Opinión
Miércoles 28 de Diciembre de 2016

Los billetes

Es algo irrenunciable. La gran mayoría de los países tiene como máximos emblemas de su soberanía la bandera y la moneda. Sobre la primera mucho no se discute porque, más que nunca, al primero que se le ocurrió, ganó. Sobre la segunda las discusiones son bizantinas, tanto más en la Argentina, para el caso.
Así, hay naciones que tienen billetes de tamaños contenidos, papel con textil o de algún polímero, otros de grandes dimensiones con imágenes de personalidades históricas, que parece que de puro acomplejados, compiten con el omnipresente dólar, o con el apenas más modesto euro.
Pero el sainete más estridente sobre el papel moneda lo pone, como con tantas otras cosas que no necesitan discutirse, la Argentina. Que si deben estar o no Sarmiento, Roca, Belgrano, San Martín, Rosas, Evita, un yaguareté, o si sacaron el Monumento a la Bandera de algún anverso, o el color de una nominación que se confunde con el de otra menor (o mayor) y así hasta un hartazgo que incluye las filigranas en relieve de los costados.
Ni hablar de la celeridad o inopia del Banco Central para el recambio de los billetes más usados (ajados, encintados, mutilados), más los de menor valor, cuya velocidad de deterioro por el traspaso de mano en mano es fenomenal.
Todo para que, al final, lo único que se mire es el número. Sin embargo, por sobre todas esas consideraciones, lo más importante respecto de los billetes sigue siendo lo de siempre: es si se tienen o no.

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