Ovación
Martes 14 de Marzo de 2017

Morir es gratis, en el caos del reiniciado fútbol argentino

Volvió el fútbol argentino y regresaron los visitantes, pero la inseguridad es la misma.

Volvió el fútbol argentino. Y así se abrió nuevamente una de las ventanas más cómodas para espiar a la sociedad toda. Esa que permite visualizar las virtudes del conjunto, pero también las miserias. El ida y vuelta de una comunidad a la que se le fueron degradando los valores. Y la que lejos de resistir con la práctica y exigencia de esas buenas costumbres, se fue adaptando resignada a convivir en esa sociedad de los corruptos vivos. Allí donde el falso progresismo la hurtó y el conservadurismo hipócrita la somete. La misma realidad que el fútbol refleja.

Porque por esa ventana se pudo mirar la vuelta del fútbol nacional. Con la pasión de siempre. Y con la improvisación constante. Porque regresaron los hinchas visitantes en algunos estadios, quienes retornaron con la misma mochila cargada de violencia con la que alguna vez se fueron.

Pero la pregunta se impone. ¿Por qué debería ser diferente si los funcionarios de turno y dirigentes permanentes no hicieron nada para modificar el contexto?

Todo sigue igual. Lo contrario a lo que el sentido común indica. Mantuvieron el mismo voluntarismo demagógico del año pasado, ese que los hace formular declaraciones de ocasión para ocultar la impericia en la acción.

La seguridad planificada sigue siendo la inseguridad garantizada, mientras que las estructuras utilizadas mantienen las precariedades objetadas.

Grupos de hinchas de Lanús destrozaron a su paso todo lo que tenían a mano mientras se movilizaban por las calles de Avellaneda, las que estaban desprovistas de todo tipo de prevención. Y en el medio de esa degradación de valores antes mencionada, un vecino exhibió la solidaridad todavía sobreviviente al meter en su domicilio a una familia de Racing que estaba siendo agredida en su propio barrio.

Paradójicamente ayer Racing emitió un comunicado informando que no recibirán más hinchas visitantes "hasta que no esté garantizada la seguridad de nuestros socios y simpatizantes", algo que no estuvo garantizado tampoco cuando la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte (Aprevide), con su ostentoso nombre, anunció casi orgullosa el regreso de los visitantes.

También Banfield recibió a los visitantes de Boca. Y los espacios asignados quedaron reducidos porque las entradas vendidas superaban con holgura la capacidad de la tribuna. Y hasta hicieron de un sector de plateas una popular, sin siquiera colocar por seguridad los paraavalanchas. Con rever las imágenes de las avalanchas de los hinchas xeneizes en el Florencio Sola se concluye que la docena de heridos fue un saldo exiguo si se dimensiona lo que pudo haber ocurrido.

La codicia y la necesidad juegan a las escondidas con la falta de gestión y la ausencia de control. Estos factores son aliados incondicionales en un país donde la vida cotiza dos pesos y lo único gratis es la muerte. Porque en esa ecuación abrevan las tragedias, que tal vez no terminan de plasmarse con toda la magnitud posible porque el Papa es argentino. Y parece que Dios también.

Si no que lo cuenten aquellos que estuvieron en Olavarría en el recital del Indio Solari, en el que los patrones culturales son propios de los que se ven en el fútbol. Los mismos que rigen la vida argentina.

El regreso de los visitantes refleja necesidades económicas y políticas que no se corresponden con el interés general de preservar a los hinchas. Tal vez porque los directivos y funcionarios coinciden en que la gente no es prioridad en el cumplimiento de sus objetivos. Que no son otros que poder y dinero.

Además la urgencia que tienen también es para saciar las demandas de las barras bravas, que son las que exigen volver a las canchas visitantes para así poder blanquear la economía semanal que nutre a la violencia sustentada en entradas y pasajes.

Sólo así puede encontrarse una explicación a este arrebato coyuntural de que vuelvan los visitantes cuando nada cambiaron para generar un síntoma de normalidad en un país cada vez más enfermo.

Es habitual que los gobernantes de cualquier nivel y color político se fastidien cuando se expresa periodísticamente que en cada tragedia, más allá de las escalas, aparece como causa inexorable la ausencia del Estado. Tal vez tengan razón. Porque pobre Estado, ya demasiado tiene con quienes lo conducen para decir que está ausente. Seguramente lo correcto sería afirmar un "Estado manejado por irresponsables".

Pero habrá que ver hasta dónde viaja la necedad de los que dicen conducir el fútbol y los organismos de seguridad, porque como buenos militantes del error planean continuar con esta modalidad de que vuelvan los visitantes por tratarse de un aparente logro político-social, cuando no lo es. Porque lejos de ser el punto de partida para una normalidad es el origen de más hechos lamentables en los cuales morir no cuesta nada.

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