Ovación
Miércoles 09 de Agosto de 2017

Alberto Salcedo Ramos: "En la cancha se ve la condición humana"

El cronista colombiano, uno de los mejores periodistas de Latinoamérica, le dijo a Ovación que escribir sobre deportes es buena excusa para contar otras tantas cosas

Alberto Salcedo Ramos no habla. El periodista y cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos cuenta. Toda frase o respuesta la transforma en relato. Imágenes, climas y evocaciones con palabras "bonitas", como acostumbra decir, verdaderos cuentos donde no faltan las palabrotas ni las risas ni el canto.
Usted es hincha de Junior de Barranquilla, ¿con qué equipo es el clásico y cómo son las cargadas?
En una época era con Unión Magdalena, el clásico era de mucha tirantez regional porque son dos ciudades hermanas entre las que hay mucha piquiña (cargada), pero no pasa como con Central y Newell's ni remotamente: no recuerdo un clásico que haya sido violento, ni verbal ni físicamente. Aunque sí las hinchadas usan la procacidad como arma. La capital de Magdalena es Santa Marta y los samarios tienen playas muy bonitas, nosotros en cambio tenemos playas horrorosas, por eso nos dicen "cagaplayas" y nuestros hinchas les responden cantando...

Salcedo Ramos interrumpe la frase y le pide a Ovación que googleé la palabra "marimonda" y "Barranquilla" en el celular. Tras las indicaciones aparece en la pantalla la foto de un muñeco muy colorido y continúa la charla. "¿Ves? Este es el disfraz más típico del carnaval de Barranquilla, un falo en la cara de una persona: pene por nariz y dos testículos, es un muñeco que sale a la calle y le hace burla social al político, al ladrón; muecas grotescas de censura al que se ha portado mal y que acompaña con un pito con sonido de pedo. Entonces los hinchas de Junior cantan: "Olelé olalá, Junior tu papá lo demás marimondá", toda una referencia al pene.

Así cuenta Salcedo Ramos una broma futbolera a la colombiana, que bien podría ser una caricia entre hinchas rivales en Rosario. El hombre de 54 años, considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos, dirigió en la ciudad un taller para periodistas, organizado por el Sindicato de Prensa Rosario (SPR) y la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

Autor de innumerables crónicas publicadas en revistas de todo el mundo y amante de varios deportes escribió entre otras obras el libro "El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé" (2005), convertida en una serie de 80 capítulos que se emite en el horario central de la televisión colombiana. Con Ovación, Salcedo Ramos habló de deportes y crónicas deportivas, aunque tal vez usó esos dos conceptos como pretextos para hablar de muchas otras cosas: para contar y contar.

Usted escribe y lee crónicas deportivas, ¿qué cree que les falta o les sobra a las crónicas?

En la mayoría de los diarios las crónicas se enfocan perniciosamente en el resultado, la cobertura noticiosa inmediata. No se hace esfuerzo para ir más allá y conocer a los seres humanos que protagonizan las hazañas y derrotas. Siempre me ha parecido que los deportes son buenas excusas para contar otras cosas. En la cancha se ve la condición humana, uno conoce al caballero, al solidario, al egoísta, al mezquino, al que no sabe ser hidalgo con el que ha vencido; al que conoce la derrota, al amigo, al sobrador y al ególatra. De todos modos es en el boxeo donde veo mejor la condición humana.

Y parece tan inhumano...

Sin embargo tiene un montón de elementos muy atractivos. Los boxeadores son los únicos atletas que están desnudos: los futbolistas tienen uniformes vistosos, los tenistas van de blanco impecable. Entiendo esa desnudez como una metáfora del hombre primitivo que sale a jugarse la vida contra las fieras del entorno. Además, como dice Joyce Carol Oates, la gran escritora, el boxeo es el único deporte donde no existe el verbo jugar: juegas al fútbol, al criquet, al baloncesto, pero al boxeo lo peleas. El hecho de que hagas un deporte donde no juegas tiene singularidad narrativa: lo que te estás jugando es la vida, no un resultado. Además las historias de los boxeadores son maravillosas desde el punto de vista humano. El campeón de peso pesado Larry Holmes decía en una hermosa frase: "Es duro ser negro, ¿has sido negro alguna vez? Yo fui negro cuando fui pobre". Y aunque no se crea, los boxeadores son los deportistas de alma más grande, los únicos capaces de romperse la crisma y abrazarse e irse a un bar con el rival. Sólo ellos hacen eso.

Usted dice que tampoco descalifican.

Nunca he oído a un boxeador descalificar a quien le acababa de ganar, en cambio los escritores sí lo hacen, son ególatras, ojalá tuvieran la hidalguía de los boxeadores. Los escritores son mezquinos frente al colega que triunfa: suelen ver sus logros como producto del azar. En la escritura existe la soberbia del fracaso: el escritor que no vende libros considera que eso es sexy, cree que él interpreta la sociedad mejor y por eso es marginal y conoce las llagas del hombre contemporáneo. Los boxeadores no tienen la soberbia del fracaso. Lidian a solas con el monstruo de la derrota. Cuando un futbolista sale de la cancha dice "perdimos" y esa colectivización humaniza. El boxeador en cambio pierde solo, debajo de los reflectores y delante de miles que fueron a ver cómo le rompían las costillas. Amo al boxeo.

