Ovación
Miércoles 11 de Octubre de 2017

El rosarino ganó el partido solo

Hasta los genios nunca dejan de aprender. Hasta las estrellas más consagradas entienden que siempre pueden entregar un plus.

Hasta los genios nunca dejan de aprender. Hasta las estrellas más consagradas entienden que siempre pueden entregar un plus. Hasta los fenómenos comprenden que los límites están para ser traspuestos. Y no cabe ninguna duda de que Lionel Messi es un monstruo futbolístico en todo el sentido de la palabra. Porque anoche en Quito la Pulga supo que tenía que jugar el partido de "su vida" para depositar a la Argentina en el Mundial de Rusia. Y para ello Leo no anduvo con vueltas y comprendió que debía arreglárselas solo aunque el fútbol se trate de un juego de equipo. Que esta vez tenía que armar las jugadas y resolverlas con su propia rúbrica. Que para no perdonar al rival debía ser egoísta en el buen sentido de la palabra. Por ello sólo necesitó de la colaboración de Angelito Di María para que le devuelva la pared del primer gol y pueda tocarla suave ante el achique del arquero. Porque en las otras dos conquistas todo fue por obra y gracia del diez. En el segundo la clavó en el ángulo tras cortar el despeje del rival. Y en el tercero tuvo la chance de habilitar a Benedetto y Di María, que entraban por los costados, pero el diez rosarino agachó la cabeza, enfiló hacia el área y la picó con sutileza para desatar el delirio de Ushuaia a La Quiaca. Messi armó toda la victoria argentina de principio a fin, con golazos de gran faena, y entendiendo que tenía que acertar a la red por sus propios medios, ya que su categoría es única e irrepetible. Leo lo hizo. Fue el héroe de Quito. Esta vez sus pases fueron a la red y no a los compañeros. Leo aprendió cómo debía jugar.

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