Ovación
Martes 27 de Junio de 2017

Aquellos futbolistas mundiales

El sentido de pertenencia fue una condición claramente distinguible en las épocas de resultados gordos. Hoy es un aspecto que no se visualiza y aleja a la gente de los jugadores

Pasaron 39 años y dos días desde que Argentina fue campeona mundial de fútbol por primera vez. Faltan dos días para que se cumplan 31 años del segundo y último título máximo de la selección. El primero con Menotti y el segundo con Bilardo en el banco de suplentes. Sólo Daniel Passarella pudo repetir, aunque en México 86 no jugó ni un minuto. Menotti y Bilardo, propietarios de dos estilos futbolísticos probablemente extinguidos o en todo caso modificados con el paso de los años, fueron capaces de llegar al objetivo. Esa descripción demuestra claramente que no hay una sola forma, que no es cierto que haya que "morir con la nuestra" porque primero habría que determinar cuál es "la nuestra" y segundo porque no se trata de morir, sino de ganar, objetivo que trasciende cualquier metejón con cualquier estilo o moda pasajera. Cualquier duda al respecto consultar con la federación alemana.

   Pero esos dos planteles, que sólo tuvieron en común a Passarella, coincidieron en algo que se fue diluyendo con el paso de los mundiales y la voracidad con la que los principales equipos europeos empezaron a llevarse a las incipientes estrellas de esta parte del mundo. Ni más ni menos que la materia prima del fútbol.

   Aquellos jugadores priorizaron, y aún hoy lo refrendan, a la selección por encima de los clubes propietarios de sus pases. Hoy dependen del humor de los poderosos que los contratan aunque en realidad también le ofrecen muy poca resistencia a ese formato.

   No sólo se trata de concurrir ante cada convocatoria, sino de darle a la selección el lugar que merece. No sucede casi nunca, en realidad es más bien todo lo contrario. Por más que se declame a favor de la selección. Una cosa es decir y otra bien diferente es hacer.

   Cuando se produjo la última desilusión de Leo Messi, que al final fue convencido por el Patón Bauza para regresar justo para el choque ante Uruguay de la primera rueda de las eliminatorias, empezaron a mostrarse algunas cartas que no se jugaban hasta entonces con tanta claridad.

   Más de cuatro meses después de que los futbolistas decidieran no hablar con la prensa tras ganarle 3 a 0 a Colombia por las eliminatorias se produjo un hecho poco difundido, pero esclarecedor de las diferencias constructivas que se intentan marcar entre quienes fueron campeones del mundo y los que mueren por serlo.

   Mariano Andújar fue consultado por un periodista sobre aquella decisión del capitán argentino y el arquero de Estudiantes tuvo una respuesta llamativa: "Messi no debería venir más a la selección", dijo Mariano allá por fines de marzo... "Pensé que alguno de los chicos de la selección pateaba el tablero. Pensé que Leo no volvía más, verdaderamente, pero él quiere mucho a la selección. No debería ni venir más. No debería venir... ¿Para qué vas a venir? ¿Para que te chiflen? ¡Para qué vas a venir!".

   No se trata de jugar en la selección y esperar sólo por eso sesiones de pleitesía permanente. Y eso es lo que propone Andújar a partir de una escala de valores que no le da a la selección el lugar de importancia que tiene, sino el opuesto. Andújar blanqueó, aunque no se lo haya propuesto, que desde su lugar los jugadores están por encima de la selección.

   Esa desintegración de los valores es la que aleja a los futbolistas del público mucho más que los resultados. La conducta de aquellos era el disparador que los situaba por encima de cualquier logro. Por supuesto que no es igual para todos. Hubo y habrá jugadores señalados, cuestiones de gustos, afinidades, camisetas. El tema fundamental es el sentido de pertenencia.

   Y en los tiempos que corren no son muchos los que pueden hacerlo. No hay feeling, no hay retroalimentación. No hay contacto entre los jugadores y la gente.

   El profesionalismo los transformó en personajes imperturbables casi gélidos que cuando bajan al mundo se equivocan. Como en la decisión de no hablar con la prensa cuando está claramente identificado quién puso en duda la integridad deportiva de Pocho Lavezzi, hecho que fue el disparador. No hablar con la prensa no es castigo para los periodistas, es alejarse un poco más de la gente.

   La sensación es que necesitan convivir con un enemigo pero se equivocan de destinatario.

   Antes también necesitaban de ese tipo de enfrentamientos para mostrar su fortaleza, pero jamás se alejaban de la gente.

   Quizás la distancia no la ponen ellos, probablemente sea el hecho de jugar afuera desde hace tanto tiempo y que aquello los haga mucho más millonarios pero también mucho menos sensibles al clamor popular.

   No es lo mismo el público español o el inglés o el italiano (es el más parecido) que el argentino.

   No pesa lo mismo la camiseta de Manchester City que la de la selección. No hay semejanzas entre jugar en Juventus y en Argentina.

   Esa es la distancia que la mayoría de los futbolistas de estos tiempos no logra acortar. Es la misma relación que supieron manejar aquellos héroes del fútbol nacional. Unos en México, otros en medio de una coyuntura muy dolorosa para el país que hasta provocó una estigmatización de esos jugadores.

   El sistema es lo de menos. Mientras los futbolistas lo interpreten, da lo mismo jugar con línea de cuatro y tirar el fuera de juego que hacerlo con líbero y stopper. Con enganche o sin él, con un solo delantero, con dos de punta, con doble cinco, con uno por afuera y otro por adentro, da igual.

   Lo innegociable es el sentido de pertenencia que se fue deteriorando con el paso de los años por culpa de unos cuantos millones y también por la pasividad, o comodidad, con la que los futbolistas decidieron afrontar la brecha que es cada vez más grande entre la sociedad argentina y la que ellos integran en un mundo que se nutre de los de acá para ser mejores allá.

   De hecho ellos son, o eran hace un tiempo, de acá.

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