Lecturas de verano
Lunes 06 de Febrero de 2017

Gigantes con humedad

"Un brindis por mis amigos,

los gigantes de la vida,

de madrugadas perdidas

y derrotas entre llantos.

Esos muchachos sencillos

que van con todo al rebote,

a cachetearle a la suerte

y a ganarle por un tanto".


Es medianoche alta cuando empiezan a llegar, de dos en dos, de tres en tres, o en decidida barra. Primero caen los que oficiarían de dirigentes, hinchas caracterizados y sus esposas o novias y allegados o allegadas. Después los jugadores, jóvenes y no tanto, de diferentes categorías, pero similar pasión.


"Casi siempre son los últimos en la fila de la escuela,

esos flacos desgarbados

que no paran de crecer.

Si después de cada gripe

se levantan más arriba

y muy rara vez encuentran

ropa que les quede bien".

   

El bar está en la zona del club, en la gran avenida, y es uno de los pocos abiertos las 24 horas. Por eso fue tomado como base o sede y es posta fija después de cada práctica o partido de local, aunque a veces el trámite del cotejo amerita la reunión y ante la escasez de lugares abiertos entrando la medianoche aun jugando de visitante vuelven al redil y van entrando en fila, invierno o verano, victoria o derrota.

La canción de Jaime Roos suena de fondo en los parlantes aunque sólo los conocedores de la letra del tema podrían acertar a decir cuál es, porque el barullo del ruido ambiente es tal que apenas si se escucha al que está al lado, en la misma mesa. Pero sabemos que es a modo de homenaje que suenen esos acordes, que no hay disc-jockey, pero la voz del uruguayo cantor entonando esos versos funciona como recibimiento a los gladiadores tras la lid.


"Los llevan a practicar

en el cuadrito del barrio,

tenés que jugar al básquetbol les insisten sin cesar.

Cuando empiezan a embocar sueñan con ser goleadores

y el día que hacen 20 goles nadie los quiere bancar".


Los jóvenes, las promesas del futuro, primero piden agua y gaseosa, aunque después los vasos se confunden y entre las discusiones, los chascarrillos y las recriminaciones, la cerveza y/o el vino comienzan a regar las gargantas sin preguntar edad ni condición. Pero es peor cuando las horas pasan lentas en verano.

Los vemos pasar entre las mesas y por las caras es posible adivinar el resultado. Ya nos saludamos cortésmente. Saben que somos del diario, aunque la cosa nunca pasó de ahí hasta aquella noche que Mingo desde la redacción no podía comunicarse con uno de los planilleros para poner el resultado y se desesperaba.

La edición del día tenía que cerrar y era el tiempo en el que los diarios de papel todavía esperaban los resultados. No había texto, sólo dos numeritos para informar cómo habían salido. Mingo viraba del rojo al verde pegado al teléfono, resoplando y puteando a toda la constelación religiosa de parientes y ciudadanos del mundo.

Como justo estábamos saliendo, porque el fútbol (el maldito último partido de los lunes) ya había terminado, nos ofrecimos ante Mingo para oficiarle de cronistas. "Vamos para el bar, si los vemos les preguntamos y te llamamos", fue la propuesta. El veterano periodista basquetbolístico farfulló un ininteligible insulto rumiado desde hacía horas, o vaya uno a saber desde qué inmemoriales tiempos, quizá desde la época del gran Oscar, experto y pionero en esas lides de mascullar epítetos de honda catadura moral.

Lo cierto es que nos pareció que había sido un "sí, bueno, apúrense", aunque nunca es seguro. Mingo puteaba porque sabía que si salían del club y se iban al bar, entre la cerveza que él tantas veces supo compartir y las incidencias del partido, lo último que interesaba era informar el resultado.

"Los grandotes de los cuentos casi siempre son los malos,

pero el Gulliver de este

es tan bueno como vos.

Siempre de piernas largas

sobresaliendo en la cama

y con el rencor tan corto

que no llega al mostrador".


Cuando entramos al boliche, los vimos en la mesa de siempre. Los ademanes del triple sobre la hora no dejaban lugar para explicar el último salto y el bloqueo del rival. Las caras encendidas de los pibes, un poco por el alcohol y otro poco por la vehemencia del relato, llamaban a confusión, porque los pelos, generalmente mojados debido al reciente baño, estaban más secos que el sastre de Ghandi, según decía el Pato. En la tele del lugar estaba clavada la NBA y por ahí venía la discusión, entre Ginóbili y LeBron James, la cuestión derivaba hacia tópicos ajenos, extraños a la cotidianidad de ese templo de dobles y asistencias.

No acertábamos a desmenuzar el caso, porque las risas no eran las típicas después de un triunfo. No. Era algo más distendido. Las vituallas poblaban la mesa y denunciaban una gran comilona, las botellas vacías no dejaban lugar a dudas.

El tesorero de la institución relataba una huida gloriosa tras un clásico de barrio, cuando los dos árbitros cobraron, no precisamente dinero en efectivo, de lo lindo tras un fallo dudoso. La trifulca que se armó había sido monumental, eran tiempos en los que el público estaba al borde de la cancha y la presión se hacía sentir. La cuestión terminó con una desbandada por la calle, alguno ojos con moretones y un par de jugadores con 99 años de suspensión en la liga, aquellos que habían podido individualizar los veedores de la asociación.


"Esa barra de vestuario,

cachadora y solidaria,

que lo mismo come un guiso

como viste de jacqué. /

Los jugadores de básquetbol,

los que después de la práctica aflojan con mucho vaso

rivalidades de ayer".


Era tal el jolgorio que hasta daba un poco de pánico meterse y preguntar. Hasta que alguien se animó, se acercó a la mesa y, tras el correspondiente saludo, preguntó: "¿Cómo salieron?". La respuesta tardó en llegar, porque justo un chiste coronaba el relato de otra anécdota graciosísima.

El más viejo de la mesa, el presidente del club en cuestión, se secó las lágrimas que le habían provocado tanta risa y tomando aire contestó: "Se suspendió por piso húmedo".


La canción "Altos" está en el disco Contraseña, de Jaime Roos, quien hizo la música y los arreglos. La letra es de Raúl Castro.

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