Central
Domingo 23 de Abril de 2017

Central ofreció su corazón, lo remontó con garra y se metió en la Copa Sudamericana

Con diez, sin Ruben expulsado ni el fútbol que le costó imponer, el equipo de Montero lo dio vuelta en un Gigante efervescente.

Paolo Montero no guarda las formas. No hace las veces de técnico imperturbable ante las emociones fuertes, por más que su cabeza calva inconfundible, sus lentes y su sobrio traje de estos tiempos sin corbata, sugieren una pose de aplomo que no cuida. Porque el uruguayo así lo vive y esa pasión que liberó en los gritos de Camacho y Herrera, explosiva, se correspondió como nunca con un equipo que puso lo que hay que poner para que el Gigante se fuera pletórico de felicidad. No porque Central haya jugado bien, no porque haya dado un salto de calidad en su juego, pero sí porque ante esa merma aparecieron otros condimentos indispensables para equilibrar un trámite que lo llevaba inexorablemente a la derrota y transformarlo en un cierre épico, remontando con diez por la expulsión nada menos que de su capitán. La victoria sobre Gimnasia que lo metió en la Sudamericana será recordada por esos matices, que al cabo conmueven a cualquiera.

   Es que, a lo Fito Páez, Central ofreció su corazón en el Gigante. Cuando no podía entrar en el embudo que le propuso el rival, cuando la desazón parecía irreversible después de que Marco Ruben, nada menos, viera la roja por pisar a un rival, quedó claro cuál la guapeó con grandeza y cuál se hundió en sus miserias. Mientras Montero metía cambios para ir perdido por perdido por lo que parecía imposible, Gustavo Alfaro aplaudía a los suyos que cuidaban lo muy posible construido desde el minuto uno, sin ambición para ir a liquidar a un oponente que estaba groggy. Por eso el uruguayo acrecienta sus simpatías en el exigente público auriazul y por algo su colega hoy en el Lobo, pero que siempre hizo lo mismo, es chiflado cada que vez que pisa el Gigante.

   Y además de una victoria numéricamente invalorable, que hoy lo metió por primera vez en una copa internacional _si Talleres no le gana a Godoy Cruz quedará adentro (ver aparte)_ y que hace olvidar ese 22º puesto en el quedó luego de la única derrota de este ciclo en el inicio ante Godoy Cruz, ese atributo de garra y búsqueda que disimuló las carencias futbolísticas son un reservorio invalorable cuando faltan jugadores importantes, como Teófilo Gutiérrez pero también José Luis Fernández. Y mucho más si el equipo queda tan temprano con uno menos y si ese hueco es el del 9, que en la fecha pasada volvió al gol y definió la victoria sobre Temperley.

   Sin Teo, afuera Ruben, de nuevo Camacho tapó baches con su iniciativa ofensiva y sus goles que lo afirman como el goleador canalla del campeonato. Apareció también Herrera, ya repuesto de una lesión que le impidió pelearle el lugar al colombiano cuando su lugar tambaleaba por actitudes extrafutbolísticas y marcó el gol de la explosión en Arroyito. Insinuó mucho Rivas y cuando no concretó sí lo hizo el ingresado Lovera, para empezar a marcar el camino de la recuperación. Y a falta de penetración por la banda izquierda con Fernández, Ferrari sí pudo ser una opción válida para profundizar el ataque por la derecha.

   Pero claro, hasta que Central decidió tomarlo de las solapas al mezquino Gimnasia, Musto fue más punzante que Carrizo o Colman y las buenas intenciones casi no pasaron de eso, mostrando una cierta carencia que supo superar con el corazón en la mano. Ahí el Pachi fue clave, ahí cambió resignación por aplausos, ahí renovó una ilusión que parecía sepultada a principio de año.

   Hubo al fin, una comunión entre el afuera y el adentro en algo tan invaluable como el espíritu colectivo que se pone a prueba en la mala. Montero corrió y lo gritó como un hincha más, como sus muchachos que le habían correspondido con eso que empieza con "h" para comprometerse con un triunfo que lo eleva a una dimensión conocida: la de volver a encaminarse hacia metas importantes.

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