Opinión
Lunes 04 de Septiembre de 2017

Redoblando apuestas

Tras la Paso. Una evaluación del triunfo de Rossi y de la derrota socialista en la provincia de cara a los comicios de octubre.

La derrota socialista que sumió en desazón (más, dicen, no en desánimo) a todo el partido del gobierno, o al menos al sector más comprometido con el Ejecutivo tiene, sin embargo, una excepción seguramente inesperada.

No había posibilidad de una elección extraordinaria por el simple hecho de que nada parecía indicar que el socialismo pudiera haber ganado las Paso del 13 de agosto, por una gran diferencia. Pero sí se creía entre algunas de sus filas que se podía ganar. Por escaso margen, pero salir ganadores. Ya habían aprendido que un gol (o un voto) inclina definitivamente el partido.

¿Qué abonaba semejante presunción que iba incluso contra los indicios de sondeos, testeos y encuestas? Es que debían alinearse los planetas para que el kirchnerista, Agustín Rossi, pudiera ganar la primaria en su partido por una diferencia, ahí sí, significativa a la rival fabricada para la zancadilla que debía convencerlo de una vez por todas que los peronistas santafesinos no quieren al kirchnerismo ni lo reconocen como la expresión genuina de su partido.

Un partido gobernado de facto (al menos hasta las Paso) por los todopoderosos barones senatoriales cuyo poder, enorme disponibilidad de fondos velada a los ojos del conjunto social (ojo: esto también lo comparten los senadores de los demás partidos), dominio casi feudal de sus departamentos, unidos en la desconfianza que siempre les produjo el kirchnerismo como proyecto que entienden no representa el verdadero sentir o pensar del PJ, no podía encolumnarse detrás de un candidato kirchnerista.

Ni hablar si ese candidato a diputado nacional, en este caso, era Agustín Rossi, un cuadrazo para la estructura que inventara el matrimonio santacruceño pero casi un apóstata para los senadores y otros peronistas santafesinos. Los senadores reaccionaron del único modo que era esperable; intentando frenar a Rossi cruzándole en el camino una candidatura que, entendían, interpretaría mejor a la verdadera esencia peronista. Así prohijaron la postulación de la jueza Alejandra Rodenas, proveniente de una familia muy peronista pero, por razones obvias ya que la magistratura no lo permite, sin militancia.

Los senadores no repararon que fuera de Rosario, la jueza no era registrada por el ciudadano santafesino y que el escaso mes de campaña —que todos se las arreglan para estirar de algún modo saliendo antes- de poco serviría para hacerla conocida, que generase empatías y se gane la adhesión del voto de los peronistas fuera de Rosario.

El freno a la candidatura de Rossi falló de modo ostensible. No sólo eso, contribuyó a sumar para que el PJ se impusiera a nivel provincial. Un triunfo que terminaría usufructuando Rossi en la provincia y en el país. Fue el único que pudo ir a tributarle con una victoria a la viuda de Kirchner y recibir su bendición. En ese momento Cristina aún no tenía el escrutinio definitivo en la provincia de Buenos Aires. No sabía si había ganado, como ella sostenía, o perdido como instaló el macrismo con picardía. El resultado sería casi ni lo uno ni lo otro. Un triunfo de tal modestia que tiene diluido los beneficio de la victoria. La diferencia de votos que sacó en su favor el peronismo santafesino —sumados Rossi, Rodenas y Di Bert- fue mucho más amplia. En plena crisis del campo por la resolución 125 que dictara Cristina en el 2008, echaban a huevazos a Rossi de las ciudades y pueblos, los mismos santafesinos que, en algunos casos, parecen haberlo indultado ahora.

Alcanza todo esto para que Rossi o el PJ repitan la hazaña el 22 de octubre. Eso ya es otra historia. Rossi, por supuesto, redobla y asegura que no se le escapara un solo voto de la jueza y que muchos peronistas (seguramente en referencia a la estampida que hubo en los últimos años de migrantes al PRO) volverán a meter los pies en el plato, entusiasmados por la perspectiva de haberse reencontrado el triunfo. Nada está dicho todavía.

