La Lupa
Domingo 03 de Septiembre de 2017

Scarface

Memoriosos del Saladillo dicen acordarse cómo empezó todo. Aunque a veces hay huecos que terminan rellenándose como un bache en la calle, como se puede. Aquella noche, Il Piave, mítico cafetín así llamado para evocar a un río del norte de Italia, lucía vetusto pero limpito custodiado por la Abanderada de los Humildes desde la Mandarina. Familiares de jamón y queso van, cerveza, café y ginebra vienen. Flotaba en el ambiente ese suave bullicio propio de donde hay naipes y billar. Un humo dulzón y azulado lo cubría todo como un manto sagrado. Y Alfredito, bandeja en mano, dele repartir esquivando mesas y sillas. Como por obra de un ventarrón se abrió la puerta que daba a calle Diana y el Loco Juancho, 38 en mano, gritó: "A los amigos como vos los mando a La Piedad". La amenaza era para el Colo. Se comentaba que cuando el Loco salía a manejar el tacho, el Colo iba con su valijita de plomero a la casa de su amigo donde era bien recibido por la patrona, que siempre tenía algún cuerito roto. La macana era que el tachero no estaba enterado de las gauchadas. Pero al final, todo se sabe. Los tiros no se hicieron esperar y como en la colimba cuando el sargento daba la orden, todos se tiraron cuerpo a tierra. Escurridizo, el Colo desapareció. Y el Juancho, percatándose de la maniobra salió tras los pasos del traidor, que había enfilado hacia la oscuridad protectora de las Quebradas. El rumor del arroyo fue tapado por gritos de los primeros en ver que Alfredito no se levantaba y tenía la cara ensangrentada. Era la única víctima. Pocos se acercaron. Sólo el Nono, porque el miedo había ido más allá de lo que el muchacho había podido elaborar y un inequívoco hedor subía de sus pantalones. No quiso ser llevado al Sáenz Peña así que lo curó la abuela. Esos días sólo se habló del plomo que le había rozado la mejilla. Cuando se reintegró se había quitado la venda dejando al descubierto una enrojecida cicatriz. Formalmente, Alfredito pidió que en adelante le dijeran Al, como al mafioso Caracortada. No importaba que Capone se llamara Alfonso y que su marca fuera por un navajazo. Sé igual dijo, mientras su enigmática sonrisa de Gioconda ocultaba para siempre un secreto: la herida se la había hecho al explotar un sifón que llevaba en la bandeja aquella noche tumultuosa. Nadie nunca se enteró. Aparentemente.


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