Opinión
Martes 07 de Marzo de 2017

Tregua

Es un descanso de la calle amenazante y ruidosa y de una realidad impuesta por un Estado bobo y opresivo.

Llega como una bálsamo, como un regalo para el corazón, como un cachito de paz. Eso es una tregua.
Es la que afloja la opresión en el pecho después de pasar largas horas de la noche cuidando un enfermo y llega un relevo que permite estar, luego, un tiempo mirando el humo que sale de un pocillo de café, en el bar de la esquina del hospital donde se respiró dolor y miedo. Y pensar, imaginar la ducha que apura un sueño de cuatro, cinco horas en las que la pena no entra.
Es la pausa en una convivencia tóxica impuesta por el trabajo, donde a veces un escritorio es un ring que hay que recorrer todo el tiempo con los sentidos alertas para esquivar trapacerías, caprichos y mezquindades.
Es un descanso de la calle amenazante y ruidosa y de una realidad impuesta por un Estado bobo y opresivo.
Es lo que permite olvidarse de los cachetazos que asestan eternos ciclos de cuestiones ajenas que manejan desde lejos los grupos de poder, que recurrirán a las instituciones y su mecanismos para torcer el destino a su favor, y que no es el de todos, ni siquiera el de muchos, tantas veces.
Es un hipo en el mundo dado vuelta como una media después de escuchar "no sos vos, soy yo". Es el aplazamiento de la conclusión de algo. Al fin, o antes, lo que sea que molesta, que preocupa se disipará como en una nube en el momento menos esperado y allí esa tregua tendrá otro significado, porque será por un tiempo mucho más largo.
Por suerte, hay otra curita: la sensación de que el tiempo cura todas las heridas. Y que no hay mal que dure cien años, porque la vida no alcanza.

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