Opinión
Viernes 07 de Abril de 2017

Nuevo dueño

El cartelito resulta llamativo porque aparece en una vidriera que sigue indéntica al día anterior, novedad que, en esencia, solo tiene impacto dentro del propio negocio.

El cartelito resulta llamativo porque aparece en una vidriera que sigue indéntica al día anterior, novedad que, en esencia, solo tiene impacto dentro del propio negocio.

Justamente, ¿qué significa eso?, ¿mejor atención?, ¿precios ventajosos?, imposible saberlo a simple vista, todo lo infiere el anuncio. De modo que como estrategia publicitaria no alcanza ni para zanahoria delante el hocico del burro.

Uno podría pensar que en esos trances alguien da vuelta como una media todo el emprendimiento, pinta, cambia la vidriera, espanta viejos fantasmas, estira ilusiones, busca el arcoiris en el último cajón, amplía la sonrisa y convida con chucherías a los que pasan por la puerta. Muestra que hay un nuevo dueño, no lo dice.

En realidad es mucho más divertido cuando a los países se les cuelga el cartelito de nuevos dueños después de una elección. Quizás, por estos tiempos el anuncio no sea acompañado por una alegría y bienaventuranza generalizada que generan futuros cambios; bueno, muy poca por lo que se refleja por estos días en el espejo cósmico de las noticias.

Tampoco se trata de dueños sino de CEOs (directores ejecutivos, bah) encargados de administrar la res pública, eufemismo que se revela como dolorosa cargada apenas terminada la escolaridad primaria, aun con los estándares actuales.

Pero no hay que aflojar, salvo en las naciones en las que hay patrones en vez de presidentes (o primeros ministros) siempre se debe perseverar en la ilusión de que un cartelito de nuevo dueño puede ser un camino a una evolución que abrace a la mayor cantidad de gente. Era la utopía que se persiguió durante décadas y que fue domesticada a palazos; pero solo en la superficie, porque en el fondo ese anhelo inoxidable pasa de generación en generación.

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