Opinión
Domingo 14 de Mayo de 2017

Sordos no, desatentos

Ante algunos conflictos, explícitos o larvados, muchas veces se esgrime una falta de comunicación, o ruidos en el diálogo que llevan a enfrentamientos tan inútiles como desgastantes.

Ante algunos conflictos, explícitos o larvados, muchas veces se esgrime una falta de comunicación, o ruidos en el diálogo que llevan a enfrentamientos tan inútiles como desgastantes. También, por lo general, se le asigna a una de las partes litigiosas la incapacidad de dar a conocer de forma clara sus pensamientos, que de lograrlo allanaría el camino del entendimiento. ¿Y si no es así?, ¿y si las culpas son compartidas?

Cuando hay dos facciones en pugna, casi seguro que las dos tienen parte de razón. ¿Cuál es el problema entonces?, que cada quien se aferra a esa parte y no le reconoce a la otra la porción de verdad que le asiste. Eso sin tener en cuenta que podría haber un tercero en discordia que, por obligación, permanece oculto porque medra con el triunfo de cualquiera de los oponentes.

Pero eso de no escuchar, o de advertir fragmentos de lo que alguien dice es demasiado común en la vida diaria, aún si no existen resquemores. Se da en dos amigos que toman un café, donde uno le dice al otro que piensa comprarse una moto y mientras le explica el modelo, el color y el costo escucha por respuesta "la Yolanda se enojó conmigo". Y el tipo que vive por adelantado la película del viento dándole en la cara mientras acelera por la Costanera queda sumergido en un novelón de esos que interpretan turcos que después compiten en concursos de baile y lloran porque la madre les manda besos desde Estambul.

Es cierto, acá no hay razones en tensión, pero uno quiere estar contento por la moto y el otro quiere sentir la dulce nostalgia del desamor. Por ahí está bien que sigan monologando de a dos, a veces es la mejor forma de entenderse.

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