Opinión
Sábado 13 de Mayo de 2017

Sobresaltos

No es que uno vaya saltando en las veredas esquivando las baldosas flojas, pero pasan cosas que desbocan el corazón.

No es que uno vaya saltando en las veredas esquivando las baldosas flojas, pero pasan cosas que desbocan el corazón. Una empresa sueca implanta en la piel microchips a sus empleados para controlar la asistencia y carga horaria. Y los compañeros trabajadores suecos de esa empresa de computación acogieron la iniciativa, a la que se adhirieron voluntariamente, con beneplácito. Bueno, ahora falta que les cambien los nombres por Colita, Negro, Cacho o Fido, porque lo último que se conocía sobre la cuestión era que hubo _hay_ quienes implantan a sus mascotas esos adminículos para localizarlas si se pierden o si se las roban.

Desde ya que hay mucho de snobismo tecnológico por allí. No parece que olvidos y pérdidas de tarjetas de registro laboral se constituyan en una razón valedera para semejante extremo que implica una cirugía menor. Es como secar las zapatillas con un lanzallamas, barrer las plazas con una turbina de avión, pescar con cartuchos de dinamita, o cortar un árbol para sacar los frutos más altos.

Algunos ansiosos presentaron el "adelanto" como una proto simbiosis hombre máquina, otra exageración. No llega a maquinita. Es un insulto para los científicos que gastan carradas de dólares para crear manos y piernas que se mueven con el pensamiento, y ya han alcanzado logros sorprendentes. Y sí, se valen de chips y de sensores, de aleaciones raras y fibras que reaccionan a impulsos eléctricos, pero recién ahí se puede empezar a hablar del hombre-máquina.

Pero la empresa sueca es buena, dijo que para los implantes había elegido chips estadounidenses que cuestan 100 dólares cuando hay chinos con similar desempeño que valen diez.

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