Opinión
Miércoles 30 de Agosto de 2017

Revoluciones conservadoras

Robespierre defendió la libertad de prensa y los derechos del pueblo a expresarse hasta que se hizo poderoso.

Robespierre defendió la libertad de prensa y los derechos del pueblo a expresarse hasta que se hizo poderoso. Entonces cambió de idea, y pensó que éste, ineducado, sólo sería digno de decidir y hablar cuando la élite revolucionaria lo dotara de las cualidades morales necesarias para la independencia. La fantasía del futuro. Las trampas de la esperanza. Suelen servir al despotismo.

Siempre les llega a los revolucionarios la hora de cerrar los periódicos y anular las señales de radio. Y el hielo de la pasión por el cambio se congela en la ambición de perpetuar la tiranía de los monarcas. Decir hoy que uno es marxista leninista es como declararse monofisista. Cuando el mundo anda en semejante confusión como ahora, cualquier absoluto es una locura prescindible. La globalización no es una patraña neoliberal. La técnica achicó el mundo y realizó la aldea planetaria de McLuhan.

Los revolucionarios triunfantes fueron siempre devotos de una rara libertad restringida, que Fidel Castro sintetizó: "Todo dentro de la revolución; por fuera, nada". Una cosa parecida había oído yo a propósito de la Inmaculada Concepción de María en mis años de seminarista. Cuando la única opción es La Opción del Poderoso aparece la Escolástica. El argumento de la autoridad, la retórica viciosa y vacía.

Robespierre fue llamado El Incorruptible. Como todos sus compañeros en la espantosa aventura de la revolución, se apoyaba en la virtud. Creía en Dios. Y en la diosa Razón. La guillotina fue la culminación de la rebelión de Lutero que tocaba el laúd. La música, la religión y la muerte están vinculadas más allá de la ramplonería de las marchas militares y los himnos marianos. Ya no se usa aplaudir ante el cadalso como en los tiempos de los sacrificios de sangre que llevó a cabo el glorioso pueblo francés azuzado por sus intelectuales con el apoyo de las masonerías. Me acuerdo de la historia de Ananías y Safira en los Hechos de los Apóstoles. Muertos por el poder milagroso de Pedro, Ananías y su mujer podrían considerarse los protomártires de la propiedad privada que consagró la Revolución Francesa, al negarse a depositar todos sus bienes en el fondo común de la secta de iletrados.

Las revoluciones del siglo XX fueron formas extremas del conservadurismo involutivo. Como en la Cuba de Castro y en la Venezuela chavista. Extremando, se podría decir que los únicos revolucionarios modernos fueron los que inventaron la luz eléctrica y el bombillo que derrotó la noche, los que pusieron a correr los primeros trenes que algunos consideraron riesgosos para la salud, porque el cuerpo humano no estaba hecho para viajar a 40 km por hora. Los empresarios que alzaron los rascacielos de las ciudades verticales y popularizaron el automóvil y la internet hicieron más por nosotros que Lenin y Trotski. Esos mismos creadores a los que insultan los envidiosos, los fracasados de la izquierda premoderna. Como la nuestra.

Eduardo Escobar


El Tiempo (Bogotá)

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