Lecturas de verano
Jueves 02 de Febrero de 2017

Entre pitos y cuernos

Clasificados al Mundial de Corea del Sur.

Fútbol en el "campo". Ligas atractivas si las hay. Donde hay mucho en juego. Mucho más honor que dinero. Un reducto o campo de acción en el que las anécdotas se tejen a montones. Y la privacidad muchas veces pierde su esencia. Todos saben mucho de muchos. Pueblos chicos, infiernos grandes, como suele decirse. Y si hay algo que no se sabe, se imagina. Así funcionan las cosas y los alambrados suelen ser la única malla de contención para algunas fieras enceguecidas. Pero allá todo es más manejable. En condiciones normales alcanza con apenas un puñado de policías. Eso sí, las cosas que se dicen, se escuchan. No es como un estadio de primera división (se podría exceptuar, entre otras, la cancha de Arsenal), donde el bullicio suele tapar las miles de barbaridades, barrabasadas y la millonada de ocurrencias que se originan en las tribunas y a las que casi siempre las festejan quienes las escuchan. O sea, sólo aquellos que están pegaditos a ese desaforado agresor verbal.

   ¿Y quiénes son, casi siempre, los principales destinatarios de esas palabrotas generalmente hirientes pero muchas veces risueñas? Los árbitros. Es que el fútbol ya no será fútbol el día que se prohíba putear a un árbitro. No importa la jerarquía del hombre de negro, de verde, de naranja o el color que sea. En el campo generalmente siempre dan más ganas de putear. ¿Por qué razón? Simple: allí suelen habitar quienes hacen sus primeras armas (o pagan el derecho de piso), combatiendo diariamente con el acierto y el error. También están los otros, los que jamás supieron dar, aunque mínimo, un salto de calidad y por eso echaron raíces. Alguna vez también se vio un buen árbitro, también hay que decirlo.

   El viaje es hacia Firmat. Mediados o fines de la década del 80. La exactitud es lo de menos. Tampoco muchos recuerdan de qué categoría se trataba. Sí se recuerda que los protagonistas pertenecían a uno de los tantos pueblitos del sur santafesino, que desde ya hacía muchísimos años participaba del torneo de la Liga Deportiva del Sur. Se desandaban algo más de 100 kilómetros para despuntar el vicio, que también era una obligación. Y en el medio impedir que la vergüenza deportiva juegue una nueva partida: que no hubiera lugar para otra goleada. En contra, por supuesto. Algo que se había tornado una maldita costumbre por la endeblez del equipo. La misión fue cumplida. Se trató de apenas un 0-2 que para los viajeros fue tomado como un triunfo. Era la última fecha del campeonato.

   El estadio de Argentino de Firmat lucía como el Maracaná. ¡Tenía tribunas de cemento! ¡Enormes! Y unos vestuarios de aquellos, que contaban con un casillero para cada jugador, lo que era toda una novedad, y todavía estaba grabado el nombre de (Marcelo) Toscanelli, el ex canalla (para muchos firmatenses casi un emblema, a la altura de Daniel Alberto Passarella). Y una iluminación impecable. Claro, se trataba de las glamorosas instalaciones que fueron fruto de la remodelación que ese club había hecho para participar del viejo torneo Nacional. Allí había ido a jugar River, por ejemplo. A ese reducto fue ese equipo de humildes futbolistas que se creían Maradona o cualquier otro astro (Messi aún no estaba en los planes de sus padres por supuesto) para impedir que el último partido fuera una nueva humillación. Tampoco importaba demasiado si había que ir a buscarla adentro en reiteradas ocasiones. Pero esa vez la distensión era total. Muchos de esos gladiadores, capaces de apenar a cualquier artilugio para impedir una goleada en contra, habían sido partícipes de una típica noche de boliche unas cuantas horas antes. De esas que eran comunes. Casi obligatorias. Si las concentraciones no existían, ¿pará qué hacer semejante esfuerzo de irse a dormir temprano y encima reprimir el deseo de tomar una copa? O dos. O tres. Queda para otra ocasión lo de aquel jugador (mediocampista él) que apenas se estacionó el micro en la puerta de la cancha de Independiente de Bigand pidió a los gritos que lo dejaran bajar primero y después de un pique monumental por el pasillo del colectivo se hizo lugar a los empujones para abrazarse a un árbol con el único cometido de lograr que su torrente sanguíneo bajara el nivel etílico.

