Opinión
Martes 24 de Enero de 2017

Las contraseñas

Hasta que se llegue a la humanización de las máquinas, todavía hay que cumplir con algunos requisitos insalvables para establecer una especie de comunicación con ellas. Ahí entran las claves, para el celular, la notebook, el cajero y tantísimas otras cosas.

Un olvido o equivocación será castigado con el infierno de una lógica incongruente. No hay atenuantes, ruegos que sirvan, no hay explicaciones, no son humanos, y tanto lo saben los ideólogos y partícipes de un sistema que les permite vivir muy, muy bien.

Por poner un caso, es lo que le puede pasar al que va a sacar plata al cajero temprano. Está medio dormido, la cabeza todavía le da vueltas, esquivó apenas por reflejo dos autos y un ómnibus cuando cruzaba las calles. Llega a la sucursal bancaria que opera con Banelco, o con la red Link y mete la tarjeta en la ranura después de un par de intentos y de girarla hasta encontrar la parte correcta. Marca la clave y desvía los ojos de la pantalla hacia otro lado un instante, vuelve a fijarse y la máquina le pide la clave, que vuelve a marcar en forma automática. Nada, espera y vuelve a marcar la clave y ve, horrorizado, que el aparato cree que está ante un fraude y, justiciero, le traga la tarjeta.

Y a llorar al culto. Para recuperar el plástico no salvan después las explicaciones, ruegos y setecientas tramitaciones que hay que hacer ante el cajero humano, ése con el que no hubiera existido este tipo de problemas.

Es la perversión del sistema. Se pone de manifiesto cuando el plástico queda olvidado en la ranura. La gallega escondida en la máquina pregunta despacito ¿necesita más tiempo?, cuando debería advertir a los gritos ¡Se olvida a tarjeta, se olvida la tarjeta!

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