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Martes 28 de Febrero de 2012

Otra vez resultó ser un acto partidario

"Señora presidenta, yo no voy a hablar". Algo compungido, Hermes Binner pronunció esas palabras casi al oído de Cristina Fernández el 20 de junio de 2011, frente al Monumento a la Bandera.

"Señora presidenta, yo no voy a hablar". Algo compungido, Hermes Binner pronunció esas palabras casi al oído de Cristina Fernández el 20 de junio de 2011, frente al Monumento a la Bandera. Al por entonces gobernador de Santa Fe le habían bastado unos pocos minutos para entender que aquel no sería un acto para recordar a Manuel Belgrano y celebrar el Día de la Bandera, al menos no como la Municipalidad de Rosario lo había imaginado y organizado, sino un mitin partidario, casi un acto de campaña. La respuesta de la presidenta, lacónica y llena de una notoria indiferencia, terminó de confirmarlo: "Me parece bien", le dijo sin siquiera mirarlo y continuó con un ritual del que a esa altura sólo disfrutaban ella y sus partidarios.

Tal como se lo anunció a Cristina, Binner no habló aquel día y tampoco lo hizo el por entonces intendente Miguel Lifschitz. Fueron gestos polémicos, que muchos criticaron, pero gestos al fin, porque ambos pensaron que si seguían adelante con el protocolo no harían más que legitimar una ceremonia que a esa altura ya se había desvirtuado y que después acabó siendo un acto partidario, kirchnerista y de campaña.

Siete meses después muchas de aquellas escenas se repitieron ayer en el Monumento y algunas incluso se potenciaron. Por eso no sorprendió ver gestos de fastidio en el sector no kirchnerista del palco y sobre todo entre los rosarinos que acudieron como ciudadanos que iban a la fiesta de la bandera y no como militantes que asistían a un acto político. Es cierto que Mónica Fein y Antonio Bonfatti se distinguieron de Lifschitz y Binner y decidieron afrontar con entereza los abucheos de las organizaciones kirchneristas que coparon las cercanías del palco, pero también lo es que todo lo que sucedió después fue incluso más partidario que aquella ceremonia del 20 de junio del año pasado.

Como aquella vez, a muchos rosarinos les quedó la sensación de que los invitaron a una fiesta y los hicieron entrar a otra. Y en eso, más allá de la asombrosa capacidad de movilización del kirchnerismo y de su facilidad para invadir ámbitos que no tienen que ver —o no deberían tener que ver— con la militancia, hay que decir que algo falló. Porque otra vez una fiesta propia y de todos acabó siendo ajena y de un movimiento político.

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