Opinión
Sábado 04 de Marzo de 2017

Superdeportivos

En un país donde a la gran mayoría de los nenes recién nacidos le ponen una pelota o una camiseta en la cuna de la maternidad y le sacan una foto, hay otra tribu que deposita su almita en los fierros.

En un país donde a la gran mayoría de los nenes recién nacidos le ponen una pelota o una camiseta en la cuna de la maternidad y le sacan una foto, hay otra tribu que deposita su almita en los fierros. Son esos tipos que se les desgarra el alma cuando en las publicaciones sobre automotores consideran que algún modelo de su marca no es bueno, o es poco seguro, o la performance del motor es pobre, o que tiene defectos de diseño.

Y los autos más populares exacerban esas pasiones. Pero en realidad les cabe una proyección muy seria: su volumen de ventas sostienen las investigaciones para romper las fronteras de la mecánica y el diseño, que se materializan en los autos fuera de serie, los que terminan derivando en superdeportivos.

A esos llega muy poca gente.

Los últimos datos sobre la distribución mundial de la riqueza explican algunos fenómenos incomprensibles. Por estos días, Rolls Royce rompió récords históricos de venta. Lo mismo pasa con superdeportivos como Ferrari o Lamborghini cuya gran producción dejó atrás la categoría de automóviles exclusivos, después de haber estirado cupos por el empuje de las reservas de unidades.

Y en algún momento, el éxito genera en esos industriales un efecto sorprendente, el de querer acercarse a la gente común, habiéndose vuelto las personas adineradas en algo abundante. Y entonces sacan modelos "de acceso" a la marca.

Es raro, ese fenómeno no se replica en tantas otros rubros. Sería bueno que la industria de la alimentación tuviese "marcas de acceso", la de ropa, las constructoras, las electrónicas, las industrias que tienen impacto directo en la vida de la gente para que tenga un acceso de verdad a los bienes.

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