Ovación
Jueves 12 de Octubre de 2017

Lionel Messi y Jorge Sampaoli, el Mundial de Rusia los espera

Leo y el Zurdo fueron protagonistas estelares de la noche épica en Quito. El Diez nos llevó al Mundial. El Zurdo ahora con tiempo tiene la oportunidad de preparar a un equipo para levantar la Copa del Mundo.

En el día después de la aliviadora clasificación de la selección argentina para Rusia, Quito se despereza junto a la imagen todopoderosa de Lionel Messi. En la ciudad en la que Argentina selló su pasaporte al Mundial 2018 todavía resuenan los ecos de un partido épico de Leo. No hay lugar en esta metrópoli de Sudamérica en la que no se hable del rosarino. Los diarios se hicieron un picnic con la imagen de Messi en cada una de sus portadas. Por ejemplo, El Comercio tituló: "Argentina va al Mundial por Messi" y en la tapa luce una imagen imperial de Leo a punto de convertir uno de los tres goles con los que sometió a Banguera, el arquero ecuatoriano. El periódico Ultimas Noticias, en la doble central del suplemento deportivo, puso la foto de Messi gritando un gol con el título: "El Messías prometido". Y así con cualquier manifestación relacionada con la noche mágica del 10 argentino. Subirse a un taxi también es percibir el fanatismo por el rosarino. Con sólo blanquear la nacionalidad de argentino es motivo suficiente para escuchar una andanada de elogios para Leo. Incluso al recorrer durante un rato los alrededores de la plaza San Francisco, ubicada en el centro histórico de la ciudad de Quito, se pudo comprobar el endiosamiento que despierta la figura del capitán albiceleste.
   Es que los quiteños, auténticos desde la más pura sinceridad, sienten que su ciudad siempre tendrá un rinconcito en el corazón de Messi. Que cada vez que Leo convoque a las remembranzas se acordará del día en que estuvo a la altura de Dios para guiar a la selección argentina hacia Rusia. Tienen toda la razón en pensar de esa manera. Porque a partir del 3-1 del martes contra Ecuador habrá un antes y después para esta generación de futbolistas. Sobre todo, para aquellos que buscarán en el Mundial darse un baño de gloria luego de haber conocido siempre la suciedad del barro con la camiseta de su país. A la cabeza de todos, obvio, está Messi. Aunque después de lo que demostró contra Ecuador, qué más se puede decir de él. Con esto ya debería haberse ganado el cielo para los argentinos, pero. Siempre habrá peros con Leo. Tal vez porque nunca le acepten que sea un genio que sólo reserva su expresividad para la cancha y que no cae en bravuconadas acomodaticias para andar mendigando que lo quieran. El mejor que nadie sabe que el amor perpetuo sólo lo logrará si corona su obra levantando la Copa del Mundo el año que viene.
   Pero seguir con Messi, por más que hoy el mundo hable sólo de él, es reincidir en algo que ya no necesita repeticiones porque estuvo a la vista de los ojos del planeta.
   Así como la clasificación al Mundial liberó a la legión de históricos, también a Jorge Sampaoli le desató el nudo que tenía en la garganta. Se sentía asfixiado el Zurdo de Casilda. Necesitaba del auxilio de un resultado restaurador como el del martes en Quito para que el descreimiento popular que había en torno a su proyecto futbolístico no lo arrastrara como un torbellino. Sampa zafó de pasar por el desfiladero cuando el impredecible destino empezaba a estrujarle el alma. Pocos saben la angustia con la que convivió el entrenador del seleccionado en estos días. Sólo sus seres queridos y amigos de fierro pueden constatarlo. Ellos pueden dar fe de que la pasó mal en serio mientras carburaba en su cabeza pelada el planteo contra Ecuador. Por eso en la conferencia de prensa, con la clasificación ya consumada, les dedicó lo que había logrado a su familia y amigos: "Esto es para ellos que sufrieron más que yo. Siempre me acompañaron y mucho más en este momento de incertidumbre que había porque no se sabía si Argentina iba a ir al Mundial", resumió Sampaoli ante la mirada de cientos de periodistas que seguramente esperaban otra respuesta.
