Ovación
Jueves 25 de Mayo de 2017

Manu crece (aun en la derrota)

Emanuel Ginóbili es el emblema deportivo intregal que rompe con los prejuicios de un sistema reservado para los exitosos de siempre

Las naciones proyectan sus sueños y parte de esos anhelos encuentran un correlato cuando algún compatriota trasciende en una actividad. Ciencia y técnica configuran logros intelectuales que forjan un orgullo de identidad colectiva trascendente. Y el deporte constituye un ámbito de conquista pasional que masifica el éxito. Por eso Diego Maradona fue el dueño absoluto de la fantasía dentro de un campo de juego. Carlos Monzón exhibió su inteligencia sobre el ring, incluso cuando decidió retirarse. Juan Manuel Fangio ostentó su temple en cada carrera. Guillermo Vilas paseó su rebeldía por las diferentes canchas del mundo. Luciana Aymar lució su habilidad con la bocha pegada al palo. Todos ellos fueron referentes deportivos de un país tal vez sin planearlo. Es más, Maradona alguna vez aseveró, en el marco de sus conflictos personales, que nunca quiso ser ejemplo de nada, "sólo quise jugar al fútbol". Y en sintonía también Monzón señaló algo similar en sus días más aciagos. Y ahora es el momento de Emanuel Ginóbili, una síntesis de las cualidades deportivas mencionadas, y articuladas por un equilibrio personal que convierte al basquetbolista bahiense en un emblema deportivo integral.

Ginóbili utilizó su fantasía deportiva con una inteligencia que dosificó con temple y rebeldía, haciendo gala de una habilidad nunca vista en el básquetbol argentino, y todo configurado en un contexto de sencillez y corrección hasta en los momentos de mayor fervor y también tristeza.

El deporte le sirvió para mensurar los tiempos y actuar con certeza, por eso siempre antes de cada decisión trascendental dispone de la pausa necesaria para luego ejecutar con meridiana precisión. Como la que medita por estos días, donde la cuestión es seguir o no.

El próximo 28 de julio Ginóbili cumplirá 40 años. Formó parte de la camada de jugadores Fiba que le dieron un giro inesperado a la NBA. Allí con sus cualidades se hizo un lugar tan trascendente que hoy una mayoría abrumadora del mundo basquetbolístico pide que tenga su lugar en el Salón de la Fama junto a Michael Jordan, Magic Johnson y Larry Bird, entre otros. De aquel jugador de 19 y 20 años que hacía sus primeros dobles y triples en Andino Sport Club y Estudiantes de Bahía Blanca cuando este diario cubría las notables campañas de Olimpia de Venado Tuerto en la Liga Nacional, a este fenómeno que ya ganó cuatro anillos con los Spurs desde 2002 y obtuvo la tan anhelada medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

Cuando hace unos días durante una entrevista de Fox Sports le preguntaron a Carlos Delfino si Ginóbili era el número uno de la historia del básquetbol argentino, el santafesino no dudó en decir que no. "No es el uno, es el uno, el dos, el tres y el cuatro, y detrás viene todo el resto", contestó el hoy jugador de Boca con una contundencia sin margen a la discusión.

Sería redundante enumerar las cualidades de Ginóbili dentro del rectángulo de juego, alcanza con observarlo aunque se carezca de la posibilidad de dimensionar lo que hace. Y para tal fin basta con remitirse a los dichos de Popovich: "Soy lo suficientemente inteligente para escucharlo porque es un gran jugador y un increíble ser humano. No quisiera que se retire jamás".

Pero Emanuel Ginóbili también es un crack fuera de la cancha. Fue un militante de la corrección y del respeto. Y de la cordialidad. En una gira preparatoria del seleccionado argentino por Rosario, Manu llegó a un hotel céntrico tras un partido amistoso junto a por entonces su novia (actual esposa), y mientras los periodistas aguardaban a la delegación fueron testigos de una graciosa anécdota. En una de las mesas de la confitería estaba Héctor Veira con el profe Weber, y el Bambino se paró y le gritó: "Manu, belleza Manu, belleza", en alusión a la compañera, por lo que el bahiense se acercó sonriente y se estrechó en un fuerte abrazo.

También con esa velocidad mental que utiliza aún para jugar, supo corregirse cuando tras perder la posibilidad de acceder a una medalla olímpica, un periodista le preguntó "cómo se sentía", a lo que contestó con gesto adusto "¿y cómo querés que me sienta tras perder la chance de acceder a una medalla?", para seguir caminando. Pero volvió sobre sus pasos y pidió disculpas por el tono de su contestación.

En los últimos tres años se habla del retiro de Manu. Ayer él se encargó de reiterar que se tomará unos días para decidir, aunque recordó que nunca habló de su retiro para no convertirlo justamente en un tema relevante. Pero poco importa ya. Porque fue y es un placer verlo jugar. Y escucharlo. Pero lo que es más gratificante comprobar es que un deportista trasciende con la misma espectacularidad también incluso en la derrota. Como sucedió en esta ocasión. Algo inusual para un medio donde mandan los mercaderes del éxito.


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