Santiago Maldonado
Lunes 25 de Septiembre de 2017

Mancha de humedad

Enigmas que duelen. La desaparición de Santiago Maldonado y la muerte del fiscal Alberto Nisman deben ser resueltas.

El caso de la tan increíble como todavía inexplicable desaparición del joven Santiago Maldonado cambió de juez. Como bien dijo ayer Luis Novaresio en este diario, el juez original de la causa se hizo echar actuando con esa intención burdamente: adelantó opinión y por ende prejuzgó, algo que no puede hacer un juez sin que las partes lo recusen y el tribunal de alzada (encima con un accionar tan obvio: el magistrado dio una conferencia de prensa y dijo que para él se había ahogado pese a que aún no habían terminado las investigaciones) juzgue mal desempeño y ordene su reemplazo.

A dos años de la muerte del fiscal del atentado a la Amia, Alberto Nisman, una pericia podría instalar definitivamente la hipótesis del homicidio reemplazando a la del suicidio que hasta ahora fue la que guió —a ningún lado— a los investigadores.

Las dos noticias, aunque la de Nisman con algo más de resonancia pareciera, ocuparon los titulares, los análisis, las polémicas y se enseñorearon en las redes sociales sin dejar indiferente a nadie de los que frecuentan esos espacios de debate al paso. Dónde incluso hasta se llegaron a establecer vinculaciones directas entre ambos casos dadas por un accionar interesado del gobierno o de la oposición, según se tratara quien hacía el análisis o "informaba" en tales tribunas.

Los hechos conmovedores suelen arrastrarnos a una compulsión de la que pocas veces tomamos real conciencia. Cuando queremos acordar y ante la necesidad de opinar, no ya en el bar de costumbre o en la vereda con los vecinos, lo que hoy se vería con una inocuidad total, sino en los medios de prensa, en las redes sociales, podemos dar por sentada cualquier insensatez. Y más aún, si por casualidad la televisión llegase a entrevistarnos —como suelen hacer los movileros que salen a las calles— habremos encontrado el sentido a nuestras vidas en cada expresión, no exentas de envidia, de quienes nos dirán que nos vieron en la tele.

Nada tiene de malo opinar. Al fin y al cabo en seres pensantes se supone una función natural. La de hacerse su propio juicio de cosas, personas y circunstancias. Sacar conclusiones. Capitalizar las experiencias desde el rasero de las comparaciones. Comprobar empíricamente que a la misma acción sobrevendrá, necesariamente, la misma reacción si no cambian las variables que la generan. Todos procesos mentales esperables de los seres más racionales del mundo animal que habita este planeta.

El inconveniente es que esa opinología extrema que sufrimos ha perdido su pudor. Se ha independizado de prácticamente todos los miedos, sobre todo del ridículo. Que, dicho sea de paso, hoy puede cotizar a nivel de espectáculo más que de actitud o accionar pasible de repudio o burla.

Antes, opinar dentro de las paredes del hogar era lo habitual. Sobre todo acerca de las cuestiones públicas de las que está bien no desentenderse pero compelidos al cuidado de lo rudimentario que resultaba nuestro bagaje informativo sobre la mayoría de esas cuestiones. Con datos más que elementales sobre algo, nuestra opinión no podría ser sino elemental sobre ese algo.

Muchas personas hoy están dispuestas a discutir que no carecen de información sobre la mayoría de los temas. Esto es cierto y a la vez una falsedad comprobable. Sucede que el informacionalismo de esta sociedad del siglo XXI es tan proficuo que desde que nos levantamos, por el teléfono, la computadora, la radio, la televisión, cuanta red social de muchas que hay, nos llegarán datos sobre los temas con mayor repercusión en el conjunto social. Consecuencia de ello es que a la noche al regresar a nuestros hogares sabemos más —o creemos saber más— de ese asunto que de cómo les fue a nuestros hijos en la escuela durante el día.

Las dos causas judiciales más conmovedoras de la actualidad argentina y sobre las que se ha hablado, escrito, filmado, viralizado y polemizado hasta niveles insospechados, han vuelto prácticamente a foja cero con el gambito de un juez y el desperezamiento de los peritos, en uno y otro caso, respectivamente.

