Opinión
Miércoles 25 de Enero de 2017

Los cordones del mago

Los cordones de los zapatos, casi siempre abotinados, permiten un ajuste necesario para caminar con comodidad, sin obligar a los dedos a aferrarse a las plantillas para evitar perderlos, como es el caso de los mocasines cuando se ensanchan, o estiran, demasiado.

Los cordones de los zapatos, casi siempre abotinados, permiten un ajuste necesario para caminar con comodidad, sin obligar a los dedos a aferrarse a las plantillas para evitar perderlos, como es el caso de los mocasines cuando se ensanchan, o estiran, demasiado.

Sin embargo, los cordones tienen sus bemoles y no se trata solamente de esos que se cortan cuando menos hace falta y obligan a caminar arrastrando los pies de una manera payasesca.

No. Pasa que es necesaria una fidelidad de parte de los cordones al cometido que se les manda. Los hay de algodón, de fibra, mezcla, finitos, gruesos, planos, redondos, largos, cortos, y cada uno tiene sus particularidades. Desde ya que los de fibra de algún tipo de náilon son los que más se desatan y obligan a aplicarles el correctivo del doble nudo. Los de algodón son más firmes, pero propensos a perder las puntas, y ahí empieza otra cuestión, porque no es el caso de andar con los cordones desflecados también destiñen y duran menos.

Además, está el hecho de que atarlos y desatarlos demanda una serie de contorsiones y esfuerzos un tanto ridículos. Es imposible no sobresaltarse cuando alguien, en medio de la vereda y despreciando el río de gente que le pasa a los lados, queda doblado en dos como si le hubiesen dado una patada en el estómago; no es un ataque, apenas si se está atando los cordones.

Desatarlos tampoco es sencillo. Se tira de una punta como nada, y como nada se enrieda y fabrica dos nudos más.

En esos trances aparece la mítica figura del mago René Lavand, quien con una mano era capaz de atarse los cordones finitos de sus zapatos marrones.

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