Opinión
Domingo 29 de Enero de 2017

Una mirada

Un objeto es como es, y sin embargo termina siendo según la mirada que sobre él tenga el observador, es decir, que al fin es receptor de incontables interpretaciones y proyecciones de lo que simboliza.

Un objeto es como es, y sin embargo termina siendo según la mirada que sobre él tenga el observador, es decir, que al fin es receptor de incontables interpretaciones y proyecciones de lo que simboliza. Desde ya que las diferencias son sutiles, pero cargadas de significado. Un chico ve un tren de juguete y empieza a imaginarse una máquina mágica que se desplaza pitando, que tiene en sus entrañas una caldera que produce vapor que mueve pistones, émbolos y ruedas y que expele chorritos de humo; que viaja sobre vías que se enroscan y desperezan hasta perder la noción de un destino inconcluso mientras atraviesa estaciones con minúsculos pasajeros que viven esperando, inútilmente, que la locomotora pare en el andén con casitas con techos a dos aguas, salpicadas de gotas blancas que simulan copos de nieve y rodeadas de tiesos pinitos también moteados de nieve, autitos por siempre inmóviles, túneles escabrosos de los que el convoy sale victorioso, domando los obstáculos que, emperrada, le pone la montaña.

Al nene no le cuesta imaginar que el tren con cuatro vagones, tres de pasajeros y el furgón de cola rojo, atraviesa una tormenta forzando las calderas de una titánica locomotora, ver las ventanillas de los vagones empañadas por un intenso frío, todo mientras él trata de adivinar por cuál curva, puente o boca de túnel aparecerá la formación.

El tren sigue ahí, todo lo pone el embelesado espectador que se jura que alguna vez va a tener algún juguete así, con un escenario que le va a ocupar toda la pieza y que sus amigos enloquecerán de alegría al verlo.

El padre del chico, que lo acompaña en su muda ensoñación de la maravilla, piensa en cuántas cuotas podrá comprarla.

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