Ovación
Viernes 26 de Mayo de 2017

El grupo de los ocho

¿Quién es la megaestrella de la historia del deporte argentino? Antes de debatir, la mejor opción es disfrutar de sus hazañas irrepetibles e ilusionarse con los que alguna vez vendrán para intentar emularlos.

Cuando alguna de las megaestrellas del deporte argentino es noticia, inmediatamente se recicla, generalmente en forma de encuesta, aquella compulsa casi imposible de acordar, sobre cuál es el deportista más importante de la historia. Es más o menos como mezclar papas con ladrillos. No tiene ningún sentido, pero a pesar de eso siempre se transforma en una discusión muy atractiva. El dato positivo es que a los 5 ya míticos representantes del país que integran la élite desde hace más de tres décadas, en los últimos años se le agregaron otros 3, lo que demuestra que las capacidades individuales de los deportistas argentinos siguen intactas. Mejor no hacer referencia por ahora a las políticas deportivas, en las antípodas de los esfuerzos personales.

   La conmovedora despedida que le tributó el público a Emanuel Ginóbili en el último partido de la final de la Conferencia Oeste de la NBA volvió a disparar la compulsa.

   ¿Puede Manu arrebatarles el primer puesto a otros deportistas argentinos cuyas hazañas también están marcadas a fuego en la historia del deporte nacional?

   Lo primero que habría que determinar es quién es el deportista de estos lares que puede darse el lujo de ubicarse por encima de los demás.

   Seguramente no existe polémica, o casi, a la hora de elegir a los más grandes de todos los tiempos: Juan Manuel Fangio, Diego Maradona, Guillermo Vilas, Carlos Monzón, Roberto De Vicenzo, Ginóbili, Lionel Messi y Luciana Aymar.

   Se insiste. Parece imposible determinar quién es el más importante porque se mezclan deportes individuales con competencias por equipo y actividades ultra populares con algunas reservadas para aquellos que puedan afrontarlas a partir de un bienestar económico.

   Ejemplos. Hay jugadores de golf surgidos en hogares de escasos recursos, pero son sólo la excepción que confirma la regla. Al fútbol juega todo el mundo y la chance de toparse con un jugador de proyección internacional es mucho más probable que la de encontrar un golfista capaz de ganar el Abierto Británico.

   Para boxear no hace falta gastar el dinero que se requiere para comprarse un palo de hockey. Por eso los orígenes, las necesidades, los esfuerzos, la vida, son tan distintos. Y eso dificulta aún más las comparaciones.

   Solía contar Carlos Monzón que cuando subía al ring sentía que el rival que tenía enfrente, al que tendría que golpear para vencerlo, quería robarle la comida de sus hijos. Es una sensación que se repite en la mayoría de los boxeadores y es imposible no vincularlo con sus humildísimos orígenes. Ese es un sentimiento que jamás deben haber tenido Fangio, De Vicenzo, Vilas o Lucha por ejemplo.

   Diego y Leo son el fútbol mismo, pero sus orígenes los diferencian de tal manera que hasta resulta complejo compararlos. Eso sin entrar en el juego químicamente puro, lo que generaría otra discusión interminable.

   La rebeldía de Maradona en casi todos los actos de su vida en comparación con el tradicional y casi parsimonioso andar de Messi, sí marca distancias.

   Leo encontró el confort en una institución que lo cobijó en el mejor momento de su historia y ni él ni su padre tuvieron nunca la necesidad de preocuparse por su futuro. Sólo alcanzó con su enorme capacidad para relacionarse con la pelota. Para Maradona la vida siempre fue más hostil. Lo llevó muchas veces por caminos intransitables para cualquier ser humano convencional.

   Si Luciana hubiera sido futbolista estaría, como mínimo, a la par de Leo y Diego, pero lo suyo es el hockey.

   Lo logró casi todo, lo hizo todo. Maravilló al mundo al punto de poner en duda que alguien alguna vez pueda parecérsele. Esa es una característica de estos genios. Cuando se retiran queda una sensación inmensa de vacío. Porque el sentimiento generalizado es que no se repetirán. Y de hecho en la mayoría de los casos es así.

   Cuando se llega a Vilas, la discusión se agranda. No habría ni que pensarlo, pero sucede todo lo contrario. Guillermo cambió la genética del tenis. Transformó en popular un deporte que por entonces era de élite. Ninguno de los otros deportistas argentinos que lo acompañan en un salón de la fama imaginario pudo hacer semejante cosa. Quizás Aymar puede habérsele acercado un poco. Hoy el hockey tiene muchos más niños y niñas que lo eligen y en esa tendencia se ve sin dudas la mano de Lucha.

   Ese cambio de ADN lo pone a salvo a Guillermo de los resultados de Del Potro. De la mano de Juan Martín Argentina obtuvo el logro más importante del deporte argentino todo en la última década: ganó la Copa Davis. Pero Delpo es una consecuencia, lo mismo que la Legión, de la acción de Vilas. Quizás no hubieran existido tampoco los Nalbandian, los Gaudio o los Coria si no hubiera habido un Vilas.

   Todo es opinable. Los 5 campeonatos del mundo de Fangio suponen un crecimiento exponencial del automovilismo con el paso de los años.

   Pero en un deporte con un alto porcentaje de aporte económico en desmedro de las capacidades conductivas, Argentina sólo pudo tener, y dos décadas después, a un solo representante de primerísimo nivel mundial: Carlos Reutemann.

   Es cierto, como las carreras son de autos, también se debe reseñar que los que siguieron a Lole no tuvieron ni por casualidad la chance de manejar bólidos de similar potencial a los que él condujo.

   Todo es opinable y relativo, pero quizás el dato más importante para el deporte argentino es que el siglo XXI puso al lado de los 5 grandes a Ginóbili, Aymar y Messi.

   ¿La mejor opción? Disfrutar de los que aún compiten, recordar a los que se retiraron, deleitarse repasando sus hazañas y también, por qué no, ilusionarse con los que vendrán.


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