Opinión
Martes 03 de Octubre de 2017

Patrimonio Rafael Iglesia

Para quienes tuvimos la suerte de conocer y trabajar junto a Rafael Iglesia, la iniciativa de declarar de valor patrimonial las dos obras de carácter público que dejó a la ciudad es una alegría, y un reconocimiento merecido para alguien que no se cansó de enfatizar la importancia de los espacios públicos.

Para quienes tuvimos la suerte de conocer y trabajar junto a Rafael Iglesia, la iniciativa de declarar de valor patrimonial las dos obras de carácter público que dejó a la ciudad es una alegría, y un reconocimiento merecido para alguien que no se cansó de enfatizar la importancia de los espacios públicos. Rafa sostenía que, a pesar de los múltiples aspectos a mejorar, la ciudad sigue siendo el mejor "aparato" creado por el hombre para la vida en sociedad. Pero para que la ciudad pueda hacer habitable lo diverso, y evitar que las tensiones que la atraviesan terminen rompiendo el tejido social, es necesario mantener y sumar espacios públicos. Desde la vereda hasta los parques, Rafa se preocupó por crear lugares para el encuentro de las personas, en esta época en que el modelo socioeconómico acrecienta las diferencias e Internet amenaza con "virtualizar" todo contacto y toda presencia.╠

Para él, una de las mejores intervenciones urbanas es el arbolado, porque la sombra en verano -además de ser necesaria-, congrega. Y la avenida de Circunvalación, que sacó a la luz una parte de la realidad que suponíamos inexistente. No olvidaba señalar también al Parque de España, muestra acabada de una arquitectura de calidad que disfrutan todos los rosarinos, resultado de la inteligente conjunción de intereses privados y públicos.╠

Además, en artículos publicados hace algunos años, ya proponía que en algunas zonas se ensanchara una de las manos de la vereda para establecer un tráfico más lento, con el fin de favorecer el paseo y el encuentro entre los transeúntes, y abrir aquellos centros de manzana que estuviesen arbolados ya que, a pesar de ser verdaderos pulmones verdes, permanecen secretos y encerrados entre tapiales y medianeras.╠

Sabido es que Rafa renegaba de cierta política de conservación del patrimonio urbano que, siguiendo la norma europea -decía él-, decide preservar una casa cuyo único mérito es el de ser vieja. En cambio, abogó por la conservación de los silos, considerándolos verdaderos monumentos, cifras de un pasado agroexportador y de la lucha de un sector obrero. Para él, eran una foto pétrea de nuestra historia como ciudad, y como tal, pieza insoslayable de nuestra identidad social. Es esta condición la que, según su entender, determinaba la necesidad de conservarlos.╠

Las obras de los parques de la Independencia e Hipólito Yrigoyen tienen una historia que recién hace algunos años se viene escribiendo, pero que ya demuestra su importancia a través del interés de tantos arquitectos y alumnos de la disciplina que se acercan al estudio con ansias de conocer sus trabajos, de indagar sus maneras de pensar, de leer sus escritos, de escuchar la anécdota definitiva que lo pinte de cuerpo entero.╠

El "Patrimonio Rafael Iglesia" comienza con lo edificado, que es la piedra que en el agua se amplifica y se multiplica en ondas que se expanden cada vez más, a través de reflexiones, ideas, palabras que siguen construyendo saber en quienes entran en contacto con su quehacer. A través del interés de tantas personas, este patrimonio es algo activo, que muta y se enriquece gracias a él: no es la suma de sus obras, sino los términos del intercambio que éstas propician.╠

En una oportunidad, un arquitecto nos contó que, siendo aún estudiante, visitó el pabellón de los baños del Parque de la Independencia: "Fue como entrar un niño a un parque de diversiones", dijo. ¿En cuántos habrá causado esa misma impresión? Ojalá pueda seguir en pie tal como Rafa lo construyó y esa sensación -y otras, no importa cuáles sean-, se multiplique.╠

A dos años de su desaparición física, Rafa es una energía que nos reúne y nos invita a pensar e intentar nuevos desafíos. Para nosotros, Rafa representa un punto de diálogo y encuentro; y él, que le dio forma de Quincha a ambos, continúa siendo un convite para jugar, como nos enseñó, con lo que vemos. Y cuando estamos cansados, nunca falta quien dé vuelta el tablero para que el juego empiece otra vez. Tal como él lo hacía, para ver la novedad que no sabíamos ver.╠

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