Opinión
Domingo 30 de Abril de 2017

Me tomo un té

La publicidad de los ‘80, de la época de oro de las agencias argentinas, se popularizó tanto que ante una situación conflictiva no faltaba el que recomendaba "che, tómense cinco minutos".

La escena mostraba a una madre ajetreada y nerviosa preparando un cumpleaños, ocupándose de mil cosas y tratando de anticipar otras tantas. Al borde del colapso, decía "me tomo cinco minutos, me tomo un té". La publicidad de los ‘80, de la época de oro de las agencias argentinas, se popularizó tanto que ante una situación conflictiva no faltaba el que recomendaba "che, tómense cinco minutos".

La fórmula se mantiene con el café. No falta, a modo de reconvención, el convite para solucionar diferendos, es decir broncas viejas, soterradas, escondidas y soportadas a duras penas bajo una pátina de urbanidad. ¿Para qué tanto trabajo infructuoso?

Pero ese "tenemos que tomar un café" para aclarar las cosas marca una instancia superadora, todavía queda un resquicio de negociación. Cuando no hay vuelta atrás se declara una guerra sorda que se arrastra por años y que vacía y envenena las almas.

Los cinco minutos del té son fantásticos. Cada quien se los fabrica a su modo, desde ya. Alguien toma algo, otro sale y pasea la mirada por las terrazas cercanas, no falta el que se pone a contar las luminarias de la cuadra, o la cantidad de aparatos de aire acondicionado que hay en el edificio de enfrente (y se lleva tamaña sorpresa), se queda parado en la vereda y cuenta las patentes pares (o impares) de los autos que pasan, cuántas motos van por la bicisenda, cómo es arrastrado por el viento los chorros de vapor condensado de los aviones que sobrevuelan el lugar, cuanto tiempo dura el rojo de los semáforos de la esquina. Todas esas cosas que están pasando constantemente sin que nadie se de cuenta. Bueno, tampoco piden permiso.

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