Ovación
Martes 26 de Septiembre de 2017

Central-Boca: historia de un choque de emociones fuertes

Desde la polémica final de 2015, con el juez Diego Ceballos como actor principal, Central y Boca protagonizan en Copa Argentina un partido que ya tiene ribetes de clásico

Hay partidos y partidos. Están los que durante la espera no mueven el amperímetro, más allá de que después resulte una historia totalmente distinta, y otros que conviven con una previa especial, a la que se le adosan tantísimos ingredientes. El caso de Central-Boca por una fecha del torneo siempre suele ser atractivo, pero si el choque cuenta con la Copa Argentina como marco, la cosa definitivamente toma otro color. Por las dudas, antes de cualquier razonamiento apresurado, lo que se debe consignar es que el nudo de la novela entre canallas y xeneizes, que todos saben cuál es, forma parte de una historia ya masticada aunque posiblemente no digerida del todo. Por eso la entendible sensación de despojo por parte de los hinchas, jugadores y hasta dirigentes rosarinos. Fueron aquellos hechos los que alimentaron el morbo. Los que de vez en cuando se recuerdan. Los que avivan la llama cada vez que a estos dos equipos les toca ponerse cara a cara en esta competencia. ¿O alguien podría decir que en el cruce de cuartos de final del año pasado, cuando la famosa final de 2015 aún no se había enfriado, no sintió que lo que se venía era, otra vez, un plato tentador? En estos últimos años hubo reclamos, pedidos, chicanas, satisfacción para algunos, desazón para otros, arbitrajes polémicos, actitudes desmedidas, declaraciones fuertes. De todo un poco. Hoy ya nada es como 2015. Ni siquiera como en 2016. Pero el 2017 no quiere ser menos y hace de las suyas. Esta nueva edición de Copa Argentina también quiere tener un capítulo escrito con su propia tinta. Esta vez parece un partido más común, pese a esa reciente historia que está, que existe.

El antecedente de mayo de 2012 pasó desapercibido. Fue una pisada más en la larga alfombra de los partidos del fútbol argentino, entre un equipo que militaba en la B Nacional y otro en la máxima categoría, un empate en tiempo reglamentario y una definición por penales, que quedó en poder de Boca (ver aparte). No mucho más que eso.

Poco más de tres años después comenzó a escribirse la historia de estos particulares choques entre Central y Boca que se impregnaron de tensión y adrenalina y de los que hoy quedan, aunque bastante diluidos, algunos resabios.

A principios de noviembre de 2015, el Central del Chacho Coudet era uno de los equipos sensación del fútbol argentino. Su buen rendimiento lo llevó a pelear el campeonato local, junto a Boca. A tres fechas del final contaba con reales posibilidades, aun corriendo a espaldas de Boca, de lograr el título. Pero en el medio estaba el muy buen trajinar en Copa Argentina, donde después de vencer a Racing en la semifinal se ganó un lugar en la finalísima, también contra Boca. Y el Chacho apuntó todos los cañones a ese partido. Lo demostró cuando en la penúltima fecha puso en cancha de Banfield un equipo claramente alternativo, intuyendo que Boca no iba a perder contra Tigre y que ese día se iba a coronar campeón. Fue lo que finalmente sucedió. Así, el testarudo Central se iba a presentar en el Mario Alberto Kempes de Córdoba contra el campeón Boca de Rodolfo Arruabarrena. Fue el partido de la discordia, el combustible perfecto para que aún hoy un Central-Boca resulte un poquito más atractivo que lo habitual.

En esa definición hubo un nombre propio que estuvo por encima de cualquier táctica, cualquier apuesta, cualquier merecimiento. El nombre en cuestión es el de Diego Ceballos. Al árbitro le tocó vivir en carne propia una actuación decididamente mala. Y es totalmente incorrecto hablar de mala intención ni nada que se le parezca, al menos para quienes no sean capaces de presentar una prueba en su contra. Lo que jamás estuvo en discusión fueron sus graves errores y también las fallas de alguno de sus colaboradores, especialmente el primer asistente Aumente. Tanta polvareda levantaron algunos de sus fallos que ante el ejercicio de googlear sus nombres, las primeras noticias que aparecen están relacionadas con aquella final.

A nadie, especialmente a la gente de Arroyito, hace falta recordarle esas jugadas, pero está claro que las más salientes son el milimétrico offside que aumente vio de Larrondo en la jugada en la que Ruben cabeceó al gol cuando el partido estaba 0 a 0, la infracción fuera del área de Ferrari sobre Peruzzi que recibió la sanción de penal y por último la sentencia de Boca por parte de Chávez un pasito en posición prohibida.

Ni el cuerpo técnico de Boca ni los jugadores merecían quedar en el ojo de la tormenta. Ellos hicieron lo que debían: jugar el partido y ganarlo, amén de las malas decisiones de Ceballos. Pero el mundo del fútbol habló tanto del tema que hasta a ellos mismos se les hizo difícil mantenerse al margen. Hasta el propio Carlos Tevez declaró públicamente que le hubiese gustado jugar la final de nuevo. Una locura. La misma idea loca que la dirigencia de Central enarboló al día siguiente del partido pero que duró muy poco.

