La lupa
Lunes 08 de Mayo de 2017

Rito nocturno

Es una consecuencia directa, un equilibrio constante, a cada instante de solaz, de tranquilidad, de pequeño gozo le sigue alguna tarea pedestre, y así, a una comida decente y una plácida sobremesa le seguirá la machacona obligación de lavar los platos. Que no tienen la culpa de nada, pero una cosa es verlos como lienzos estirados y brillantes y otra muy distinta con la pátina de grasa de un bife jugoso que deja al descubierto los arañazos de los cuchillos al cortar la carne, o el zafarrancho de salsa de los tallarines con restos de queso reggianito (o parmesano) pegados como lapa, o el pegajoso vestigio del arroz con azafrán (o cualquier cosa que sea ese color amarillo que viene en frasquitos liliputienses), aceite y caldo de cubitos.

Como sea, se impone sumergir en agua caliente platos, cubiertos, ollas y sartenes que marcan, estos últimos, el error de no ir lavando los utensilios que se han usado mientras se cocinaba; por fin, uno no está mostrando cómo vive y qué come a un canal de comidas, seguido por una legión de televidentes que quieren acceder a la verdad revelada.

El detergente y la esponja libran entonces una pelea desigual que terminan ganando, indefectiblemente, por la porfía del culposo (culposa) que se estremece imaginándose un festival de cucarachas en la madrugada, agradecidas por el regalo de una fiaca extrema.

Al final, todo queda en el secaplatos, que carga sin otra opción la parafernalia culinaria. Los platos quedarán enhiestos, como soldados encolumnados con su armamento (los cubiertos) para una revista, o como velas de un antiguo navío, esperando otro día en que se renovará el mismo vals con mínimas alteraciones.

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