Ahora bien, ¿qué sabemos realmente de estos casos que no sea lo que leemos o escuchamos? Que, además, leemos y escuchamos al pasar, en medio del apuro de las actividades cotidianas y vamos consumiendo de a retazos o datos ya digeridos por segunda, tercera o cuarta vez…

De Maldonado nada se sabe desde hace casi dos meses y debe aparecer. Eso está fuera de discusión. Ese es el absoluto del caso. Ningún otro. Si aparece con vida, será la resolución ideal. De lo contrario debe encontrarse su cuerpo y darse con los asesinos materiales tanto como los instigadores intelectuales si los hubiera. En relación al fiscal, durante dos años no se pudo probar con un razonable nivel de verosimilitud que se hubiera quitado la vida por decisión propia o compelido por instigación remota. La pericia entregada en las últimas horas, firmada por todos los expertos menos los del colaborador del fiscal que le fue a llevar el arma que resultaría la herramienta homicida, abre una nueva orientación.

Ambas causas están, podría decirse, casi en foja cero. No importa qué se diga en televisión, radio, en el celular o en la compu. Tampoco cuántos adelantos en primicia consigan los periodistas. Cuántas asociaciones partidarias, afinidades ideológicas, acciones deliberadamente subalternas o no se crean probadas y dadas por hechas en el fluir de decires sobre uno y otro caso. Lo que no figure en el expediente no existirá para los fiscales que deben reunir indicios y pruebas ni para los jueces que deberán fallar.

Es aquí donde quiero poner a prueba la hipótesis de cuanto he venido diciendo: ¿quién de nosotros los argentinos de a pie está en condiciones de decir yo conozco el expediente de la causa tal o cual? Conocer la dirección y la fachada de una casa no significa conocer la casa.

¿Alguien está en condiciones de decirme, si acaso, el expediente del caso Maldonado tiene probado que el joven estuvo en el lugar de las escaramuzas entre mapuches y gendarmes el día que desapareció? Si eso estuviere probado, ¿en base a qué se daría como certeza? ¿Pruebas tangibles como videos (no los que han aparecido públicamente que, al menos a mí, no me han demostrado nada porque entre otras cosas respecto de la presencia del muchacho no han mostrado nada)? ¿Qué dice el expediente de las pruebas reunidas por la fiscalía sobre el accionar de los uniformados? ¿Maldonado era el único "no mapuche" en el lugar? ¿Llegó solo o acompañado de alguien? ¿Ese alguien, si lo hubiere, dónde está? Si se supone que ya estaba en la comunidad, donde fuera que haya morado ahí debe haber huellas genéticas de su presencia además, claro, de alguna pertenencia o documento. ¿Qué confiabilidad otorga la Justicia a las declaraciones de los testigos y en que se basa para aceptarlas o rechazarlas?

Para el caso del fiscal igualmente vale preguntarse, por ejemplo, ¿qué contenían los bolsos que se sacaron a primera hora del edificio? ¿Qué significó que el cerrajero haya encontrado la puerta de la cocina abierta, sin llave? ¿Qué se hizo del cerrajero? ¿Por qué estuvieron los que estuvieron en el departamento? ¿Qué fue de la joven que iba a trabajar y fue compelida por carga pública a actuar de testigo? ¿En que quedó su declaración de que vio pisotear la escena del crimen y hablar por teléfono desde el celular del muerto? ¿Quién era y quién mató a la mujer que apareció carbonizada en las adyacencias del edificio donde vivía el fiscal? Para que un cuerpo se carbonice por completo hace falta mucho fuego, ¿nadie denunció un incendio de ciertas proporciones en la calle? ¿Tiene relación una muerte con la otra? Esa mujer fue asesinada pero hasta ahora la Justicia pensaba que el fiscal se había suicidado al admitir que su caso también podría ser homicidio, ¿hay relación entre la aparición de uno y otro cuerpo?

Las preguntas se multiplican. De las respuestas no tenemos el menor indicio. Ni siquiera que los haya en los expedientes de los casos. Lo peor de todo es lo que acaba de decir el ministro de Justicia de la Nación, Germán Garavano para quien "la Justicia no está preparada para investigar casos como el de Maldonado o Nisman". Ningún juez ni la Corte, hasta ahora, lo desmintieron. El ministro le sacó el sayo al gobierno para ponérselo a otro poder. Si nos desapasionamos frente a dos casos que afectan a dos gobiernos, distintos y antagónicos, a una misma Justicia y a las mismas fuerzas de seguridad, quizás sea más útil reflexionar que opinar. La impunidad es la mancha de humedad que carcome los cimientos de las sociedades democráticas porque legitima la corrupción, el homicidio y las violaciones de los derechos más elementales.


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