   Partido complicado en Firmat. La cancha parecía inclinada. No había forma de posicionarse en campo contrario con pelota dominada. Era todo del equipo del gran estadio. Para ellos el trámite era tan tranquilo como para el árbitro, un joven rosarino. Uno de los líneas (en esa época el mote de "árbitro asistente" aún no existía), el que marcaba el ataque del visitante, podía darse el lujo de dormir una siesta.

   El aburrimiento y la monotonía hacían de las suyas. Igual a Argentino le llevó unos cuantos minutos marcar la diferencia. Una vez que lo hizo fue algo así como una sentencia. El local tampoco jugaba por algo importante. Después del 2 a 0 y con mucho tiempo todavía por delante ya no hubo más nada que hacer. Fue el contexto lo que le dio vía libre al Colo, el arquero del equipo claramente más débil, de hacer una de las suyas. Una locura más. Es que, se sabe, los arqueros siempre fueron un poco más locos que el resto. Siempre se dijo que para ser arquero es necesaria cierta cuota de locura. Y el Colo tenía esa facultad. Era tan loco como buen arquero, y le gustaba lucirse en cada volada. Muchos compañeros suyos siempre pensaron (durante años) que a veces ensayaba una mala salida (léase entregársela directamente a los rivales) para poder mostrarse. De haber sido cierto, su locura iba más allá de lo imaginado.

   Pero esa tarde-noche no fue una volada espectacular ni una tapada en un impiadoso mano a mano lo que lo transformó en el foco de atención. Fue otra cosa. Fue una actitud para con el árbitro, quien difícilmente haya pasado en su vida por una situación similar. Momento feo, que quizá no mereció porque, se insiste, hasta ese instante había tenido un partido decididamente tranquilo.

   Mano derecha arriba, en medio del fuerte pitazo, dándole la orden al arquero de que podía poner la pelota en juego en el saque de arco. Hasta que el desconocimiento de la situación comenzó a desbordarlo. Fue cuando el Colo salió disparado de su arco a los gritos hacia donde el juez estaba parado. Un poco más allá de la mitad de la cancha. "¡Arbitro! ¡Arbitro! ¡Arbitro! ¡Arbitro!", repetía el jugador de pirinchos colorados y una colita incipiente sobre la nuca mientras corría desesperadamente. A Cacho (Leone, el 2, hoy funcionario público), a Pantera (el 6, contador él) y al Pobre (un 5 de aquellos del que hoy su barriga no dejó ni el más mínimo rasgo de futbolista), les pasó al lado. Fueron tres de los de mayor condición de testigos por la cercanía con la acción. Miraban de cerca el cuadro de situación y se miraban entre ellos sin entender lo que estaba pasando. Y el Colo seguía corriendo. Y gritando. "¡Arbitro! ¡Arbitro!". Hasta que llegó a las barbas de quien reclamaba su atención. "¿Arbitro, usted es casado?", preguntó una vez cara a cara con la autoridad máxima del partido. "¿Qué le pasa arquero? Vuelva al arco", fueron las pocas palabras que le salieron al pobre juez. "¿Pero usted es casado?", insistió Juan Alberto (así se llama el Colo). Y prácticamente desbordado por la situación y el asombro que le causó la pregunta pero sobre todo por la insistencia, el juez respondió: "Sí, soy casado, ¿por qué?". "Ah, porque desde la tribuna le gritaron cornudo. Era para avisarle".

   Seriedad, segundos de tensión, seguramente la idea de tomar una medida disciplinaria y rápidamente una sonrisa cómplice para luego insistir con un "por favor, vuelva al arco", de parte de un árbitro que difícilmente haya podido olvidar lo sucedido y de quien nadie conoció su nombre. Mucho menos si su vida de pareja continuó al lado de la mujer que, según el Colo, alguien en la tribuna pensó que a veces metía la pata y quedaba en offside.

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