Ovación
Jueves 05 de Enero de 2017

La parábola del César

La mañana se presentaba calurosa y húmeda ya a las 9 de la mañana, pero los jugadores del Chindamo hacían caso omiso a las inclemencias del tiempo y en fila india (con reminiscencias de mocoretás y quiloazas) llegaban al templo sagrado del fútbol vernáculo: una canchita de 26 metros por 13 con césped natural y reluciente, emplazada a escasos minutos del centro de la populosa orbe y rodeada de edificios, donde un grupo heterogéneo de veteranos y jóvenes se reunían todos los miércoles para jugar a la pelota.

La mañana se presentaba calurosa y húmeda ya a las 9 de la mañana, pero los jugadores del Chindamo hacían caso omiso a las inclemencias del tiempo y en fila india (con reminiscencias de mocoretás y quiloazas) llegaban al templo sagrado del fútbol vernáculo: una canchita de 26 metros por 13 con césped natural y reluciente, emplazada a escasos minutos del centro de la populosa orbe y rodeada de edificios, donde un grupo heterogéneo de veteranos y jóvenes se reunían todos los miércoles para jugar a la pelota.

La semana entre Navidad y Año Nuevo no fue impedimento para que el sano esparcimiento de la redonda se hiciera un lugar en la cargada agenda de los protagonistas. Con sonrisas anchas en los demacrados rostros (casi siempre hay un rictus alegre cuando de jugar a la pelota se trata), los futbolistas intercambiaban saludos y bromas mientras se enfundaban en ropas y calzados pertinentes. Ninguno podía siquiera imaginar que estaba a punto de participar de una jornada histórica para la ciencia y la humanidad toda. Parecía un miércoles más, una jornada luminosa y cálida en demasía, pero la leyenda, agazapada, pretendía colarse en el universo a través de un simple partido de fútbol amateur.

"Yo vi la parábola", decían las remeras alusivas en el frente, mientras que en el dorsal un dibujo extraño intentaba explicar el fenómeno. Se mandaron a hacer a los pocos días de la hazaña geométrica, cuando en los círculos más encumbrados del deporte de la redonda se discutía acaloradamente sobre efectos gravitacionales, pesos específicos de los balones, incidencia del aire y el cambio climático y tantas otras yerbas que llenaban y siguen llenando páginas y páginas de diarios, revistas y sesudas ponencias universitarias.

A decir verdad los ríos de tinta desatados estaban impregnados casi en su mayoría de especulaciones periodísticas y arriesgadas explicaciones científicas sobre hipotéticas parábolas, ya que tras el anuncio oficial y las imágenes que certificaban el fenómeno, que fue difundido en el blog oficial del legendario estadio, todos los participantes de aquella jornada histórica hicieron mutis por el foro, se mandaron a guardar silencio y, salvo esporádicas tertulias en bares de mala muerte, anunciaron que no hablarían más con la prensa.

El partido había empezado abúlico como casi siempre, el estado físico de los denodados players no permitía demasiadas esperanzas de jogo bonito. Ni siquiera de jogo a secas. El impecable verde césped, envidia de la Bombonera y el Mario Kempes, era testigo de un cansino andar de área a área casi sin oposición. Como un partido de básquet, cada ataque tenía olor a gol aunque la impericia de los delanteros dejaba el marcador en un respetable 3 a 3, número que en las crónicas bien podía significar un desarrollo cambiante, impredecible, apasionante.

En el primer break para tomar agua, que ocurrió a exactos 8 minutos de comenzado el encuentro, los protagonistas cruzaban miradas de algo parecido al fastidio aunque el denominador común era atribuirle tal estado a la canícula. El cotejo siguió desarrollándose de manera normal para las lidias del Chindamo hasta que sobre el final del segundo cuarto ocurrió el fenómeno.

El contragolpe pintaba para letal, porque de un rebote en el área propia, el Cabezón encaró con la bocha dominada hacia el arco contrario. Ninguno de los integrantes del equipo rival se dignó retroceder, por lo que el pobre arquero se adelantó unos pasos sólo para que el arco no enmarcara más su extrema soledad. Eran tres los que venían: el Cabezón, comandando la contra como ya quedó dicho, el Toto que se había sumado por la izquierda y el César que avanzaba por la derecha.

El arco del Chindamo que da a la fábrica de ascensores está a apenas un metro del antiquísimo paredón del galpón, de unos seis metros de alto, coronado por un alambrado que estira un par de metros más la contención. El César, de frente al arco aunque en forma un poco oblicua, recibió la pelota mansa a escasos dos metros de la línea de gol y sin oposición alguna, ya que el guardavallas se había adelantado, como quedó dicho, y aún no está claro si fue para cortar el avance o para observar mejor porque su instinto ya le había dictado el acontecimiento histórico que estaba a punto de ocurrir.

El César acomodó el cuerpo con la elegancia propia de los goleadores de raza y apenas puso el pie para que la pelota rebote y se transforme en el pase a la red. Tenía la boca llena de gol y esperaba vaciarla contra los agoreros de siempre, porque esa mañana no había andado muy bien y era blanco de continuas críticas y recriminaciones.

Fue allí, en ese preciso instante, que el duende de la redonda desató el fenómeno. La pelota se elevó en línea casi recta hasta la increíble altura de casi 10 metros, viró por encima del alambrado y volvió a tomar impulso desafiando la ley de gravedad y, sorteando las chapas del galpón de la fábrica de ascensores, viajó hasta confines insospechados, desconocidos, inexplorados.

La primera reacción que devino entre todos los protagonistas de la justa deportiva fue la risa, la broma chabacana, la sorna impiadosa y malintencionada. Sobre todo al ver la perplejidad en el rostro del hacedor de la magia, que se agarraba la cabeza con las dos manos y buscaba una explicación.

De la burla se pasó al asombro, de allí a las más profundas cavilaciones y por fin el silencio respetuoso ante la comprobación de la hazaña geométrica que acababa de ocurrir. Uno de los más veteranos del grupo hizo la seña del cuadrado con las dos manos (el video ref tan de moda en esos tiempos) y cuando se comprobó que el incidente había quedado grabado (todos los partidos del Chindamo son seguidos por una cámara fija que aporta uno de los fundadores) y se pasó una y otra vez la jugada, todos comprendieron que estaban a las puertas de la historia.

Se reunieron en el centro del field y convinieron los pasos a seguir, todo eso de la impresión de las remeras, las notificaciones a la prensa y a las asociaciones versadas en matemática y física pertinentes, el discurso unívoco y sobre todo el compromiso de cada uno de mantenerse unidos frente a lo que viniera.

Serios aún por la gravedad y la solemnidad del momento dudaron en seguir el partido con el balón suplente. En eso estaban cuando apareció una chica que vivía por Wheelwright, a casi una cuadra de allí, que venía a devolver la pelota.

Comentarios