Opinión
Jueves 30 de Marzo de 2017

Una mariposa negra

Haberla visto fue un suceso, por lo insólito, por el entorno, la situación y las circunstancias. La mariposa se había posado en la mitad de uno de los grandes vidrios del bazar de Mendoza y San Martín.

Haberla visto fue un suceso, por lo insólito, por el entorno, la situación y las circunstancias. La mariposa se había posado en la mitad de uno de los grandes vidrios del bazar de Mendoza y San Martín. Estaba en el medio de una de las vidrieras que miran al sur un domingo a la mañana en que la calle estaba tranquila, apenas si pasaban autos.

Era chiquita, de unos tres centímetros de ancho por uno y medio de largo y, cada tanto, abría y cerraba las alas como queriendo saber si todavía estaban ahí.

Las alas de un negro profundo la destacaba entre tanto brillo de utensilios de acero inoxidable que llamaba apenas detrás del vidrio en una estantería. En medio de cada ala tenía estampado un rectángulo blanco de unos cuatro por dos milímetros, y a una distancia equidistante del cuerpo, desplazado apenas hacia adelante, un punto rojo; no, colorado. La disposición en espejo de las dos manchas en cada ala se complementaba con unas tenues líneas blancas muy finas, imperceptibles, que bajaban ramificándose hacia atrás.

El bicho estaba a una altura de un metro sesenta, a la altura de los ojos; cada vez que abría las alas aparecían detalles que habían pasado desapercibidos en medio de ese negro opaco que en otro ambiente le hubiese ayudado a esconderse de los predadores.

Esos colores y tonos replicaban la belleza de una acuarela japonesa.

Por extraño designio, repentinamente levantó vuelo y se fue siguiendo una caprichosa trayectoria irregular con abruptas subidas y bajadas y cambios de dirección. El foco de la atención, entonces, lo ocupó, más atrás, un prosaico juego de cubiertos Tramontina que cuestan 290 pesos.

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