Ovación
Lunes 23 de Enero de 2017

La venganza de Las Panteritas

No hay nada peor para quien aspira a hacer una carrera como deportista que le quiten la posibilidad de trabajar, de entrenar, que le nieguen los insumos.

No hay nada peor para quien aspira a hacer una carrera como deportista que le quiten la posibilidad de trabajar, de entrenar, que le nieguen los insumos. En este caso fueron las pelotas y la red. Porque se jugaba al vóley. Esa tarde, hubo "calentura" suprema con Martín, el profe. Pero no nos quedaba otra que apaciguarla rápido porque un poco de culpa habíamos tenido como para quedarnos sin práctica. Seguro fue Mara la que trajo alguna historia nueva y por eso demoramos en entrar al gimnasio. Con las chicas del equipo charlábamos sin apuro en el escenario de cemento que tiene el club, pegadito nomás a la cancha de básquet de baldosas en las que a veces hacíamos algún "picadito". Pensándolo bien, seguro. Seguro fue Mara la que nos detuvo. Si siempre venía con alguna historia de amor. Era ella la que vivía enamorada.

—Chicas, entren y vayan acomodando las cosas. Pongan la red—, gritó Martín desde la puerta.

—Ahí vamos, Martín.

Se ve que el relato seguía interesante porque a nosotras no nos gustaba perder las horas de la clase de vóley (salvo que ese día nos quisiesen hacer el test de Cooper o recepción adentro de un arco de futsal con las pelotas viejas o de mala calidad, porque dolían en el antebrazo) y la estábamos perdiendo.

De nuevo Martín.

—Chicas, entren y vayan acomodando las cosas que ya es la hora. Pongan la red.

—Ahí vamos Martín.

Pasó otro rato y seguíamos en el escenario.

—Chicas, no se los digo más, entren y vayan acomodando las cosas. Pongan la red.

—¡Ya vamos!

Y el pecado capital fue quedarnos 5' más. Porque fueron fatídicos. Meli, una de las chicas del plantel, más perfil bajo y obediente, andaba ya por adentro del gimnasio y nos avisó que el profe se estaba enojando "de verdad". Así que saltamos en conjunto para meternos a entrenar. Pachorrientas, se notó. Porque para cuando estábamos a unos metros de la puerta del gimnasio vimos que Martín salía y le ponía llave al gimnasio.

—¡No, pará Martín, íbamos a poner la red!

—Hoy no hay clase.

—En serio, Martín ya íbamos...

—Nos vemos el miércoles.

Nos mandamos la macana, es cierto. Martín insistió y nos demoramos. ¿Pero tan grave era el asunto como para que nos deje sin la clase? ¿Y ahora? Era temprano, ¿qué decíamos en casa: que el profe nos echó por "mal comportamiento"?

Por suerte estaba Victoria, que como buena armadora y estratega buscó una salida inmediata. "La Vicky" vivía a la vuelta del club, su mamá daba clases de inglés todo el día en el instituto y como sus hermanos no estaban teníamos la casa para nosotras solas. Fuimos, armamos el mate y nos pusimos a pensar: "¿Qué hacemos para que a Martín se le vaya la bronca?" Lo queríamos muchísimo, tampoco daba para romper la relación así porque sí, por una pavada. Además necesitábamos recuperar la clase.

—Ya sé—, tiró Victoria. —¿Y si le pintamos la calle pidiéndole perdón?

El grupo asintió de inmediato.

En los pueblos, o ciudades pequeñas, como luego sería la nuestra, es fácil conseguir cómplices. Básicamente nos conocemos todos. Y por suerte conocíamos muy bien a la mamá de Martín. La llamamos por teléfono, le explicamos lo apenadas que estábamos por la situación y lo que queríamos hacer. Le pedimos que participara (que fuera nuestra cómplice), a ella le correspondía retener a Martín adentro de la casa hasta que terminásemos la obra. Nos dejó tranquilas, parece que el "Negro" se había "tirado" a dormir.

Agarramos las bicicletas y salimos en masa hasta la casa de Martín. Victoria había aportado toda la logística: baldes, pinceles, pinturas y escobas. Pero la batuta la manejaba "La Ale", como siempre.

Llegamos, las bicis quedaron estacionadas en los dos accesos a la cuadra, por dos razones: la primera era para que Martín no viera nada raro en el frente de su casa si es que pasaba por alguna ventana y la segunda, para interrumpir el tránsito. Teníamos que pintar la calle y nuestros vehículos oficiaban de conos. Con guardias en cada esquina, obvio. Lo primero que hicimos fue barrer. Martín en ese entonces vivía en una cuadra bastante transitada por camiones y era común que por ahí pasara "el regador", de manera que entre la tierra y el agua (seca en ese momento), la pintura no iba a agarrar.

