Opinión
Sábado 15 de Julio de 2017

¿Sellar la grieta o ampliar la tolerancia?

Hace un tiempo se apela al concepto de la "grieta" para tratar de explicar casi todo. Es un término reduccionista y tal vez más marketinero que el de "conflicto", aquel que la ciencia política nos enseñó que es inherente a la vida en sociedad.

Hace un tiempo se apela al concepto de la "grieta" para tratar de explicar casi todo. Es un término reduccionista y tal vez más marketinero que el de "conflicto", aquel que la ciencia política nos enseñó que es inherente a la vida en sociedad. En toda sociedad, en todo grupo humano, hay conflicto. Choque de intereses, confrontación de ideas. Lucha por el poder. No debería escandalizarnos, hace siglos lo advirtió Maquiavelo. El problema no es la conflictividad sino la falta de argumentación. Y la intolerancia al que piensa distinto.

Demasiada conceptualidad para tratar de transmitir lo que vengo sintiendo hace tiempo en la radio. El que conduzco en La Ocho es un programa plural, amplio, heterogéneo. Tratamos que se escuchen todas las voces ante cada acontecimiento. Hay veces que los interlocutores no atienden. Otras no quieren salir al aire. Otras no conseguimos sus teléfonos. Y otras nos falta tiempo.

Somos amplios y plurales, pero tenemos nuestra mirada sobre la actualidad. Sincera, pública. Política pero no partidaria. Tenemos formación, una cosmovisión del mundo. Y la transmitimos.

El posicionamiento es variado, dependiendo el tema. Tiene matices, como la vida. A veces implica avalar a determinado sector político que impulsa o critica una medida. Otras, supone estar en la vereda de enfrente.
En tiempos de "grieta", que en realidad son tiempos de falta de argumentación, de profunda intolerancia, un sector importante de la audiencia sólo busca etiquetar. Se es macrista o kirchnerista. O socialista. Zurdo o facho. Y de inmediato se mercantiliza la opinión, todo está tarifado al mejor postor.

O sea, ante un mundo cada vez más complejo y fragmentado se apela a categorías simplificadoras. Como si uno mismo no tuviera pensamientos y posiciones progresistas en algunos temas y más conservadoras en otros. El resultado: la más profunda tergiversación de la racionalidad.

No es que tener posiciones diferentes ante escenarios cambiantes implique ser tibios o no jugarse. Hace unos meses Víctor Hugo Morales me acusó de ser tibio por no defender al gobierno de Cristina Fernández frente a la embestida de Clarín. "En un guerra civil usted no puede estar a mitad de camino ni ser tibio", me dijo. "No estamos en guerra, trato de ser ecuánime y criterioso", le respondí.

El jueves me tocó entrevistar a Axel Kicillof. La entrevista duró media hora y fue muy respetuosa e intensa. El ex ministro de Economía opinó con libertad de la gestión de Macri, a la que criticó con dureza, y esbozó un principio de autocrítica de su gestión al frente del Palacio de Hacienda.
Pregunté, repliqué, interpelé. Intervine desde mi punto de vista.

Recibimos un aluvión de mensajes de oyentes. Muy repartidos casi por mitades entre los que bancaban a Kicillof y quienes cuestionaban su postura. Pero lo más triste eran los remates. "Forro del PRO, ¿por qué no sos así con Macri?", dijo uno. "Listo, sos un kirchnerista más, ¿por qué no vas a trabajar a C5N?", se preguntaba con agresividad otro.

¿Puede un periodista ser tildado a la vez de macrista y de kirchnerista por su intervención en una misma nota? ¿No son polos opuestos, no tienen miradas antagónicas de la realidad?
No intento plantear una falsa objetividad. Soy subjetivo, tengo mi visión sobre cada tema de actualidad. Respeto otras miradas, valoro el disenso, aprendo del intercambio de argumentaciones, que intentan persuadir a través del discurso.

Lo que falta no es tanto sellar la grieta, sino ampliar la tolerancia.

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