Ovación
Lunes 02 de Enero de 2017

Con Diego en Zagreb

Maradona fue un show aparte en la final de la Davis. Historia de un imaginario encuentro con el Tata Martino a través de un libro

Narrar en primera persona es uno de los desafíos más riesgosos que tiene el periodista, porque si lo hace mal puede sonar arrogante. Pero no es la intención. Así que espero sepa entender el lector por qué está contada de esta manera esta historia. Y esta historia es reciente, involucra y da fe de lo que significa encontrarse cara a cara con uno de los más grandes ídolos del deporte mundial. Quizás el más grande de Argentina: Diego Armando Maradona. Como una suerte de deformación profesional, los periodistas, quizá por el continuo privilegio de estar ante ellos, tratan de manera absolutamente natural a grandes figuras del deporte. En realidad es una forma de no obnubilarse al momento de sentarse a escribir. Sin embargo hay personajes que superan todas esas "precauciones", porque son portadoras de un halo especial. Como Diego.

   Y esta historia, que da cuenta de la revolución que genera Maradona, ocurrió en Zagreb, Croacia, en el marco de la final de Copa Davis. Faltaban un par de días para el inicio de la serie, cuando estando allá me enteré de la llegada de Maradona. Desde ese momento lo único que se me cruzó por la cabeza fue el hecho de saber que en mi valija había dos libros que pretendía mandar a Barcelona para unos amigos. Di vueltas con el tema hasta que, coincidí en el living de la casa que alquilaba con Fernando, otro amigo, y le conté que me había atravesado la idea de regalarle uno de ellos a Maradona. La respuesta fue el empujón: "Poné ese libro en la mochila, se lo vas a dar".

   Hacia fines de 2014 salió a la luz "El Tata. De crack remolón a entrenador de selección. Una biografía de Gerardo Martino", un libro que publicamos junto a mi compañero de Ovación Lucas Vitantonio, gran admirador de Diego. Mil veces más que yo. Y lo habíamos estado buscando a Maradona por cielo y tierra. Durante unos 13 meses insistimos para llegar a él, queríamos que nos hablase de su encuentro con el Tata en Newell's, de aquellos tiempos que vivió en Rosario, habida cuenta también de su amor latente por el club del parque Independencia. Pero no pudo ser. Ni la propia Giannina, una de sus hijas, con la mejor voluntad, nos había podido poner cara a cara con su papá. Aunque más allá de eso el capítulo del encuentro Diego-Tata era infaltable. Lo hicimos igual.

   Zagreb, ahora, era el lugar donde quizás se podía reparar esa búsqueda que no había tenido éxito. El libro estaba escrito pero hacerlo llegar a las manos de Diego era el premio mayor, otra satisfacción. El tema era que Zagreb estaba revolucionada con la llegada de Diego, desde los más futboleros hasta los que no entendían nada querían tocarlo. Desde dos días antes del inicio de la serie los diarios locales ya le dedicaban páginas al astro argentino. De hecho, el día anterior, subimos con mi amigo Gastón a un taxi y el chofer, al escucharnos hablar en español, nos avisó, por si no lo sabíamos: "Mañana llega Diego Armando". Diego Armando, así, sin necesidad de presentación.

   El propio Martino nos había contado una vez que el magnetismo que genera Diego a nivel mundial no se podía creer. El Tata, que lo tuvo de compañero en Newell's, se asombraba de eso. Qué le queda entonces al resto de los mortales. En aquella oportunidad Martino había quedado anonadado a partir de lo que se había generado en torno al Diez en un partido por la paz organizado por el Papa Francisco en Roma. Escucharlo podía generar suposiciones. Verlo es, efectivamente, de no creer.

   Llegó el momento de intentar la cruzada: darle el libro a Diego en Zagreb. Recién arrancaba el partido entre Federico Delbonis y Marin Cilic. Charlábamos con la colega Milagros Lay González en el sector de prensa cuando le conté que andaba con esa idea loca en la cabeza. Loca no por jugada, sino porque acercarse a Maradona demanda más o menos la fuerza de un ejército. Siempre está muy custodiado y la cercanía es realmente complicada. Además, él tampoco se mueve por los lugares en los que lo hace la prensa. Era difícil. Aunque Millie me dio el último empujón: "Firmá el libro y se lo llevamos al palco. Si focaliza en vos, te lo va a agarrar". Nos reímos, realmente suena gracioso dedicarle un libro a Maradona, cuando las firmas siempre se las piden a él. Así que fue lo más modesta posible y arrancamos para el palco desde el cual Diego hizo su show durante esos tres días.

   Dos factores nos ayudaron: la suerte de que ese palco estaba 15 metros por encima nuestro (de haber estado enfrente en el estadio no había chances) y que la seguridad croata aún no se había avivado de la revolución que se iba a generar con el Diez ahí (minutos después le armaron un cerco). Entonces lo hicimos. "La clave es que te vea, que focalice", insistió Millie. Y así subí las escaleras, haciéndole señas, mostrándole que tenía algo para él. "¿Para mí?", se notaba que me decían sus labios. Y entonces sí, estaba hecho. Diego se acercó hasta el acrílico que lo protegía, se elevó por encima de la valla, escuchó el por qué del regalo y lo agradeció con un beso en la mano que quedará por siempre entre mis mejores recuerdos. Porque muchas cosas se le pueden cuestionar a Diego, eso no tiene discusión, pero no lo que genera en la gente, el magnetismo y el carisma que impone. No es casualidad que uno se quede temblando durante media hora después de esos segundos de emoción. "Les pasa a todos los que pueden tratar con Diego", dijo Millie.

   Inmediatamente bajamos las escaleras para volver a nuestros asientos. Una chica me tiraba del brazo y me hablaba en inglés. El lío que se armó por ahí (mucha gente se acercó para saludarlo) no me permitía escucharla. Pensé que me estaba pidiendo que deje de caminar porque había un punto en juego. Pero no, apenas la escuché entendí que era una periodista de la TV croata que intentaba entender por qué Diego se había acercado, me había saludado y qué le había dado. Hicimos una nota en la que hablamos de lo que el fútbol significa en Rosario y del paso de Diego, más su encuentro con Martino, contándole también un poco del Tata.

   Quedaron chochos. Los argentinos que estaban en el estadio literalmente estaban "locos" por tener al ídolo y al hincha número uno de la Davis ahí, al alcance de la mano. Pero también lo estaban los croatas, que le revoleaban camisetas de su selección para que Diego las firmara. Y todo, absolutamente todo, lo que hacía era noticia. El, hacedor de su propia historia a cada minuto, lo hizo todo. Porque la serie final de la Davis no fue sólo el show del tenis adentro de la cancha. Afuera estaba el show de Maradona. El comportamiento general (especialmente de los que estaban en ese sector del estadio) fue siempre el mismo: observar el punto, girar y mirar el festejo o la cara larga de Maradona en el palco. Así fue durante tres días, con el final feliz: la Ensaladera de Plata se vino para Argentina.

   Gestos, ademanes, señas, cámaras, luces, show. Mucho show. Eso fue Maradona en la final de la Davis. Una muestra de lo que es, de lo que genera en el mundo y que, aunque te lo cuenten, verlo deja anonadado. Zagreb, donde simbólicamente Maradona se encontró con Martino, quedará en mi historia con la ilusión de dar fe de ese magnetismo maradoniano. Porque pasan los años, pero las hazañas futbolísticas siguen tan latentes que hacen que el amor (y las contradicciones) siga intacto.

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