Asimismo era más factible que habiendo jugado todo por el todo —lo que generaba temores hasta entre algunos de los dirigentes de boina blanca— al presidente del comité nacional de la UCR, el intendente santafesino, José Corral, le estallare su estrategia en la cara. Prohijó —al menos Albor Cantard en el primer lugar fue casi un capricho suyo— una lista de candidatos a diputados nacionales por la provincia con nombres en su mayoría enteramente desconocidos en gran parte del territorio santafesino.

Hay que sumar además a la propuesta que armó Cambiemos que el radicalismo —fuera de Rosario, donde hay algunos nombres del PRO conocidos y convocantes — la principal cantera de la que extraer votos propios, iría dividida a las Paso.

Ese fue otro fiasco que la Casa Gris no esperaba. Los radicales en el frente se sobrevaluaron de manera exponencial pero su aporte en votos al Frente Progresista resultaría de una pobreza supina. Estos socios aportaron poco pero los otros partidos que integran la coalición no se diferenciaron a la hora de la magra cosecha.

La estrategia de Corral no sólo no voló por los aires sino que consolidó su olfato de armador, líder o como se estile llamarlos hoy en día. Su hombre, Cantard, fuera del ámbito universitario porque había sido rector de la UNL era también un desconocido en la propia ciudad de Santa Fe y sin embargo fue el candidato que a nivel individual sacó más votos que ninguno. Les ganó a Rossi del Frente Justicialista y a Luis Contigiani del Frente Progresista.

Corral no sólo ganó la pulseada con el socialismo, traducible como una confrontación entre Cambiemos y el Frente Progresista, sino que dejó evidencia a sus correligionarios díscolos que optaron por desconocer su autoridad como jefe del comité nacional y desoyeron su llamado a jugar electoralmente en Cambiemos. Una divisoria de aguas que en el radicalismo, entienden, se profundizará de cara a las generales de octubre. Esperan que para entonces sean menos los radicales que se hubieren quedado en el Frente Progresista porque esperan que muchos dirigentes vuelvan al redil partidario. En rigor, y para no admitir su error de análisis tan flagrante, los radicales en el frente han hecho saber al socialismo que si para fin de año no hay un replanteo definitivo del Frente Progresista, dejará de haber Frente Progresista definitivamente.

Cambiemos repetirá la estrategia para las generales de dejar la lucha provincial en manos de los ministros nacionales, la inefable Elisa Carrio y el presidente Mauricio Macri que esta vez, sí, se animará a hacer campaña en Rosario y hasta quizás en más de una visita, mientras el intendente santafesino se cuelga a su candidato a concejal, cual mochila, y sale de gira por los barrios. Corral redobla prometiendo ganar en la provincia y en la ciudad capital que él gobierna.

Ninguna novedad en todo lo que hasta aquí acabo de describir someramente como el proceso en que se desarrollaron las primarias del mes pasado. Excepto una.

A medida que el resultado de las Paso se fue confirmando como una inesperada mala nueva para la Casa Gris; afianzando la autoestima de Corral y se convirtió en una grata sorpresa para Rossi; llegaron los análisis e intentos de explicaciones de por qué el electorado eligió como lo hizo.

Propios y ajenos han coincidido, empero, en un dato: en la imagen del gobierno provincial y del gobernador —por encima del 50 por ciento en la aprobación ciudadana — no se trasladó a sus candidatos que por eso no pudieron partir de semejante piso. "No pudieron transmitir que eran los candidatos del gobernador", le dijo esta semana Miguel Lifschitz a La Capital ya, para entonces, relativizando que la polarización nacional los hubiere victimizado de modo definitivo.

Pero el dato de su buena imagen, instalado los comentarios, análisis y títulos los diarios y las rede sociales, es para Lifschitz un capital que le viene de maravillas. Como ganar una risa. Una cosa es que las encuestas te den bien y otra que afuera del gobierno reconozcan eso. La Casa Gris ni el mandatario dicen que ganaran en octubre. Por ahora se limitan a anhelar una elección "diferente". Pero no se privan de redoblar ya no para octubre sino para los próximos dos años en los ese plus de valoración positiva a la gestión puede resultarle vital. "Nada está descartado y todo está en marcha. El gobernador es ingeniero y sabe que un edificio se construye con un cimiento sólido y esos datos lo son", dijo un colaborador de mandatario para quien ni la reforma constitucional ni una eventual reelección están todavía desechadas en la Casa Gris.

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