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Domingo 06 de Mayo de 2012

Otros dos malos pasos de la Argentina

Pese a no haber logrado en la reciente Cumbre de Cartagena ninguno de sus objetivos, porque eran sencillamente imposibles (fundamentalmente, una declaración final a favor de la posición argentina en Malvinas que estuviera firmada por EEUU y Canadá, además de sus aliados), la Argentina persiste en romper las reglas que rigen el mundo diplomático de la peor manera.

Otros dos malos pasos fueron dados esta semana por la Argentina en la cuestión Malvinas, que claramente ha sido elegida por el gobierno como caballito de batalla de sus relaciones exteriores, degradadas al rol de proveer consenso interno a cualquier precio. Pese a no haber logrado en la reciente Cumbre de Cartagena ninguno de sus objetivos, porque eran sencillamente imposibles (fundamentalmente, una declaración final a favor de la posición argentina en Malvinas que estuviera firmada por EEUU y Canadá, además de sus aliados), la Argentina persiste en romper las reglas que rigen el mundo diplomático de la peor manera.

Es el caso del "apriete" de la embajadora Alicia Castro al canciller británico William Hague durante en un contexto público totalmente fuera de lugar. Son reglas no escritas pero sacrosantas de las relaciones internacionales: los contenciosos se discuten en ámbitos acordados, y si ahí no hay acuerdo, se llevan a foros internacionales según reglas preestablecidas. Es claro que desde ahora la embajadora Castro no será atendida por los funcionarios del país en el que está destinada, o lo será de muy mala manera. Incumplirá así con el fin primordial de un embajador, que consiste en mantener contactos fluidos con las autoridades y el establishment del país donde está destinado para favorecer los intereses nacionales que representa. Esto es elemental, cualquier diplomático lo sabe de memoria. Pero es evidentemente necesario recordarlo en un país cuyo gobierno ha optado por los gestos descalibrados en su política exterior, y la sociedad parece acompañarlo en esa actitud.

En esta misma línea, llegó este jueves el spot del deportista argentino entrenando en Malvinas. Otra vez la "viveza criolla" metida como elefante en un bazar en una materia delicadísima y compleja. Para colmo —seguramente por ignorancia—, el deportista pisotea, literalmente, un monumento a los caídos británicos de la Iª Guerra Mundial. Tal vez la idea del spot haya sido estimulada porque el gobierno nacional —y no sólo él, por cierto—, insiste en desconocer a los isleños como parte de una negociación. Pero los isleños están ahí hace 180 años y dentro de poco serán aún más ricos y autosuficientes de lo que ya son, cuando comiencen a recibir una considerable renta petrolera. Despachar a los isleños como "población implantada" y reclamar a gritos la apertura del diálogo es puro sinsentido. Es como si España se propusiera recuperar el Peñón de Gibraltar sin sentar a la mesa a los gibraltareños. En fin, el tono confrontativo y "futbolero" que Argentina ha decidido imprimir a la cuestión Malvinas hace pronosticar que habrá en este sensible asunto mucho ruido y ningún resultado durante muchos años.

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