¿Por qué hay tanta crónica de box y de fútbol pero no de deportes que practican las clases altas, como golf o polo?

En mi caso tiene que ver con que no podría escribir sobre algo con lo que no siento una empatía muy profunda. A mí el golf, el polo, el criquet me parecen tan divertidos como una hernia, son para mí exabruptos de los deportes. Los entiendo, los respeto, pero me aburren. Sí me gusta mucho la prueba de cien metros planos: me parece belleza pura, nueve segundos de adrenalina y plasticidad. Y el tenis también, hay tensión psicológica entre dos rivales de tenis, es un deporte que tiene adrenalina física y violencia psicológica, es mental como el ajedrez. Creo que los tenistas se odian más que los boxeadores, fíjate. Pero, sería bueno que hubiera grandes crónicas de golf pero, si no, yo voy a seguir durmiendo sin ellas, cuando alguien la tenga ¿me avisa por favor?

¿Cómo se hace para sorprender en una crónica de diario en papel cuando todo ya fue dicho por radio, televisión y web al terminar un encuentro deportivo?

Metiéndose por una puerta lateral, la crónica es entrar a la casa por una puerta distinta a la principal. El cronista no hace una visita: revisita. Cuando llegamos ya están en los postres, pero hay que hablar con la gente hasta descubrir que la gran noticia de ese banquete no fueron ni los postres ni el pavo sino la vida de la señora que cocinó o el resbalón del camarero. Hay que hacer el esfuerzo por encontrar la condición humana en el escenario deportivo, la gran noticia del deporte es lo que sucede en el alma de quien lo práctica, la forma de quien lo practica. A veces entre un round y otro, luego de un asalto feroz, los boxeadores envejecen diez años. O de golpe ves al futbolista gallardo y caballero incurrir en un desmán. Entonces es cuando digo que no me interesa el resultado, ya lo sabemos, me interesa la transformación de ese ser humano, la esencia. Por eso digo que el deporte es excusa.

En el ambiente deportivo la mayor cantidad de crónicas se destinan al fútbol y se justifica esa elección con que "es lo que la gente quiere", en referencia a los lectores. ¿Qué opina usted?

A veces los editores y periodistas nos arrogamos una vocería que nadie nos ha dado. Creemos que lo que nos interesa es lo que le interesa a la gente. Uno tiene que confiar que lo que se escribe sea del interés de los demás, para asumir la vocería de ese conglomerado llamado público hay que untarse de gente, meterse en el alma de las personas, interactuar con ellas, quedarse allí mucho tiempo para entender cómo son. Hay ciudades como Rosario donde el fanatismo gira en torno a sus equipos: eso no es mentira, pero los redactores deportivos tendrían que crear una pedagogía del deporte que vaya más allá de los equipos de la ciudad.

¿Por qué en la actualidad se edita tanto libro deportivo?

Debe haber mercado o no se publicarían. Hay grandes libros deportivos. Uno de mis preferidos es "Rey del Mundo", de David Remnick, es la vida de Ali escrito con un estilo inteligente, fino, agudo. Recuerdo un momento en que cuenta cómo Sonny Liston cae en la lona frente a Ali y gatea buscando su protector bucal, y Remnick lo describe como "un somnoliento que quiere despertarse y apagar el despertador". Maravilloso. Para lograr eso se necesita entre otras cosas tiempo. A mí el libro de Pambelé me llevó dos años. Los libros de deportes deben tener un espíritu diferente a la página deportiva de los diarios, para un lector diferente, más interesado en el alma y la psiquis de las personas que en los resultados del domingo. De todos modos todo el que quiera hacerlos tiene derecho, luego se someterá a las leyes del mercado y a lectores. Hay un dicho que dice que el ser humano debería tener un hijo, escribir un libro y sembrar un árbol. Yo digo en broma que el árbol debe servir para ahorcar al hijo cuando se ría del libro que escribimos. En Colombia hay más escritores que lectores, pero bueno, yo lo sigo viendo como un derecho.

¿Cuándo una crónica deportiva es buena?

Cuando está escrita con belleza, eso no es negociable. Tiene que conmoverme, asombrarme, proponerme un viaje en el que termino encontrándome en una ruta inesperada y llegando a un sitio donde parecía que no era posible llegar. Las buenas crónicas deportivas son aquellas en las que siento que me estás contando una vida. En el deporte se repite continuamente el mito de Icaro: está lleno de ángeles que vuelan y cuyas alas se derriten muy pronto, eso trae en consecuencia duras caídas al piso. A mí no me interesa tanto Icaro cuando sube sino cuando cae, se golpea y lastima. Me gustan las que me muestran con belleza la caída, sin vulnerar la dignidad del atleta.

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