Horas de radio y televisión, litros de tinta en los diarios. Todo el mundo sintió, incluso aquellos que no forman parte directa del fútbol, la obligación de denunciar o decir algo sobre lo que fue un simple partido de fútbol pero con aristas particulares.

Mucho más vehementes en su reclamo fueron los hinchas de Central, quienes cuatro días después, en la visita de Boca (ya campeón y con un equipo alternativo) a Arroyito por la última fecha del torneo, descargaron toda una artillería verbal, acompañada de banderas alusivas al tema, contra la dirigencia de la Asociación del Fútbol Argentino.

Una historia difícil de digerir para la gente de Central. Y que no pasó desapercibida en la casa madre del fútbol argentino. La exclusión de Ceballos del arbitraje por un largo tiempo fue la muestra fehaciente de la marca que había dejado aquel arbitraje. "Me equivoqué feo y estoy viviendo una pesadilla", dijo el propio árbitro, quien en aquel momento denunció haber recibido amenazas de muerte. Otra locura típica del fútbol.

Pero el tema ya estaba instalado. A esa final ya se la había puesto como un mojón en la historia del fútbol argentino.

Con el 2016 en marcha, Central volvió a marcar objetivos. Y la Copa Argentina fue nuevamente prioridad. Y el fixture entregaba la chance de que un nuevo cruce con Boca fuera posible. El canalla sorteó a Villa Mitre de Bahía Blanca, Atlético de Rafaela y Deportivo Morón. Del otro lado, el xeneize hizo lo propio con Güemes de Santiago del Estero, Santamarina de Tandil y Lanús. ¿Y entonces? Sí, Central y Boca volvían a medir fuerzas, aunque en una instancia mucho más "liviana". Era por cuartos de final.

Al morbo del fútbol ese partido le venía como anillo al dedo. Al neutral (a excepción de los directamente implicados, más los hinchas de Newell's y River, por supuesto) se les presentaba la chance de sentarse a ver un partido especial, al que muchos catalogaron como una especie de revancha, no así los protagonistas.

El escenario parecía lo de menos. La cantidad de entradas para uno y otro no era el tema en cuestión. Tampoco el horario. De lo que más se habló en la previa fue de ese árbitro en el que las miradas, por obvias razones, iban a estar muchísimo más finas.

Y para aquellos que creyeron que concluida aquella final de 2015 el tema se había terminado, basta con recordar lo que protagonizó el vicepresidente primero de Central, Luciano Cefaratti, el día en que se llevó a cabo el sorteo del árbitro. Es que antes de que las bolillas con los nombres de Darío Herrera y Patricio Loustau fueran introducidas al bolillero, el directivo canalla le pidió al presidente del Colegio de Arbitros, Rubén Matiauda, tocar las mismas, en lo que fue un proceder totalmente fuera de lugar, más allá de la explicación entregada por el propio directivo sobre que se trató de un "acto simbólico", por creer que "cuando uno se quema con Boca ve un partido y llora". Fue, sin dudas, el ingrediente más picante en la previa de un partido que se intuía picante.

Uno de los que se refirió de manera socarrona al tema fue el presidente de Boca, Daniel Angelici. De igual forma, el mandamás xeneize entregó algunas frases importantes cuando recibió a Ovación en su oficina en la Bombonera. "Si me hubiera pasado lo que le pasó a Central también estaría protestando", dijo en el mano a mano con este diario.

Y la bolilla elegida fue la de Patricio Luostau. "Son los partidos que soñamos dirigir. Estoy feliz por la designación porque me siento valorado. Seremos el tercer equipo en salir a la cancha. Vamos a desarrollar una estrategia para tratar de salir a dirigirlos pensando que son dos equipos importantes que van a salir a ganar", destacó Loustau en la previa y a quien hubo poco para reprocharle en cuanto a fallos. Quizá una mano de Dylan Gissi que el juez interpretó casual y no mucho más. No se escucharon quejas ni del lado de Central ni de Boca en un partido que terminó con un resultado favorable a los canallas (2 a 1 con goles de Fernández y Herrera, Benedetto para los de la ribera porteña).

Con ese partido se cerraba un nuevo capítulo de esta saga de emociones, conjeturas y demás yerbas. Nadie le podía sacar a Central la frustración por aquella final en la que vieron un arbitraje tendencioso. Tampoco a Boca la sensación de frustración por haber perdido la última chance que le quedaba para clasificar a la actual edición de Copa Libertadores.

Hoy, con las pulsaciones casi en su ritmo habitual y habiendo corrido demasiada agua debajo del puente, el destino vuelve a poner a Central y Boca cara a cara en un partido de presente liviano pero con un pasado reciente que le pone, al menos en lo que a Copa Argentina se refiere, el rótulo de clásico.

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