Opinión
Miércoles 31 de Mayo de 2017

Malcorra recuperó un área muy dañada

Sin aviso previo, Susana Malcorra dejó la Cancillería. El segundo ministro de primer nivel que se va por adelantado del gobierno de Mauricio Macri, después de la salida de Alfonso Prat Gay.

Sin aviso previo, Susana Malcorra dejó la Cancillería. El segundo ministro de primer nivel que se va por adelantado del gobierno de Mauricio Macri, después de la salida de Alfonso Prat Gay. Cancillería es junto con Hacienda e Interior el núcleo duro de todo gabinete. Hace décadas que es así. Y esos ministros suelen durar todo el período presidencial y a veces más también. Estas salidas prematuras, sin embargo, pueden deberse a la cultura empresaria ("corporativa", en la jerga) que trae Macri, tan ajena a las tradiciones políticas. La doctrina macrista del "equipo" dejó afuera a Prat Gay, quien no sentía que, con sus pergaminos, debiera rendir cuentas al ex Farmacity Mario Quintana. Macri aprovechó entonces para recortar aún más el poder de Hacienda, hoy equiparable a una Secretaría de Estado. Cabe entonces la especulación de si con Malcorra no habrá ocurrido algo similar. Las razones familiares son siempre muy respetables y atendibles, pero la Cancillería no se deja normalmente por esos motivos, comunes a todos los mortales.

¿Cuál es el balance de un año y medio de gestión? Conviene recordar de dónde partió Malcorra. Una Cancillería tomada por La Cámpora y los fieles de Kicillof, diplomáticos de carrera forzados a la jubilación o al exilio interno, una imagen internacional equiparable a Venezuela, el injustificable trato con Irán y la retórica antiestadounidense y antioccidental que nos puso en la lista de amigos de Putin y sus satélites. Hoy todo esto parece pasado lejano, pero fue hace poco. Si bien "afuera" había grandes expectativas y un afán de ayudar al nuevo gobierno a cortar con ese pasado, no es poco mérito haber articulado esa rentrée en el mundo que hoy damos por descontada. Había que tejer tras bambalinas para reconstruir puentes demolidos a martillazos por la anterior administración. La visita de Obama es seguramente el mejor ejemplo de esa reconexión con "el mundo", o sea, con las grandes democracias occidentales y las naciones de la región no "bolivarianas". La continuidad de los acuerdos ya firmados con China con la reciente visita oficial no merece tantas críticas fáciles como recibió. Con China se trata y se tratará como hacen todas las naciones del mundo: es obligatorio hacerlo al ser la mayor economía del mundo (si se calcula el ingreso por PPP) y la que más "billetera" tiene disponible. Realismo crudo y necesario. Sí sería deseable que al menos "para cumplir" se recuerde cada tanto que esa potencia es una dictadura que viola las libertades más elementales. Difícilmente se le pueda pedir esto a "un gobierno de CEO's", pero tal vez Malcorra hubiese podido "meter un párrafo", como hacen los cancilleres de las naciones occidentales para salvar las apariencias.

Capítulo aparte es la Venezuela de Nicolás Maduro. Esta relación tuvo claramente dos etapas. En la primera, Malcorra le echó agua al fuego de Macri todas las veces que pudo. Lo cierto es que tanto a nivel local como entre la oposición venezolana que lucha por las libertades más básicas esas actitudes de "appeasement" cayeron mal. Con el paso de los meses y la profundización de la crisis del "modelo bolivariano", la propia dinámica del asunto llevó a consolidar una postura común de firmeza junto a las naciones sudamericanas, tanto en la OEA como sobre el conflicto por la membresía y titularidad pro témpore del Mercosur. No había más margen para hacer guiños a Maduro y sus militares represores, ni paciencia en la sociedad ante semejante esperpento. El régimen venezolano está hoy más aislado que nunca y hasta el ecuatoriano Rafael Correa reclamó elecciones generales. No es mérito de Malcorra, sino de toda la región haber puesto al régimen chavista en el rincón. Pero la canciller hizo su parte y manejó los dos carriles, OEA y Mercosur, en una nada fácil tarea.

Ahora resta ver si se la va a extrañar o si, como es de prever, las Relaciones Internacionales en manos de un diplomático de carrera con militancia política como Jorge Faurie continuarán sin ruidos ni grandes altibajos. El aparato institucional de la diplomacia ya está funcionando a régimen y se trata de mantenerlo así. No es poco, después de, no 12 años, porque la gestión de Bielsa y en parte la de Taiana fueron razonablemente profesionales, pero la era Timerman fue realmente un paroxismo de mala praxis diplomática, con un viraje hacia todo lo que fuera o pareciera radical y gustara a las bases camporistas. Que entretanto ocupaban cargos a mansalva.

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