, un futbolista que fue partícipe de algunos episodios violentos por haber estado alcoholizado y que ahora fue acusado por su ex pareja Melisa Tozzi de violencia de género, quien debió mediatizar y ratificar las denuncias por haber sido golpeada por el jugador para que su situación fuese debidamente considerada en los diferentes ámbitos. Menos en el deportivo, donde allí existe una lógica diferente, con prejuicios rígidos y valoraciones particulares.

Es que mientras el caso Centurión se trata en diferentes niveles, tanto la dirigencia del club Boca Juniors como el cuerpo técnico le aconsejaron al volante ofensivo que deje todo en manos de sus abogados y sólo piense en el equipo.

También la dirigencia xeneize le ordenó al resto del plantel profesional que no formule ningún tipo de declaraciones al respecto de lo que ocurre con su compañero y su caso de violencia de género.

En este sentido, Ricky Centurión regresó a los entrenamientos como si nada hubiese ocurrido y si bien su continuidad en el club de la ribera es complicada por los múltiples problemas de comportamiento, no trascendió que Boca como institución dispusiera algún tipo de tratamiento psicológico y/o médico para que su futbolista pueda resolver las causas que lo llevaron a este presente de conflictividad.

Tampoco se supo si desde la Asociación del Fútbol Argentino se dispusieron medidas en ese sentido, como así alguna iniciativa por parte de Futbolistas Argentinos Agremiados.

Boca también tiene en Agustín Rossi un episodio similar, ya que el arquero también fue denunciado por una ex novia, no obstante apelaron, al igual que ahora, a que el tiempo diluya el conflicto sin que llegara a importar la resolución del problema real del futbolista.

Es paradójico que el ámbito del fútbol presente rígidos e implacables anticuerpos a la infidelidad entre jugadores y en contraposición tolere y disimule patologías serias vinculadas a la violencia y las adicciones.

De hecho el público futbolero argentino mantiene vigente la polémica si Mauro Icardi debe ser convocado o no a la selección nacional luego de casarse con la ex esposa de otro futbolista, al tiempo que soslaya los condenables actos de violencia de género que tienen a jugadores como victimarios.

Sin dudas que el fútbol no es una abstracción de la sociedad, por ende los problemas del común de la gente también lo atraviesan, porque no son privilegiados ante la ley. Es más, la resolución de esos casos debería ser emblemática para sustentar también un ejemplo de la justicia pretendida y fortalecer así la lucha de sectores que trabajan para terminar con el alto índice de femicidios.

Porque no alcanza con ingresar al campo de juego con una bandera que exprese "Ni una menos" sin tener real conciencia de lo que se sostiene, ya que lo mejor que puede hacer un deportista es sostener esa idea también con la acción. Caso contrario debe ser sancionado y tratado como corresponde, aunque el poder del fútbol no quiera.

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