Opinión
Lunes 04 de Septiembre de 2017

Una ofensiva para subir la alturas de los edificios

El perfil urbano de una ciudad no puede estar regido por los intereses del mercado.

Cuando a Roberto Fontanarrosa le preguntaban por qué le gustaba vivir en Rosario, solía decir: "Esta es una ciudad como tantas, pero es muy vivible. Tiene una escala bastante humana. Un millón de habitantes es una cantidad manejable y al mismo tiempo garantiza un cierto espesor". Con este concepto del Negro como telón de fondo habría que preguntarse ¿qué modelo de ciudad se persigue cuando se propone aumentar aún más la concentración de población en el área central de Rosario? Este es el interrogante que quedó flotando en el aire tras el proyecto que presentó la semana pasada el concejal radical Martín Rosúa que propone revisar la regulación urbanística y que se pueda construir por encima de los límites de altura fijados por las normativas. La iniciativa del edil llama la atención porque provoca irremediablemente un verdadero deja vú (la edila Fernanda Gigliani aseveró que "es una discusión que atrasa"): es que da la sensación de que se está volviendo a vivir el debate que la ciudad saldó nueve años atrás cuando se aprobó el código urbano que rige en la actualidad. En ese momento, el poderoso lobby constructor se opuso férreamente a la reducción de la altura de edificación, pero ante el reclamo de la inmensa mayoría de los vecinos se resolvió bajarlo a 23 metros (equivalente a siete pisos) en el área central. La iniciativa de Rosúa ahora le da aire a este sector empresario para volver a la carga.

Rosúa propone elevar la altura máxima de edificación con el argumento de que Rosario debe aprovechar esta "oportunidad única" de reactivación de la oferta de los créditos hipotecarios, que "el tope de altura puede tornar inviable el proyecto" (la realidad indica que las inversiones inmobiliarias dependen de otros parámetros) y que hay que incentivar la edificación pensando en que "rinda más" la "ecuación económica" (en el especulativo mercado inmobiliario una suba de la altura de los edificios provocaría un automático aumento del valor del terreno, con lo que no modificaría el precio final del departamento). Así, quiere revisar los indicadores para construir sobre tramos de las calles Corrientes, Mendoza, Maipú y Salta, en el área central; y bulevar Rondeau (curiosamente en la comisión de Planeamiento del Concejo hay actualmente dos pedidos de excepción de altura en esa arteria).

El caótico boom de la construcción que se dio a partir de 2004 en Rosario provocó una violenta alteración del paisaje urbano y la reacción de muchísimos vecinos que en un estado de indefensión veían cómo se deterioraba la calidad de vida de sus barrios. Es que la infraestructura de la ciudad resulta insuficiente para soportar las demandas de la alta concentración urbana, y esto termina resintiendo los servicios públicos de agua, gas, red cloacal, energía eléctrica y recolección de residuos. También incrementa los niveles de contaminación sonora y de polución del aire, satura el tránsito vehicular y colapsa la organización del estacionamiento en esas áreas, además de la pérdida de luz natural por la larga sombra que proyectan los edificios (calle Güemes, entre Moreno y Balcarce se convirtió en un verdadero túnel de sombra, por ejemplo). Este malestar de la gente forzó el debate sobre el reordenamiento urbano, que fue saldado en 2008 con un nuevo código urbano más restrictivo que apunta a reducir la densidad poblacional en el centro y macrocentro, y establece normas para preservar la fisonomía y la calidad urbanística y ambiental de los barrios.

Así y todo, de la mano de excepciones extraordinarias que periódicamente impulsa la Intendencia y aprueba el Concejo son muchas las construcciones que superan los límites de altura y de dimensiones establecidos por las normas. Sólo por citar algunos ejemplos: el hotel Puerto Norte (avenida Luis Cándido Carballo 148), del Grupo Trasatlántica, que originalmente tenía permiso para construir dos pisos arriba de los silos, luego consiguió luz verde para dos más y finalmente para otros dos más. Otro caso es el del proyecto del hotel Sheraton en Puerto Norte (del procesado empresario Carlos Gianni), que sólo podía construir torres de 48 metros de altura, pero consiguió luz verde para llegar a los 130 metros.

Pero en Rosario también se ha construido violando lisa y llanamente las reglamentaciones, y luego con la teoría de los hechos consumados se solicita al municipio excepciones. Allí están como prueba el edificio de calle Cordiviola frente al estadio de Central (tenía límite de cuatro pisos y levantaron seis), el edificio Alberdi Green III (sólo podía tener ocho pisos y se le permitió diez) y el de la torre Shopping Condo Hotel (bulevar Rondeau y Juan B. Justo), del grupo inversor Tierra de Sueños, que tiene 67 metros de altura cuando sólo podía construir 36 metros. Incluso el jueves pasado el Concejo aprobó un pedido de informes del bloque Ciudad Futura que pone bajo la lupa al edificio que se está construyendo en Olivé 954, frente al parque Alem. Según esa bancada, en ese barrio residencial sólo se pueden levantar edificaciones de hasta 10 metros de altura (planta baja más dos pisos), pero la empresa Obring que está al frente del emprendimiento está anunciando una torre cercana a los 60 metros (20 pisos).

El perfil urbano de una ciudad no puede estar regido por los intereses del mercado, sino por una planificación racional que promueva un desarrollo equilibrado y una ciudad integrada y sustentable.

El proyecto de Rosúa puede derivar en un buen negocio para las constructoras, pero difícilmente lo sea para la ciudad.

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