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Martes 24 de Marzo de 2009

Otoño

En cada calle hay un árbol amarillo. Las raíces perforan las veredas y se pierden entre los muertos que yacen bajo la ciudad. Yacen, pero no duermen: conversan entre las piedritas y sus voces suben por la savia hasta tocar el cielo diáfano de marzo.

En cada calle hay un árbol amarillo. Las raíces perforan las veredas y se pierden entre los muertos que yacen bajo la ciudad. Yacen, pero no duermen: conversan entre las piedritas y sus voces suben por la savia hasta tocar el cielo diáfano de marzo. Yo camino de nuevo, como cada otoño, en busca de los bares que ya no están. Camino hasta llegar al aguaribay de Oroño entre Montevideo y Pellegrini. Me siento bajo sus ramas que caen como una cascada. Después entro al Castagnino a ver el Guido que está allí, siempre callado, a la derecha. Me voy con los colores puestos y los pájaros me miran. Hace rato que empecé a envejecer, pero los caminos aún señalan mi boca con un dedo celeste. Y entonces me lanzo otra vez al mundo sin haber abierto ninguna ventana. Sin haber mirado el reloj. Sin saber nada de nada. Confiado en el corazón que aún navega terco el agua de la vida. Camino de nuevo, como cada otoño, amor mío.

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