Ovación
Lunes 04 de Septiembre de 2017

El placer de viajar

La Copa Argentina, la más federal, es la única del país que permite juntar a ambas hinchadas pero sólo festejaron los miles canallas.

La Copa Argentina lo permite. Es el mismo fútbol, pero mientras que regularmente no se puede, en el certamen más federal del país sí hay autorización para que los hinchas se trasladen. Por eso, sólo en él (y en honradas excepciones en los demás campeonatos) las dos tribunas pueden manifestarse. Por supuesto, y pese a la mayor distancia recorrida, Central fue claramente local en el estadio de Argentinos Juniors, movilizando a una gran cantidad de simpatizantes que debieron soportar una intensa lluvia antes del partido y a intervalos mientras se jugaba. El premio fue la sufrida clasificación a una nueva instancia: los octavos de final.

El permiso en este torneo para que en un estadio haya hinchada de ambos bandos tiene dos argumentos. Uno, el formal, ya que todos los partidos se juegan en estadios neutrales y por lo tanto no se puede hablar de locales o visitantes. Otro, el necesario. Las prohibiciones siempre precisan válvulas de escape y la Copa Argentina brinda esa posibilidad para que los simpatizantes vuelvan a sentir el placer de acompañar a su equipo adonde vayan. Eso plancha de algún modo, además, el reclamo por voltear la veda general a los visitantes.

Entonces, el pequeño pero bien presentado estadio en pleno barrio de La Paternal permitió de nuevo el atrapante espectáculo de hinchadas rivales, entre los pocos de Riestra que se ubicaron en la única cabecera y los miles canallas que coparon el sector de la popular asignada y gran parte de las plateas. Los que salieron desde muy temprano en autos, combis y muchos colectivos, que aceleraron desde el parque Alem y el Gigante, y otros puntos de la ciudad. Incluso levantando hinchas en algunos puntos de la autopista, como en San Nicolás. Y, mientras la lluvia no molestó, no fueron pocas las familias que almorzaron al costado de la ruta ya cerca de Buenos Aires. Colgando los trapos, eso sí.

El tremendo agüacero que se descargó pasadas las 13 hizo más lenta la llegada pero a medida que la hora del partido se acercaba y la tormenta (que en aquel momento también era eléctrica) dejó paso a una lluvia leve intermitente, los escalones se fueron completando, las luces del estadio se encendieron y las gargantas coparon la escena, con una gran celebración final auriazul por la trabajosa victoria que compensó cualquier sacrificio. La Copa Argentina y el equipo de Montero lo hicieron posible.

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