Opinión
Miércoles 13 de Septiembre de 2017

Los dilemas de Sarmiento

Historia. El sanjuanino hizo lo que pocos políticos hacen: dejó por escrito sus pensamientos.Pero ese mérito no lo deja muy bien parado. Un repaso de sus ideas sociales, educativas e institucionales.

Domingo Faustino Sarmiento hizo, como político, lo que pocos políticos han hecho. Dotado de una franqueza inigualable, tuvo acaso el mérito de dejar por escrito sus pensamientos sobre los más variados temas. Escritos que, por cierto, no lo dejan muy bien parado y que, en temáticas sensibles, darían hoy lugar a la apertura de una decena de sumarios ante el Inadi.

El historiador rosarino Héctor Petrocelli en su libro "Sarmiento: el mito y la verdad" analiza documentadamente, y sin ahorrar críticas al sanjuanino, muchas de las falsificaciones con categoría de mitológicas que se han hecho en torno a su persona. La peculiaridad radica en que en todas las críticas basta con citar al mismo Sarmiento, para lo cual habremos de remitir la obra arriba apuntada.

Así, podemos recordar el concepto de pueblo que manejaba quien llegó a ser presidente de la República: "Cuando decimos el pueblo, entendemos los ciudadanos notables, activos, inteligentes, la misma clase gobernante desde 1810 hasta 1831, y desde 1851 hasta el presente." Notable el piropo que el cuyano le dedica, tácitamente, al interregno popular en el que el federalismo gobernó el país de la mano de Juan Manuel de Rosas.

O cuando en carta a Domingo de Oro le confiesa la abierta práctica del fraude y la violencia en las elecciones de 1857 diciendo: "Nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror que hábilmente empleados han dado este resultado admirable e inesperado [se refiere a haber triunfado en las elecciones]. Establecimos en varios puntos depósitos de armas y municiones, pusimos en cada parroquia [se votaba en los atrios de los templos] cantones con gente armada, encarcelamos como a unos veinte extranjeros… El miedo es una enfermedad endémica en este pueblo; ésta es la gran palanca con que siempre se gobernará a los porteños".

Destaca su empobrecido concepto de la Constitución cuando expresa: "Ahora, una Constitución no es la regla de conducta pública para todos los hombres. La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad. Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure las libertades de acción y de pensamiento: la prensa, la tribuna y la propiedad."

Para finalizar este pequeño muestreo de las opiniones de Sarmiento frente a la realidad argentina de entonces, una nos lo presenta quizás en su forma más brutal, pese a considerarse adalid de la libertad y las luces. Producida la represión de las tropas nacionales de la insurrección protagonizada en La Rioja por los gauchos dirigidos por Ángel Vicente Peñaloza, este fue decapitado y su cabeza fue exhibida en la plaza de la localidad de Olta. En carta a Mitre, señala: "He aplaudido la medida, precisamente por la forma. Sin cortarle la cabeza a ese inveterado pícaro y ponerla a la expectación las chusmas no se habrían aquietado en seis meses".

Pero acaso sea en materia educativa el campo en el que Sarmiento cometería un error vinculado con la matriz del sistema educativo adoptado para nuestro país, error que continúa prácticamente sin atenuantes hasta nuestros días. Para fortuna de quienes fuimos sus alumnos en el colegio secundario, el profesor Luis D'Aloisio no era seguidor del sanjuanino en cuestiones pedagógicas; más bien todo lo contrario. Por eso insistía metódicamente en sus clases en distinguir dos cosas que el "Maestro de América" y la intelectualidad argentina que le rinde pleitesía cada 11 de septiembre malinterpretaron como sinónimos: erudición, repetía el profesor, no significa cultura. Cultura es el cultivo de los valores que hacen a la vida virtuosa de las personas y los pueblos. Y para ser culto, como lo era el Martín Fierro, no hace falta la escolarización. Es más, en ocasiones, la escolarización puede llegar a limar valores universalmente aceptados y, bajo la capa del "progreso", sustituirlos por otros, funcionales a otros intereses. En cambio, erudición, o instrucción, es acopio de conocimientos sobre algo.

Hay gente culta, como la mayoría de nuestros antepasados inmigrantes que, pese a ser en su gran mayoría iletrados, se tomaban muy en serio, precisamente por ser cultos, el respeto, la vivencia cotidiana y, fundamentalmente, el traspaso generacional de ciertos valores que se sabían de vital trascendencia para el futuro de una sociedad: el respeto por los mayores como depósito de sabiduría, la dignidad del trabajo honesto frente a la holgazanería, el valor de la palabra empeñada, el desapego por banalidades materialistas, la defensa y protección del débil, la lucha por la justicia, entre otros.

En cambio puede haber gente alfabetizada, incluso con posgrado universitario, y profundamente inculta, por no haber recibido esos mismos valores y virtudes, o no haber sabido transmitirlos a otros. Esto lo vemos a diario. La hidalguía de un albañil que con toda solemnidad descubre su cabeza ante el paso de un cortejo fúnebre, demuestra que esa persona es culta, lo que puede contrastar con la actitud de quien conduce un costoso automóvil, sin tener respeto por normas y peatones, siendo alfabetizado pero inculto. ¿Acaso hay que optar entre cultos pero analfabetos, por un lado, y eruditos incultos, por el otro? Definitivamente no. Lo ideal es que cada persona sea, a la vez, culta y erudita.

La confusión precedente se completó en Sarmiento con una definición que obraría como su necesario complemento en materia educativa. Arturo Jauretche lo expresa así: "Para Sarmiento, la cultura que tenía en la raíz (la propia del país), fue incultura en cuanto no coincidía con lo nuevo (las ideas importadas). Ocurrió aquí lo inverso que entre los griegos, para los cuales lo bárbaro era lo exótico a la Hélade, y lo culto lo propio. Esta es la raíz del dilema sarmientino de ‘civilización' o ‘barbarie'. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América transplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América".

Razón no le faltaba a Jauretche en cuanto a que el modelo implementado por el "Padre del aula" necesitaba, para consumar el plagio educativo, incluso de maestras importadas de Norteamérica, que formarían a otras oleadas de docentes en modelos también importados. Esta crítica no refiere a la persona de cada uno de los maestros y maestras que se abocarían sucesivamente a la formación intelectual de las futuras generaciones de argentinos, incluso en las condiciones más adversas. Es sí una crítica a un sistema que intentando transplantar Europa a América partía de la premisa estrambótica de que lo propio era lo bárbaro y lo importado era lo civilizado. Pero el plan inmigratorio no salió como lo habían pergeñado. Son conocidas las diatribas del cuyano al ver que la inmigración que venía a regar con su sudor este gran país no procedía, como lo había vaticinado Juan Bautista Alberdi, del norte de Europa, sino que lo hacía mayoritariamente del mediterráneo.

Acaso sea el momento de reformular las prioridades en materia educativa, que en el caso de un modelo del siglo XIX no carecen, además, de la urgencia del caso. Es positivo el avance tecnológico que en esta temática se ha producido en los últimos tiempos; pero si se sigue insistiendo sólo en instrucción y no en cultura, podrán lograrse índices de alfabetización decorosos, lo que no asegura, por cierto, un pueblo culto, y por ende, felizmente realizado.

Pablo Yurman

Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina "Dr. Sergio Diaz de Brito", Facultad de Derecho, UNR.

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