Barrimos a la velocidad de la luz. Vicky, Fany y Mara escribían. Con Ale, Meli, Yani, Ana y Flor controlábamos que nadie ingresara en la calle. Pasaron unos chicos que osaron gritar: "¡¡¡¡Martínnn, te están pintando la calle!!!!", factor suficiente como para que empecemos a cascotearlos. No era la mejor opción, se sabe, pero sí la que estaba más a mano. Romy y su hermana Lore colaboraban en la causa, como corrían muy rápido los asustaron enseguida. Por fin después de varios intentos por arruinarnos aún más el día, los pibes se fueron. Amedrentados, obvio.

"Martín, perdonanos. Tus Panteritas", escribimos en el cemento. Corroboramos que todo estuviera bien y empezamos a aplaudir para que el profe saliera a la vereda. Lejos estábamos todavía de usar celulares, así que el llamado fue bien espontáneo. Salió la mamá, nos hizo un gesto cómplice y atrás vino Martín. Tenía la cara hinchada por la tremenda siesta y mantenía el gesto adusto, enojado. Aunque le duró poco, cuando leyó el mensaje realmente lo "quebramos" emocionalmente. Sonrió y vino a darnos un beso y un abrazo a cada una.

Levantamos las cosas y nos fuimos recontentas. Habíamos pagado en parte nuestra culpa por hacerlo enojar, aunque seguíamos pensando que no era para "tanto". Dicen que la venganza no es buena. Ni tampoco era nuestra idea ser vengativas, pero se nos presentó la oportunidad y la aprovechamos.

Los sábados eran los días de competencia en la liga y a pesar de que él nos pedía fehacientemente que no fuéramos al boliche la noche anterior siempre había alguna que desobedecía y aparecía con sueño evidente y, lo que es peor, los ojos delineados. Ni hablar si esa rebelde se quedaba dormida. Porque Martín cargaba a todas las jugadoras en el micro y le pedía al chofer ir a buscar a esa jugadora a la casa. Ya en la puerta la despertaba a bocinazos. A veces cambiaban las protagonistas, pero lo que no variaba era la tremenda vergüenza que el profe te hacía sentir y el sermón que te daba ante tus compañeras. De eso no había vuelta atrás.

Pero ese día en el club, el que no llegaba para viajar al partido era Martín. Estábamos nosotras y el colectivo con el chofer. Aguardamos un rato en la vereda, después nos subimos. Nos miramos con Lore y pensamos lo mismo: "¿Lo vamos a buscar?"

Le dimos la orden al chofer y de nuevo Las Panteritas (autobautizadas como tal antes del nacimiento de Las Panteras, la selección argentina de vóley, lo cual es un dato no menor) nos paramos delante de su casa. Lo taladramos a bocinazos y le hicimos sentir el rigor de la vergüenza de quedarse dormido. Pobre Martín, estaba enamorado y lo habíamos descubierto. Había salido con una chica y le pasó lo que le pasó. Minutos después subió al colectivo con unos lentes verdes que no se sacó en todo el día ni adentro del gimnasio. Y no nos pudo bajar ni un reto, porque el que estuvo en falta fue él. Esta vez nosotras teníamos la sartén por el mango. Y a pesar de que perdimos (en realidad perdíamos casi siempre) volvimos exhaustas de satisfacción.

Supo Martín, con esa prueba, que no se le puede quitar a uno lo más preciado. Y para nosotros lo más preciado entonces eran la clase de vóley, los viajes y todo lo que ello significaba. Eran las mejores horas compartidas que se podían tener, las del deporte pero también las de las risas con amigas espectaculares. No nos podía quitar el canasto de pelotas, enrollar la red y tirarla en "el cuartito" de depósito. No podía cerrarnos con llave así porque sí el gimnasio.

Así él aprendió a respetarnos y aprendimos nosotras a que las historias de amor de Mara las podíamos escuchar en casa de Victoria, que no era justo hacerlo enojar. Fortalecimos el vínculo y cuidamos como oro cada clase de vóley. Seguimos llamándonos Panteritas (por entonces arrancaba el furor de Las Leonas) y nos sentimos orgullosas de haber forjado una identidad de grupo. Amamos a ese equipo y a la camiseta del Club Sportivo Rivadavia de San Genaro, donde nació esa historia. Y amamos todo eso hasta hoy y para siempre porque al fin de cuentas nadie deja de amar todo eso que lo hizo feliz. Y nosotras menos ni locas, más allá de una venganza insignificante por aquel día en que nos dejaron sin clase de vóley.

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