   Sampaoli se sintió cobijado y protegido por esa familia y amigos de los que habló ante la prensa. El martes llegaron a Quito su hijo Alejandro y sus hermanos Marcelo y María Laura. Fue en un periplo relámpago porque no tenían previsto viajar para no verlo sufrir tanto en vivo y en directo. El que sí lo acompañó desde el vamos durante la estadía en Ecuador fue su amigo de toda la vida, Sergio Abdala, y también Marcelo Diomedi, otro incondicional del DT. Todos ellos, más que ningún periodista, dirigente a cargo de la delegación o integrante del cuerpo técnico, conocen puertas adentro lo que fue observar al Zurdo moverse como un león enjaulado durante la concentración en los hoteles en Guayaquil y Quito. Si no le salía bien esta apuesta, Sampaoli ya imaginaba la carnicería mediática de la que iban a participar sus detractores compulsivos. El casildense siempre fue consciente de que el reloj le jugaba en contra. Porque él no es un técnico de cuatro partidos. Es de proyectos a largo plazo. Por eso cuando aceptó el reto de dirigir a la selección exigió que le firmaran hasta Qatar 2022. Igual, si Argentina quedaba eliminada lo más probable es que ese contrato se rompiera en mil pedazos. También hay que decir que nadie le puso un revólver en la cabeza para que dejara el confort y los millones de euros que ganaba en Sevilla para cumplir con el sueño que acuñó desde aquellas tardes casildenses en las que salía a trotar y escuchaba en sus auriculares los discursos de Juan Domingo Perón y Marcelo Bielsa.
   Aquel Sampaoli en los bucólicos paisajes de su Casilda natal tiene el mismo envase que este que saludó uno por uno a sus jugadores en el césped del Atahualpa y después en la intimidad del vestuario. El Zurdo siente que ellos se jugaron por él. Que no lo dejaron en banda y confiaron a ciegas en su mensaje. Más allá del aturdimiento que provocaron los empates contra Venezuela y Perú.
   Se viene un tiempo de reflexión y de mucha ocupación para el técnico de la selección. Ya sin esa opresión en el pecho, que no lo paralizaba pero que sin dudas lo condicionaba, revisará las equivocaciones que cometió en estos meses de gestión para aplicarle un correctivo y tratará de refundar a la selección desde las fuentes. Ahora con horas de ensayos, entrenamientos y con la tecnología al servicio de todo lo que sirva para encarcelar a los errores, Sampaoli podrá ponerle su marca de fábrica al equipo que disputará la Copa del Mundo. También el Zurdo tiene pensado involucrarse un poco más de lo que lo hizo hasta ahora con algunas cuestiones organizativas de la AFA. Chiqui Tapia le dio la llave del predio de Ezeiza y él prácticamente vive adentro. La gran relación que forjó con el presidente de la AFA y con el vice Daniel Angelici (los dirigentes que lo acompañaron en el peor momento de estas eliminatorias) invita a creer que se modificarán algunas estructuras y situaciones de logística en las que Sampa quiere tener más participación.
   Por fin, en el día después de un partido memorable de Leo no hay que explicar derrotas. Como tantas veces en los últimos años se hizo carne en el trabajo periodístico y también en el discurso de jugadores, técnicos y dirigentes. Ojalá ese calvario haya terminado para siempre. Qué reconfortante también es haber presenciado que Messi y Sampaoli, uno de Rosario y el otro de Casilda, ciudades distantes apenas 40 kilómetros, hayan interpretado el papel estelar en esta patriada en Quito. Leo tenía el arnés para evitar la caída al vacío y nos llevó al Mundial. El Zurdo ahora está ante la gran oportunidad de su vida de dirigir a Argentina en Rusia y detener con el título esa espiral de episodios espectrales que ya tiene más de 30 años de capítulos frustrantes en los mundiales.


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