La lupa
Miércoles 10 de Mayo de 2017

Zapallos en almíbar

Imperdibles en una época menos industrializada y de chefs televisivos al por mayor, y tantas veces relegados a los rinconcitos más alejados de la memoria, los zapallos en almíbar siguen despertando hoy tanta fascinación como hace décadas. En cualquier conversación entre tipos que superan los 40 almanaques, se va a colar un comentario sobre tal o cual comida, una de las alegrías de la vida, uno de los goces más genuinos. Y no va a faltar ése que recuerde alguna preparación.

"Me acuerdo cómo mi vieja preparaba los zapallos en almíbar, esos en cuadraditos que son crocantes por fuera y tienen corazón de dulce, que se deshacen en la boca", arranca uno. Ante el silencio de la mesa se ve obligado a explicar que se comen con algún queso que no opaque demasiado su suave dulzor, apenas perfumado por clavos de olor. "Sí, cortaba el zapallo en cuadraditos y después iba a una obra que estuviera cerca para pedir el agua de cal apagada. Después los dejaba en remojo para que se endureciera la parte de afuera...".

¿Para qué acordarse de esas cosas?; es, como dice el dicho, comer pan delante de los pobres. ¿Quién va a encontrar por estos días una obra en construcción donde los albañiles apaguen la cal viva? Y si por ventura la encontrara, ¿quién tiene el tiempo para preparar los cuadraditos de zapallo y después, al otro día, hervirlo con azúcar hasta que se doren y naden entre el almíbar mecidos por una cuchara de madera? Contar esas cosas es una maldad, es disparar antojos que no se podrán solventar, salvo que alguien vaya corriendo a algún supermercado grande, compre un frasco y lo desparrame morosamente sobre la lonja de queso.

Pero, de seguro, no será lo mismo.

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