Opinión
Miércoles 28 de Junio de 2017

Las inexplicables bromas al 911

Siete de cada diez llamadas que los rosarinos realizan al 911 no reportan un problema serio o son bromas.

Sólo tres de cada diez llamadas que los rosarinos realizan al 911 son para reportar una verdadera emergencia. Las otras siete se dividen entre el reporte de incidentes que no requieren de la intervención urgente de organismos del Estado o, lo que es peor, son simplemente una broma.

Es paradójico, y al mismo tiempo es revelador. Paradójico, porque la emergencia más común que gestiona el 911 es algún episodio relacionado con la inseguridad. Y revelador, porque muestra cómo somos de irresponsables, cuando no de malinternacionados.

El servicio 911 considera emergencias a las siguientes: delitos, conductas sospechosas, alarmas, disparos o pedidos de auxilio, violencia familiar y emergencias médicas. Algunas también pueden reportarse a otros teléfonos: las médicas al 107, bomberos al 100 y otras emergencias civiles al 103 y el 106.

El sistema de emergencias al que se accede llamando al 911 atiende entre 4.500 y 5.000 llamados por día. Funciona las 24 horas, todos los días del año. La dotación de personas que lo atienden no supera las 30 personas por turno, con suerte. Y el servicio está conectado con los móviles policiales que recorren la ciudad. Es a través de ellos que se llega al lugar desde donde un vecino reportó alguna clase de urgencia.

El principal problema en la gestión del 911 no es tanto la falta de recursos humanos o técnicos, sino la cantidad de llamadas de personas que reportan emergencias que no lo son. Según las estadísticas oficiales, esas llamadas llegan al 70 por ciento, es decir siete de cada diez. Y, lo que es peor, en muchos casos no se trata de errores de apreciación de quien llama sino de algo voluntario. O, lisa y llanamente, de bromas.

Una de las más comunes en estos tiempos es llamar para reportar la existencia de una supuesta bomba en determinado lugar. En un colegio, por ejemplo. O en el aeropuerto, como pasó dos veces en pocas semanas. El problema es que cada una de esas bromas inevitablemente obligan a poner en marcha un protocolo de seguridad que no acaba hasta que no se compruebe que el reporte es falso. Y así se dilapidan tiempo y recursos humanos y técnicos.

Tan incomprensible y grave es que alguien utilice un servicio a la comunidad para hacer una broma que los condejales Sebastián Chale y María Eugenia Schmuck reclamaron sanciones concretas para quienes incurren en esta conducta irresponsable, antisocial e insolidaria. Lo que piden los ediles es que el municipio castigue a los bromistas con sanciones administrativas. Por ejemplo, cuando van a sacar el carné de conducir o hacer otros trámites de la órbita municipal.

Tal cosa es posible, porque los teléfonos desde los que se realizan los llamados quedan grabados en la base de datos del 911. O sea, quienes llaman pueden ser identificados. Sin embargo, en casos como los del aeropuerto o los colegios (solo en un mes hubo 20 llamados anónimos que alertaban sobre la colocación de bombas) hay quienes exigen también la intervención de la Justicia. Se trata de hechos concretos, realizados por personas concretas. En estos tiempos no debería ser tan difícil identificar a los autores.

Sin embargo, cabría también hacer otras cosas. Educar, por ejemplo. Enseñar en las escuelas y colegios sobre las implicancias de una conducta irresponsable, tanto para quienes incurren en ella como para los otros. Mostrar buenos y malos ejemplos. Explicar en qué consiste el interés común. Valorar el respeto a las normas y al otro. Estimular a los que hacen bien las cosas. Crear conciencia.

Cada llamado "trucho" al 911 no sólo distrae a quien lo atiende durante segundos o minutos valiosos, o pone en marcha un operativo inútil donde no pasó nada. También debilita la reacción del servicio para atender emergencias verdaderas. Y lo peor es que de esas hoy hay muchas.

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